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11/08/2016 -  tiempo  3' 47" - 788 Visitas Crónicas en Claroscuro Carmen Germano, con el coraje y la sonrisa
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"Fue un exponente de lo que Julio Cortázar caracterizó como la negación del olvido".
En justo acto de homenaje, se acaba de denominar Carmen Salvay de Germano a una calle de la ciudad de Paraná, en cercanías de la plaza Mujeres Entrerrianas, zona del ex hipódromo. Por feliz confluencia, la calle Carmen Salvay de Germano, hace esquina con la avenida Almafuerte, seudónimo del vibrante poeta José Bonifacio Palacios, autor de la vital recomendación de no darnos por vencidos, aún vencidos. Precisamente, María del Carmen Salvay de Germano bregó para evitar que el terrorismo de Estado, que le arrebató a un hijo, siguiera impune. Lo hizo con una sonrisa para aliviar a su familia y el coraje para perforar la fortaleza de los represores. Por Guillermo Alfieri

No hay una manera uniforme de enfrentar el horror. Carmen Germano lo hizo sin altisonancias, dominando la desesperación. En la entrevista que mantuvimos el 11 de junio de 2007, contó: Un día, uno de mis hijos menores me reprochó que pasara el tiempo llorando, que las madres de sus amigos reían y jugaban con ellos; entonces decidí colgarme la sonrisa en los labios y no me la saqué más; no me había dado cuenta del daño que producía a mi familia, sumado a la desaparición de Eduardo.

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Eduardo era el mayor de los cuatro hijos varones, nacido el 20 de febrero de 1958. Cursaba el cuarto año del Colegio La Salle, cuando lo eligieron presidente del centro de estudiantes. Militó en Montoneros y en 1974, a los 16 años de edad, pasó a la clandestinidad. Lo secuestraron en Rosario, el 17 de diciembre de 1976. Eduardo Germano tenía 18 años. La situación extrema sacudió a Carmen, su marido Felipe y los chicos Diego (16), Guillermo (14) y Gustavo (12). El círculo de relaciones por parentesco y amistad, se redujo por imperio del miedo esparcido y la cínica excusa de que por algo será. Las gestiones para conocer el paradero de Eduardo, chocaban con puertas cerradas y la justicia obturada. Decía Carmen: nadie está preparado para lo que nos pasó. Es como si te tiraran un misil. Mientras viva voy a tratar de saber qué sucedió. A las amenazas que recibo no les hago caso. ¿Qué más me pueden hacer?

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Hasta la tragedia, Carmen Germano recorría las secuencias de una existencia típica de clase media, sin sobresaltos. Con infancia en Chajarí, en un hogar de padre dedicado al comercio y madre ocupada en las tareas domésticas, fue pupila de las monjas Adoratrices del Santísimo Sacramento, de Concordia. Pronto se casó con Felipe Germano, funcionario bancario, sujeto a traslados que desembocaron en Paraná. En calle Santa fe 534, Carmen fue ama de casa, actividad combinada con el dictado de clases de francés. Hasta que se colgó la sonrisa en los labios lloró, gritó, pataleó. Pensó en remediar el dolor en el río, decepcionada por el festejo multitudinario, del título obtenido en el Mundial de Fútbol, en 1978. Controló el impulso y se sumó a mantener en vilo la exigencia de memoria, verdad y justicia para contrariar a los genocidas, con altibajos que no erradicaron la persistencia.

Pasados los años, vi a Carmen en marchas y reuniones de organismos de los derechos humanos. También la encontré en un punto de sus diarias caminatas: Salgo por mi calle Santa Fe. Voy derechito hasta la costanera. Doblo a la izquierda, hasta la playa del Club Estudiantes. Voy y vengo. Después subo otra vez. Me hace bien. En el regreso me espera Foca, la perrita juguetona, que es un disparate gracioso.

De sus hijos informaba que Diego residía en Posadas (Misiones), Guillermo dirigía el Registro Único de la Verdad de Entre Ríos y Gustavo era fotógrafo en Barcelona. Cinco nietos aumentaban la familia, en 2007. Señalaba Carmen Germano, que Matías Eduardo, Martín y María Paula, los hijos de Diego, recibían información y vivencias de lo sucedido, a medida que crecían y maduraba la posibilidad de que elaboraran sus propias conclusiones. Los gemelos Manel y Pau, hijos de Gustavo, eran pequeños y en su momento serían puestos al tanto, de lo que la dictadura quiso ocultar.

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Carmen Germano participó de la tremenda experiencia de concurrir a un cementerio, de Rosario, tras los restos de Eduardo. Falleció, el 31 de julio de 2012, a los 74 años de edad, en Posadas. Había perdido noción de tiempo y espacio y quizá no advirtió que su hijo Guillermo se le adelantó en la partida definitiva. Ambos ya no estaban cuando los estudios forenses confirmaron que el sepultado como NN en Rosario era Eduardo. Carmen Germano fue un exponente de lo que Julio Cortázar caracterizó como la negación del olvido. Los nombres de las calles de la ciudad conforman un dossier de valor cultural incuestionable. Bienvenido el tributo a la señora Carmen Salvay de Germano, en el mapa urbano, que transitó con obstinación inquebrantable.
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