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18/12/2018 -  tiempo  6' 24" - 830 Visitas Especial ANALISIS DIGITAL, entrega semanal Segundo capítulo de la novela “Los Mandatos de Camilo Fink”, de Mario Daniel Villagra
CAPITULO II:
Camilo miraba sus manos como si fueran la de sus ancestros; las frotaba y se mezclaban la tierra y el destierro, las raíces y los nombres propios. Al abrirlas, crecían cuentos rurales. Algunos venían desde lejos y otros de esos pueblos de barro. Sabía que sus parientes se conocieron trabajando en Villa Urquiza, en las millonarias tierras de la provincia de Entre Ríos, región bañada por sueños en distintas lenguas. Una de las abuelas de Camilo tenía como apellido la palabra Botero, pero para ella no significaba nada. Lo único que tenía sentido era que se educó en la casa de la familia Fink. Es allí donde conoce a Domínico, el abuelo de Camilo, veinte años más grande que María Angélica Botero; una lavandera que conoció la muerte luego de que una infección de muela le hiciera metástasis en partes vitales del cuerpo, y de la cual, Camilo, no conocía más historial médico. Del abuelo sabía que era conocido como carrero, un personaje recordado por ser quién trasportaba el cargamento hacia los puertos sobre los ríos Paraná y Uruguay, también por ser conversador. Era su herencia.
Los paisanos de los lugares donde paraba lo atendían con gusto y alegría. Porque Dominico Fink era el que traía ropas o encargues especiales de los pueblos que visitaba. También cuentos y chismes que, en la noche, a la luz de un fogón, y entre charla y charla, contaba. Al otro día, temprano, ataba sus caballos al carro y seguía su camino al son del cencerro, colgado en el cuello de la yegua madrina. Daban un sonido armonioso que era orgullo del carrero, hasta competían entre sus pares para determinar cuál sonaba mejor. Se escuchaba desde lejos, entonces los gürises del rancherío decían “por ahí viene Don Fink”, el carrero. El carro playero era de dos ruedas, de un metro ochenta de alto y dos de diámetro. Tirado por seis caballos, tenía un barrero y cinco laderos; el barrero era el que iba dentro de las barras y el que sostenía el carro, el resto hacia fuerza. Lo cargaban de un lado para el otro con leña, carbón, lana y frutas de estación. Siempre se necesitaba gran maestría para apilar y no aplastar la mercadería. Hacía fletes desde Concordia hasta Villa Urquiza, y traía naranjas, mandarinas, sandías, arena o piedra. Esos doscientos ochenta kilómetros por caminos de tierra lo hacían en diez días, con el clima a favor. Carrero, así se lo llamaba al que manejaba el carro. Existían personas que tenían dos o más de éstos, lo cual era, para esa época, una verdadera flota. Siempre paraban a descansar y dar de comer y beber a los caballos, en estancias o puestos que ya conocían. Domínico Fink buscaba mercancías por distintos lugares y luego las llevaba hasta el comercio de la familia Aceñolaza, quienes manejaban todo desde un almacén cerca del río, en Colonia Agrícola Militar Las Conchas. A cuarenta kilómetros de allí, en 1871, Domingo Faustino Sarmiento abrió las clases en el primer Colegio Normal, piedra fundante del sistema educativo del país. A pesar de eso, una parte de la familia de Camilo fue educada sin escuela, sus padres sólo fueron a la escuela hasta tercer grado y luego se dedicaron a trabajar. No así Camilo, que pudo ingresar a las aulas porque los patrones necesitaban que los hijos de los peones pudieran trabajar, al menos, contando la cantidad de animales. No guardaba rencor, sí algunos recuerdos. Camilo miró desde adentro y desde afuera como tenían que dejar el campo para ir a trabajar a las ciudades. Luego de terminar la escuela primaria, Camilo prácticamente se escapó a Oro Verde, donde estudió para ser maestro rural. Pensaba viajar en busca de herramientas para la alfabetización, volver y ayudar a que los hijos del campesinado pudiesen elegir si quedarse o irse, pero ese campo ya no lo tenía ni al él.

