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16/09/2012 -  tiempo  6' 31" - 2436 Visitas La Iglesia de Paraná ante una dura encrucijada Caso Ilarraz: la verdad, el escándalo y la justicia terrenal
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La Iglesia de Paraná, en medio de un debate.
La sociedad paranaense en su conjunto y en particular la grey católica, se hallan en estado de shock, desconcierto y desaliento luego de las revelaciones efectuadas por el quincenario ANALISIS en su nota de tapa del jueves 13 de setiembre. Los casos de pedofilia protagonizados por un depravado serial escudado tras una sotana de sacerdote y ejercidos contra niños seminaristas, sacuden a la cúpula de una institución que lleva más de dos milenios difundiendo la palabra de Dios y trasmitiendo las verdades evangélicas. Este columnista ostenta orgulloso su pertenencia a la Iglesia Católica, Apostólica y Romana y por ello estas reflexiones no surgen de un enemigo de los tantos que están siempre agazapados y prestos a desprestigiarla, sino de alguien que la ama. Por eso esta nota está hecha con dolor pero también con esperanza. Por Luis María Serroels (Especial para ANALISIS DIGITAL)

¿Existen dos iglesias? Por cierto que no. ¿Es la iglesia intrínsecamente contradictoria? Tampoco. Se trata de unan institución conformada por personas que por ende pueden ser débiles, falibles y expuestas a las miserias, pecados y desvíos propios de su naturaleza.

Es cierto que a través de la historia ha habido miembros eclesiales que han incurrido en quiebres morales que incluso los han llevado ante los jueces y que han cometido acciones vituperables. Un ejemplo cercano, su convalidación de doctrinas de seguridad nacional mal entendidas que significaron ataques contra la dignidad humana, carentes de frenos éticos y de respeto por las leyes del hombre y de Dios. Y la presencia de altos prelados en palcos donde se enseñoreaban los genocidas uniformados que también llegaron a recibir la eucaristía sin ningún cuestionamiento ni objeción.

Pero esa misma Iglesia ha tenido en su seno infinidad de hombres y mujeres que nutrieron su santoral a partir de la opción preferencial por los pobres y oprimidos, no vacilando en alcanzar el martirologio en defensa de sus creencias más profundas y la pureza doctrinal que los ha guiado. Consagrados y laicos han desarrollado y lo siguen haciendo tareas pastorales en escuelas, hospitales, asilos, cárceles y villas miseria donde el Estado permanece ausente. Son aquellos que asimilaron el mensaje inicial cristiano: Tomen su cruz y síganme.

Pero la cuestión que ha causado estupor en vastos sectores no desvaloriza nada de lo que se hace identificándose con el prójimo necesitado, enmarcado en la dignidad humana a la luz de la fe como de la razón, en orden a contribuir a la edificación de una sociedad más justa y solidaria.

No se trata de ignorar y desestimar las virtudes que adornan el ejercicio sacerdotal, las funciones jerárquicas y todo cuanto supone identificación con las directrices del magisterio de la Iglesia (Concilio Vaticano II, Medellín, Puebla, Santo Domingo, han sido encuentros de afianzamiento de la fe y del compromiso eclesial y social a la luz de las definiciones de teólogos y pastoralistas).

¿De qué se trata entonces? Simplemente de aceptar y reconocer que una cosa es la Justicia Divina a la que todos los creyentes nos hemos de someter y otra cosa la justicia terrenal que rige para todos los ciudadanos, sin distinción alguna de cargo, jerarquía, figuración o indumentaria. De hecho que las vulneraciones a los códigos resultan más traumáticas y condenables cuando provienen de personas consagradas que por distintas situaciones se apartan de su prédica emprendiendo un camino incorrecto. No suena igual un político corrupto que un cura pedófilo.

