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26/12/2018 -  tiempo  5' 19" - 680 Visitas Especial ANALISIS DIGITAL, entrega semanal Tercer capítulo de la novela “Los Mandatos de Camilo Fink”, de Mario Daniel Villagra
III CAPITULO:
Noviembre.
El mes se estaba marchando con días de lluvia y sol, que en la ciudad deja loca de calor a la gente. No importándole el vapor que emergía de las calles, Camilo se dirigió a la casa de José. Golpeó la puerta con fuerza, José terminó rápidamente de afeitarse y luego abrió, Camilo estaba mirando la hora en su reloj, la cara hecha una sola gota de sudor. Entró insultando, lo cual José no sabía si era habitual, solamente lo había escuchado decir “carajo”, aquella vez que se conocieron, con la diferencia de que ahora no sabía la causa del fastidio:

—¿Por qué los insultos?, Camilo.

—¡Porque quieren sacar la materia historia del 6º grado, hermano! —mientras la voz se perdía en su camino hacia el fondo de la casa. No miró cuando ingresó y siguió su marcha hasta la cocina.
José se puso los anteojos, que se empañaron casi al instante. Las ventanas, también empañadas, no dejaban entrar el sol que afuera tímido alumbraba. El olor a guiso se imponía. Dos sillas a la mesa y sobre ésta aún quedaba algo de comida en el plato hondo, la cuchara sucia y los restos de pan. José sirvió un vaso con agua y guardó la botella. La cocina, vieja y opaca, tenía tres hornallas; la tercera no funcionaba y el horno tampoco; una estaba ocupada por la hoya igual de vieja y quemada; y, en la restante, la lata con café en hebras ya estaba por hervir; lo que hacía que, ante la esencia a guiso, de a poco, el aroma a infusión comenzara a ganar espacio. José ofreció asiento a Camilo, que lo rechazó puesto que el enojo lo mantenía en pie. Sólo algunas gotas de sudor permanecían en su rostro, el resto ya se habían evaporado. Su respiración de manera lenta volvía a la normalidad, y su mirada dejó de fulminar el piso una vez que levantó la cabeza y los puso sobre los de José. El agua terminó de hervir y el café se volcó. Mientras José limpiaba, Camilo confesó:

—Se está yendo al carajo el pasado, hermano, que nos queda para el futuro.

—¿Dónde dijeron eso?, Camilo —preguntó José, mientras estrujaba el trapo empapado de café.

—Lo comentó una profesora en una asamblea.

—Bueno, habrá que averiguar más … lo voy a comentar en el diario; sí, eso voy a hacer.

—Bien dicho hermano, puedes escribir un artículo… ¡¿Se entiende lo que significará la reforma?!

—Sí, me imagino… ¿No se podrá detener?

—¡Se tendría! Para mí cobra otro sentido, hermano, porque justo estoy leyendo una memoria que es inédita.

—¡Ah!, ahora comprendo mejor el enojo ¿Y sobre qué es?

—Sobre despidos a trabajadores municipales, durante la última dictadura.

—¡Que interesante!... Disculpa que parece que no te presto atención, limpio aquí y…

—No, no te hagas problema, yo te cuento nomas; decía, allí pude encontrar rastros de la unión, la solidaridad y la organización de los trabajadores del campo y la ciudad.

—Claro, la solidaridad entre el campo y la ciudad, ¡que interesante!

—¿Sabes qué?, al trabajador rural, porque vive en el campo, le pagan menos, porque hay menos consumo que en la ciudad, es menos costoso; ojo, para los ojos del patrón; y ojo ¡que eso los patrones lo saben!; ¡pero no lo van a decir! ni tampoco lo van a cambiar, hermano, mucho ojo.

Los grados centígrados marcaban treinta y siete, y del cielo caía una lluvia fina que con el sol creciente formaron un arcoíris. Eran momentos intensos.

A Camilo no le gustaba el café, entonces pidió que le preparara un mate amargo, para acompañar las historias, y “hermano, para pasar el mal gusto que me trajo la noticia” dijo y siguió. Antes, miró su reloj:

—Queda tiempo. Ahí se ve la relación del golpe de 1976 y el sistema de partidos políticos; militares y civiles son tan responsables de la miseria de hoy. ¡Hay varios que tendría que declarar!

—Es así —dijo José, que había quedado callado, como tomando pista para largarse al vuelo—. La falsa oposición que se plantea entre unos y otros, es como un servicio de paseo en colectivo; ambos te dicen recorrer los caminos de la constitucionalidad, como una manera de demostrar fidelidad. Las constituciones miden sus calles de libertad con el metro de las libertades individuales… ¿Y el colectivo?, pasa por la esquina. Cada uno debe abordarlo, pues el sufragio es obligatorio, y así nos subimos al colectivo de la representación política; que no nos lleva a ningún lado, y los choferes de la política hacen de eso una subsistencia personal.

—Bien dicho hermano, te aconsejo que lo anotes a eso, para no olvidar —dijo Camilo y se subió al tono de la conversación—. Me vienen a la memoria unas palabras dichas por Monteagudo en 1811, decía: “…el que mire la conveniencia personal como la primera ley de sus deberes, el que no sea constante con el trabajo…no puede ser patriota”, pero bueno… volvamos a entre los ríos… perdón, quise decir Entre Ríos.

Luego de un momento de risas, generado por el fallido de Camilo, él prometió terminar. Rápido retomó lo que había comenzado a contar. Aclaró que tenía que corregir carpetas de los alumnos, porque estaba cerrando las notas para el fin de ciclo lectivo:

—Decía que —mientras se tomaba el mate— en 1973, estando Enrique Tomas Cresto como Gobernador, persiguieron a unos sindicalistas. ¡En Rosario del Tala, donde vivió Atahualpa Yupanqui, se despidieron setenta trabajadores en un día! Bizzoto, del partido justicialista, era el intendente. Y en

Concordia, también se dispuso la cesantía de seis integrantes de la comisión directiva del sindicato municipal; el intendente de esa ciudad era Méndez Graf, otro justicialista —e hizo con los dedos unas comillas en el aire.

—¿Y qué tiene que ver Atahualpa Yupanqui?

—Nada, hermano, para decirlo nada más.

—¡Eso es totalmente desconocido por el grueso de la sociedad! —dijo José, indignado, mientras se desempañaba los anteojos.

—¿Lo de Yupanqui?

—No, Camilo, lo otro.

—Ah, pero claro hermano… Tomo un último mate y me voy. Lo mejor de todo el caso, es que la solidaridad con esos trabajadores desembocó en un paro nacional de municipales que movilizó a doscientos mil afiliados en todo el país, y aquí con la presencia de campesinos que trabajaban en los aserraderos y en los puertos

—Páseme esa memoria, Camilo, algo vamos a publicar.

—Bien dicho hermano… ¿Ahora comprenderá por qué me pone mal la noticia que te conté? Abrí la puerta que me voy —dijo Camilo y se despidió, mientras José corroboraba la causa del enojo.

Para mal de algunos, Camilo tenía algo puesto en la cabeza sobre qué hacer aquí: la historia. Y José, ayudar a contarla.
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