Cuando Camilo Fink salió del campo en busca de útiles, tenía doce años. En 1964 se anotó a la Escuela Normal Rural Juan Bautista Alberdi. Nadie lo acompañó, solo el consentimiento de su padre anotado en un papel. Como con el sueldo de él no se podía mantener los gastos de un estudiante, antes de recibirse, Camilo ofició de jardinero; cortando ligustrinas o arreglando los patios delanteros y traseros de algunas casas quintas de la zona. Lo cual le permitía tener dinero, sin perder de vista sus estudios. En realidad, sus viajes ya habían comenzado cuando tenía siete años, y lo hacía para pagar impuestos, mandado por su padre. Así, trabajó y estudió, y más de una vez se lo escuchaba decir “la unión obrero estudiantil se ha hecho carne en mi”. En menos de cinco años, con el título en la mano, volvió al campo. Tenía cumplido diecisiete, y en el calendario de la historia ya se marcaba 1969. Dios miraba como un espectador los acontecimientos del mundo.

Limpió el camino con un machete y llegó a la escuela, que era realmente una tapera. Salió a buscar a los gürises y así pudo tener sus primeros alumnos. Explicaba a los campesinos que leer y escribir posibilitaría a los niños salir del engaño. Así, hablándoles en bruto y en la cara, quería hacer entender la importancia de la escolarización, cuando aquellos campesinos resistían a la idea de que sus hijos dejaran de trabajar para ir a la escuela.

Así sucedió hasta el año 2001, momento en cual tuvo que abandonar la escuela. No por voluntad propia, él solía decir: “en una década más de doscientos mil entrerrianos se fueron de la provincia, y de eso puedo dar fe, para que la mitad de las tierras de la provincia, ahora, pertenezcan a personas de otro lugar. Yo mismo me fui para volver a entrar, y me volvieron a sacar”. Estaban bajo la sombra de los eucaliptos, que hacían de reparo ante el sol que calentaba la escuela. La sombra quedaba vacía de docentes y alumnos, que solían pasar horas escuchando el trinar de las aves, imitando el canto para luego formar un coro de pájaros. Mientras éstos trinaban y volaban entre árboles de colores, los alumnos aprendían los nombres de cada uno, como hablando con la naturaleza, conviviendo. Hacía dos semanas que los hermanos González estaban escribiendo, cada uno con un pedazo del lápiz, cuando los Villareal asomaron sobre la loma. Venían entre la polvareda que dejaba tras su galope un caballo blanco, extraviado de sed y con las piernas débiles. Cuatro hermanos, los últimos alumnos de la escuela. Camilo ya estaba enterado, entonces, cuando advirtió que llegaba la camioneta verde no se sorprendió. Bajaron dos. Uno tenía rasgos guaraní marcados en la cara y más que hablar murmuraba; otro era morocho, alto, de piernas largas y labios morados. Ambos tenían gorras y uniformes, y los dos portaban arma:
—Buen día, señor. Venimos a llevar lo que queda, señor.
—Sabía que vendrían, por eso puse todo en cajas. El pizarrón y algunas sillas lo dejaremos con aquella familia que vive allá; son los padres de estos dos; recién aprendieron a escribir, si lo dejan de hacer les costará seguir estudiando; eso no estaba en el inventario, por el resto… seguramente es lo que vienen a buscar.
—Cumplimos órdenes, señor.
—¡Con más razón!, no me diga señor, dígame maestro.
—¿González?, igual que yo —dijo uno de los gendarmes y señaló el nombre que figuraba en su chaqueta.
—Sí, su abuelo, Miguel González, vivió más de cien años.
—¡Somos duros los González! —al pasar, mientras buscaba la última caja.
—¿Sabe qué, soldado? —preguntó—. A González intentaron matarlo por decir que al hermano charrúa le gusta la libertad. Se escapó en 1897 porque lo buscaba la gente de Aparicio Saravia, en el Uruguay.
—Ya terminamos con el trabajo, señor. Debemos retirarnos, señor.
—¡Trabajo!, por favor… Cerrar escuelas, ¿qué tipo de trabajo es ese?
Camilo se despidió de los niños, que veían cerrar su futuro, y subió al vehículo. A poco de andar hizo detener la marcha. Bajó apretando sus dientes, volvió sobre sus pasos y miró su pasado. Saltó de un año al otro sin parar, y comenzó a llorar, tal cual llora un niño al quitársele su objeto amado. Así Camilo volvía por segunda vez a la ciudad, ahora de manera forzada, sujetada a la decisión de cerrar la escuela donde trabajaba.
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