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02/01/2019 -  tiempo  13' 29" - 650 Visitas Especial ANALISIS DIGITAL, entrega semanal Cuarto capítulo de “Los Mandatos de Camilo Fink”, de Mario Daniel Villagra
CAPÍTULO IV:
Quizás porque deseaba que alguien escribiera y lo recordara, Camilo solía comenzar: “Le cuento una historia, hermano”, como antesala de narración de cuentos. Mientras estábamos enredados en carcajadas y risas, en las yerras o en las domas, en algún momento de la noche, como para acortarla, comenzaba a narrar, “a pedido del público”. Porque durante la actuación, siempre seguida de vino y carne asada, muchos individuos se reconocían en parte, porque adquirían identidad por propia elección, otros hermanos se ponían nostálgicos. Mediante la narración podían rastrear los orígenes familiares, de quienes venían de las colonias a la estancia de Carlos Elías Romero. Porque muchos de sus abuelos y padres trabajaron para Carlos Elías Romero. Fíjense que este señor tenía sesenta mil hectáreas con treinta puestos y cada puesto tenía una historia, con sus personajes. Por eso, hermanos, si habrá historias para contar. La omnipresencia de esta persona era tal, que para algunos la historia universal era la historia de Carlos Elías Romero ¡porque nacieron y murieron trabajando para él!
Montaba en mula, hija de yegua y burro, vestido siempre con ropa vieja, percudida y sucia. Por eso muchas veces llegaron a confundirlo y le decían “llámeme a su patrón”, “con él está hablando” respondía firme y sereno Carlos Elías.

Un día llegaron al puesto dos a caballo: Lorenzo, ya un hombre curtido, llevaba las riendas, y Juan, más gurí, enancado, venía sentado raro a simple vista y traía cara de sufrimiento. Parecía que quería despegar su torso por sobre el resto de las piernas, pues hacía fuerza presionando sus brazos en el lomo del tobiano, bañado en sudor. Traía los ojos abiertos como brasas. No había visto nunca a Carlos Elías Romero en su vida, sí había oído hablar de él, por eso el muchacho no lo reconoció a primera vista:
—¿Qué os pasó? —dijo el hombre que salió de la galería.
—No sé, hay que llevarlo al pueblo —contestó Lorenzo.
—Juan, ¿qué has hecho? —reprochó Carlos Elías Romero; Juan se sorprendió porque conocía su nombre.
Por la vista de Lorenzo salió fuego ante las palabras y al reconocerlo. Juan tenía los tobillos inflados y morados. Se los había golpeado en una doma, en el desboque, el caballo salió disparado hacía una tranquera y Juan detuvo el golpe con las piernas hacia adelante. Quedó pálido del dolor que le quitaba la respiración.
Para que lo curen fue llevado al hospital Santa Rosa, en Villaguay. La estanciera verde con ruedas patonas marchó en el vaivén del ripio suelto. Algunas víboras se tiraban desde la ruta hacia los yuyos y las iguanas vigilaban la sequía. Una vez en el hospital le hicieron radiografías y lo mandaron directo al quirófano. Tenían que operarlo de los dos tobillos. Estaba quebrado. Salió del hospital con un vendaje y le dijeron que volviera en quince días.
Por eso, mientras Juan estuvo en reposo, Carlos Elías Romero visitó el puesto donde vivían juntos aquel, Lorenzo y el capataz, Don Esquivel. Carlos Elías Romero esperaba que Juan estuviera solo para ir a ver cómo estaban sus tobillos. Durante la recuperación, Juan no fue reemplazado, para que el trabajo quedara repartido entre el resto, no se agregó personal.

Un día Carlos Elías Romero le preguntó a Lorenzo si sabía manejar, porque en poco tiempo habría que llevar a Juan al hospital. “Debéis darle el alta de una vez por todas”, y el hermano Lorenzo tuvo que aprender:
—Darme el vehículo justo a mí para traerte. Cuando me dejaba manejar el caballo y gracias —comentó el oriundo de Chajari, que había llegado a la estancia “escapando del espíritu santo”, según sus palabras.
—La verdad, no entiendo, Lorenzo —dijo Juan, sin despegar la vista puesta del horizonte, entusiasmado por el viaje.
Por tramos, la sequía decoraba con hojas secas los zanjones, en otros, el paisaje de avena, trigo y cebada. Siempre continuaba el sol que los seguía entre unas nubes para alumbrar el camino. Sólo el zumbido del motor se escuchaba:
—¿Llegaremos a ser como Carlos Elías Romero?
—A ver… ¿y cómo es?
—Así, hombre, como es él —contestó Juan, mientras volvía la vista hacía Lorenzo.
—¡Pero si ni lo conocemos! —devolviéndole la mirada.
—Sí, ahora algo lo conozco; además de lo que me han contado. Yo lo veo serio y astuto, no muestra lujo, está informado y parece de buen corazón.
—Yo no sé, pero sí tengo varios años más que vos, y yo conozco a otros patrones, por eso llegué a la conclusión de que todos piensan igual, y déjame que te diga una cosa gurí, me pareció raro el pedido de que firmes ese papel.
—¡No desconfíe tanto, Lorenzo!, si usted escuchó cuando me dijo que era por el accidente que tuve con el caballo, para cuando sea más grande y no sé qué.
—Sí, yo te creo, pero esa última frase no me gustó nada.
—¿Qué frase? —desentendiéndose de lo que hablaba Lorenzo.
—¿No escuchaste? Dijo “…estas son las reglas de juego, ahora podéis hacer lo que queráis” … y nosotros somos peones, Juancito, no somos libres. ¿O acaso podemos irnos con esta chata y vivir por nuestra cuenta? El patrón es el dueño de la tierra, pero nosotros la trabajamos. ¿Viste cómo lo domina a Don Esquivel? Carlos Elías Romero dice “qué bien la tropilla que habéis logrado”, pero después los caballos se venden y la plata queda para él.

