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18/07/2017 -  tiempo  5' 24" - 1657 Visitas Columna de opinión Urribarrilandia, el mejor de los mundos
En el diccionario del urri kirchnerismo, hoy amontonados desde hace algunos días en la lista del Frente Justicialista Somos Entre Ríos, no existen las expresion “corrupción”, “ética republicana”, “autocrítica” ni “vergüenza”. Sin lugar a dudas, forman parte del relato las ausencias de estos términos o locuciones que, por el contrario, integran el ideolecto de cualquier partido político del mundo. Sucede que, tal como dijo el general Perón -tan afecto a mentar frases que, por contundentes, hoy forman parte del glosario del PJ- "del ridículo no se vuelve" y "la única verdad es la realidad" (aunque algunos ponen en duda su autoría), es obvio que a la gran mayoría de quienes integran hoy esa ATC (Alianza Transitoria por Conveniencia) les resultaría una proeza, casi un imposible, poder referirse a casos de corrupción en la provincia, puesto que ello devendría inexorablemente en una suerte de autoincriminación, que los colocaría en una muy incómoda situación. Por Rubén Pagliotto*

Ni siquiera Sergio Urribarri, que tiene cara de piedra y una osadía propia de los inconscientes, se animaría a tamaño desafío. Del "soñador" para abajo, ninguno de sus alfiles tiene volumen testicular suficiente para hacerlo, ni tanta locura clínica como para intentarlo. De tal suerte, entonces, que en el temario de campaña del urri busti bordetismo esta temática no existe. No puede ni debe existir.

"Son todas chicanas de baja estofa de algunos practicantes de la maldad", vociferan por lo bajo y en algunos medios sus más conspicuos referentes. En Entre Ríos, los años de gobierno de Sergio Daniel fueron parecidos a los de una social democracia de los países nórdicos. Fue un modelo de transparencia y decencia republicanas. Tanto fue así, que cuentan algunas crónicas que llegaban a estas tierras contingentes de futuros politólogos y sociólogos de universidades extranjeras a estudiar el "sueño entrerriano" como un modelo único y novedoso de gestión eficiente y prodiga en virtudes y aciertos. Fue tan así, que algunos filosos observadores sociales pensaron que estábamos en la capital mundial de la felicidad. En el mejor de los mundos. Algunos desbocados pletóricos de optimismo llegaron a hablar de urribarrilandia.

Aquí, en las prósperas tierras de Artigas y otros próceres, existió corrupción cero, pobreza cero, obra pública caracterizada por la transparencia y los precios justos, nunca hubo una cartelización de las empresas (de esos menesteres se encargó siempre la ONG Cámara Argentina de la Construcción), siempre primó la meritocracia y la cultura del esfuerzo.

Un claro ejemplo de prosperidad lograda con creatividad y mucho sacrificio fueron las empresas del innovador Juan Pablo Aguilera o el ascenso social meteórico de ciudadanos virtuosos como Martín Fernández, quien desde la conducción del Instituto Autárquico Provincial del Seguro (que incluso hizo que la fortuna entrerriana derramara en la tierra del sol de José Luis Gioja) marcó un derrotero de modelo de empresa estatal eficiente.

En fin, son tantos pero tantos los logros para destacar, que sólo mentes perversas y de inmensa maledicencia podrían afirmar lo contrario. Más aún: la magia se apoderó de Entre Ríos. La mano todopoderosa del “soñador” hizo que naciera por hecho de la naturaleza un inmenso parador en la bella Mar del Plata, en la que de la noche a la mañana crecieron especies de una flora muy distinta a la de la "ciudad feliz". Un día los turistas de la zona se despertaron con un oasis lleno de palmeras y bellas señoritas ofreciendo exquisitos jugos producidos con material prima local. Se había instalado una sucursal o delegación de la prosperidad entrerriana para delicia y regocijo de propios y extraños.

Salvo algún periodista envidioso y mala onda como el director de ANÁLISIS pudo haberle dado carácter de hecho irregular a una distracción que apenas costo más de un millón de dólares. Por supuesto que enseguida un senador malpensado de Cambiemos y cuyo apellido comienza con K de "él" y un denunciador serial con título de abogado llevaron la fiesta del soñador al calvario de la Justicia.

En fin, cosas que pasan. El lector a esta altura estará pensando que esta es una columna propia de un día 28 de diciembre o de las que acostumbra a escribir el hijo de Tato Bores en el multimedio falaz y descreído. Debo defraudar esa creencia apriorística y asaz prejuiciosa. En estos tiempos donde se dicen tantas mentiras y donde a cada rato se nos pretenden tomar por estúpidos, reírnos juntos de estas cosas y jugar con la ironía unos minutos de nuestra existencia, nada tiene de malo. Lo que jode y mucho son los relatos falsos de los corruptos, las mentiras de los infames ladronzuelos que saquearon esta provincia en dos gestiones consecutivas y también el silencio de los cientos de miles de decentes.

Jode cuando la justicia mira para otro lado, cuando los legisladores que deberían representarnos te dicen que están para hacer leyes y no para denunciar. Te jode y nos jode que quienes dicen representar el pensamiento de un partido que lleva más de 120 años guarde silencio y que la vez que hablan es para amontonar palabras sin sentido y para hilvanar frases de ocasión, pero vacías de contenido moral.

A Urribarri hay que decirle las cosas como son, aunque cometamos un oxímoron en el lenguaje. Urribarri está sospechado de corrupto por la Justicia y no por el capricho de algún medio o de algún abogado inquieto. Su gestión fue pésima y a la vista está en el estado deplorable que dejó esta provincia.

El día que Sergio Daniel explique por qué motivo un empresario que se favoreció ostensiblemente con contratos de juego durante su gestión le regaló un lujoso automóvil Audi, o que nos logre hacer entender cómo si de cajero de un pequeño banco hasta aquí vivió exclusivamente del salario de funcionario y cuenta con una familia numerosa y un hijo que en el fútbol de uno a diez califica con indulgencia en el nivel de cuatro, pudo amasar semejante fortuna y ser propietario a través de terceras personas de tres sociedades anónimas, una de las cuales se dedica a la explotación del “yuyo maldito”, otras a la cría de cerdos y una última a promover espectáculos.

Cuéntenos Sergio, por favor. Quizás al escucharlo aprendamos que algunos nacen con estrellas y otros estrellados. No lo tome a mal don Sergio, pero la verdad es que es una cagada de aquellas que sea hoy usted protagonista de un movimiento que dio jóvenes a esta patria que se inmolaron por un país y mundo mejores. Usted es un malversador de historias. Y quienes lo siguen son apenas "Judas malogradores de justas y sanas aspiraciones". Apenas eso. Pero todo eso.

*Abogado penalista, dirigente del GEN y denunciante en causas de corrupción
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