La presencia de abusadores sexuales se da en cualquier tipo de institución donde las condiciones se prestan riesgosamente a este tipo de prácticas aberrantes. Lo sucedido en cercanías de Paraná con el presbítero Justo José Ilarraz –a la sazón Prefecto del Seminario Menor- en perjuicio de estudiantes cuyo número hoy es incierto pero que para el caso poco interesa porque la maldad se satisface aún si fuese uno solo, es un acto que, no por darse en diversos sitios, mengua su carácter de execrable. El genocida chileno Augusto Pinochet llegó decir: “No mientan, no fueron 5.000 los desaparecidos, a lo sumo se trató de unos 1.500…”. Decir que los niños abusados eran solamente tres resulta patético.

La gravedad del acto incalificable en que incurriera el sacerdote, no podía ni debía cerrarse con su traslado luego de un Juicio Diocesano puertas adentro. En tanto tipificado y penado por el Código Penal, estos episodios tenían que haber sido denunciados ante los tribunales ordinarios como ocurre con cualquier hijo de buen vecino, con o sin sotana. Y pasaron 20 largos años para sacudir el avispero con durísimas revelaciones, algo que tuvo como disparador una denuncia periodística. De no ser así ¿qué hubiera ocurrido?

En los largos 50 años que llevamos ejerciendo esta apasionante profesión, siempre hemos sostenido que las instituciones que cobijan y ocultan hechos reñidos con las leyes civiles y morales (y sus nautores) creyendo que así preservarán su imagen, cometen el peor error y como un efecto búmerang se rodean de mayor desprestigio. Por el contrario, cuando algún integrante deshonra a una institución, ésta debe mostrarlo ante la sociedad, segregarlo y llevarlo ante los jueces de la Constitución, es decir, darle intervención a la justicia terrenal para que ella dilucide la verdad, atribuya responsabilidades, absuelva o castigue según corresponda, resguardando el principio de inocencia y garantizando el derecho de defensa.

Pedofilia puede haber en un seminario, pero también en colegios, institutos militares y clubes. No es el hábito ni el tipo de tarea lo que genera a un pedófilo, sino que el pedófilo lo es desde antes y sólo aguarda su oportunidad propicia.

Los dignatarios de la Iglesia local que omitieron dar participación a los jueces en el caso Ilarraz, cometieron una grave falta por acción omitiva. Creyeron que bastaba con reproches internos, como si en un club un entrenador de categorías infantiles abuse de los pequeños y los directivos agoten el caso en el ámbito exclusivo y acotado de sus estatutos.

En otro orden, un docente que comete pedofilia no debe ser protegido por el Rector, so pena de enredarse él mismo en tan traumático hecho. Ese encubrimiento del que gozó el Prefecto hace dos décadas, seguramente determinará que los magistrados citen a la jerarquía religiosa pero no tanto por lo malo que hayan hecho sino por lo bueno que dejaron de hacer ante un caso de tamaña gravedad y que las leyes de los hombres les mandaban concretar. Saber porqué no lo hicieron, es el interrogante que asalta hoy, porque además -y no es un tema menor- ese largo silencio estaría colocando en virtual e injusto estado de sospecha, desconfianza y recelo a aquellos clérigos, diáconos e incluso catequistas de intachable conducta en el ejercicio de su ministerio. ¿Y qué de las familias de los actuales niños seminaristas? La denuncia penal no es opcional, es imperativa e inexcusable, más aún en un establecimiento de estudios religiosos.

Dice un especialista que el pedófilo puede prolongar su relación en el tiempo. Puede existir por parte del adulto un enamoramiento real por el niño al que llega a considerar como su joven pareja, sobre todo cuando éste se halla en la edad de paso entre la infancia y la pubertad. El objeto de atención puede ser uno o varios niños. Su parecido con los actos a que hemos hecho referencia, es palmario.

La Justicia Divina seguramente tiene reservado cuanto hará. Pero mientras tanto la verdad, el escándalo y la justicia terrenal están en el centro del torbellino. “Debemos evitar el escándalo. Pero si el escándalo se produce por la verdad, antes que abandonar la verdad se debe permitir el escándalo” (San Gregorio Magno, Papa y proclamado Doctor de la Iglesia).


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