Las palabras de Lorenzo rondaban por la cabeza de Juan, y la dudosa respuesta de éste, daba vueltas en la cabeza de aquel, por eso en el pasillo del hospital se insistió en el tema:
—Me imagino que leíste lo que decía ese papel —preguntó Lorenzo.
—Sí, seguro… —se apresuró a contestar Juan. A medida que pasaba el tiempo la cara de Juan de transformaba. La advertencia de Lorenzo había caído como una condena.
—Te noto raro, Juan.
—Es que yo no sé leer.

Cuando regresaron a la estancia, Carlos Elías Romero leía los diarios sentado en un sillón, bajo la galería. Lorenzo guardó la estanciera y ensilló el tobiano. En presencia de Juan, Lorenzo pidió a Carlos Elías Romero que le enseñara el famoso papel. Inflando el pecho, estilo gallo de riña, dijo que cómo, sabiendo que el joven era analfabeto, hizo firmar ese papel. Carlos Elías Romero se hizo el sorprendido y respondió que eso a Lorenzo no le importaba. “Si alguien no me respetáis, nada tenéis que hacer aquí, en mis tierras y con mis animales”, y luego le pidió que se marchara lo antes posible.

Lorenzo dejó una humeante marca en la conciencia de Juan, hermanos, algo así como marca de vaca en la hierra. Porque con su avío en un hombro, camisa, bombacha de campo y alpargatas sin medias, Lorenzo emprendió la retirada. Antes, pasó por el galpón con un palo de escoba envuelto en pedazos de trapos que mojó con querosén. A medida que rodeaba el galpón, lleno de recados, frenos, cueros, guardamontes, lazos, guascas y monturas, iba rociando el querosén y, al final, lo encendió todo. Por eso el galpón ardió y la luz prolongó el atardecer. Las llamas iluminaron las pupilas de Juan, mientras Lorenzo se perdía en el horizonte. Con el tiempo se supo que Lorenzo era ex pastor evangélico, por eso decía que venía escapando del espíritu santo, que dijo haber abandonado cuando se dio cuenta de que bautizó a tantos pecadores que podría ahogarse en ellos.

De a poco, Carlos Elías Romero se desprendió de sus propiedades, y también de esa vida. Por eso terminó sus días con lujos, y por el despido sin pago de indemnización que sufrieron los trabajadores rurales, entre ellos Juan, quien firmó un papel donde decía que Carlos Elías Romero no se hacía responsable de los daños colaterales que generara la lesión de sus tobillos.

Lo que contaba Camilo dejaba abierta la puerta a la inquietud, a la duda. Escuchando a Camilo Fink quedaba claro que, hasta aquí, los ricos, además de alquilar el trabajo, también se adueñaban de la historia.

Un día, Camilo pidió a José que llevara un regalo hasta el Hospital San Martín. Una vez allí, José presenció como una enfermera cambiaba el segundo suero a un hombre, luego de escuchar un hostigamiento con preguntas: “¿por qué habían dejado a este hombre solo?, ¿por qué no le daban de comer?, ¿por qué cuando el doctor los busca no los encuentra?”, sin siquiera tener la posibilidad de aclarar que él llegó hasta allí por pedido de Camilo, y que ni siquiera conocía al paciente. José no tuvo más opción que acompañar al doliente, que se puso contento con la camisa que Camilo envió como obsequio. Conversaron. Así José supo que ese hombre vivió más de cuatro décadas en el campo, desde que su padre lo dejara, a los tres años, al cuidado de Don Esquivel. El paciente había nacido en 1945 y parecía no tener apellido, pues dijo que la gente lo conocía como “el criado de Don Esquivel”, algunos pensaban que era porteño, pero no, era entrerriano. El padre se llamaba Fermín Ruiz Díaz y no tiraba la botella sin antes mezclar con agua lo que quedaba de vino y beberlo. Su muerte ocurrió en 1948, y tuvo olor a vino tinto, barro y caballo mojado. Fue durante una inundación. Volvía de un bar. Intentó pasar por el puente de madera, sobre el arroyo Lucas, y el caballo no aguantó la correntada y se le cayó encima. Fermín dejó un huérfano, pues la madre ya había muerto en el parto.

Cundo hablaba de Don Esquivel, su padre de crianza, al hombre que estaba internado se le ponía dura la garganta. Don Esquivel había heredado parte de una fábrica de alpargatas en Buenos Aires. Cuando vendió, por intermedio de un contacto, se afincó en Entre Ríos. Compró unos animales y los metió a pastar en un campo, mientras cuidaba de él como capataz de un puesto de estancia. Esquivel vino joven, tenía treinta años. Se acostumbró al mate ni bien llegó, usaba boina, pañuelo rojo al cuello y bigote grande y frondoso.

El enfermo contó que a los diez años trajinaba el puesto al ritmo que marcaba el tranco de Don Esquivel, y que cuidaba de la casa cuando éste no estaba, entre grillos y perros. Que pisaban el suelo a las seis de la mañana, y que mientras uno preparaba los tazones con leche el otro enfilaba para los corrales, donde las vacas esperaban atadas, junto a los terneros, para ser ordeñadas. Don Esquivel salía a paso lento de la cocina, buscaba el balde de ordeñe y comenzaba el “arte” de ordeñar:
—Es todo un arte, Juancito —decía Don Esquivel, mientras se acomodaba.
—Pero el arte… ¿no es la música, la pintura? Bah, eso… eso es lo que dice la radio.
—¡No te creas, eh! La radio no siempre dice la verdad.
Don Esquivel introdujo “el cable a tierra” en la zona de Lucas Norte. Lo que decía la radio siempre era un punto de conflicto y no se medían las consecuencias. Un día, durante la presidencia de Perón, luego de conocerse el estatuto del peón rural, la radio dijo que se preveía una reforma agraria. Hubo alarma en la cocina, donde sentados tomaban vino, frente a la radio, escuchando las noticias:
—¡¿Reforma agraria?! —cuestionó Don Esquivel, clavó el cuchillo en la mesa y luego bebió el vaso con vino.
—Espere, Eusebio —dijo un peón, haciéndose la señal de la cruz.
—Perón no va a tocar la propiedad privada de nadie… ¿Al Carlos Elías Romero?, ¿cómo haces para tocarle todo lo que tiene? Tiene, escuchen bien: sesenta mil hectáreas; dos mil cuatrocientas cabezas de vacas y veinticinco mil ovejas —repasó, mientras todos miraban con la cabeza tiesa.
—¿De verdad que el viejo Elías tiene todo eso?, usted don hombre —dijo otro peón, sorprendido por lo que había escuchado.
—Sí, él tiene todo eso que enumeré, pero porque nosotros lo hicimos, todos nosotros, poniendo el lomo; “el capital” del que se habla, son las lonjas de carne que dejamos aquí.

Con Eusebio se cortó el apellido Esquivel. Murió a los setenta y siete años, en 1995, rodeado de gente, un mediodía del 1 de mayo, comiendo locro. Don Esquivel levantó el vaso de vino, dijo por este sol, lo tomó y murió con la mano a la altura del corazón.
Si bien suelen ser dos horas de visita en el Hospital, para José ya había pasado medio siglo hablando con ese hombre. Las sábanas blancas y duras, con manchas insaciables, no alcanzaban a tapar todo el cuerpo de éste, que pidió:
—Señor, ¿me enseñaría a escribir mi nombre? Es que tengo que firmar los papeles que me dan los doctores —el paciente, de pómulos saltones, ya daba indicios de que la fiebre había bajado.

—Sí, ¿cómo no?, que más yo quisiera, dígame su nombre —contestó José. Mientras buscaba en su portafolio un cuaderno y una lapicera, miró de reojo y observó las cicatrices en los tobillos, y comenzó a dudar. Los sacó, destapó la lapicera, acomodó sus anteojos y preguntó el nombre completo del paciente.
—Sí, señor: Juan Ruiz Díaz, soy yo. Ese es mi verdadero nombre, Juan Ruiz Díaz —mientras José copiaba—. A ver, muéstreme, ¿cómo es Juan Ruiz Diaz? —preguntó el paciente y miró. Después se le antojó escribir otra palabra: “domador. Eso soy yo”, dijo y la duda de José quedó endeble.

Antes de que se hagan las seis, horario en que terminaba el tiempo para las visitas, llegó Camilo al Hospital. Cuando entró a la habitación, Juan se despabiló de alegría. “Veo que siempre llevas el reloj”, le dijo. “Claro”, contestó Camilo. José esperaba desesperado por tirar abajo su duda. Finalmente se hicieron las seis. Juan quedó internado un tiempo más, hasta que sus verdaderos familiares lo llevaron a Buenos Aires, donde murió. Antes de que Camilo y José se fueran, Juan dijo una frase lapidaria: “a la final los remedios que le ponen a la tierra para las plantas lo terminan matando a uno”; tenía cáncer de pulmón, y se murió con un ataque cardíaco.

Al salir, José increpó a Camilo:
—¿Es el Juan de la historia que contaste?
—¡Exactamente hermano!
—¿Y por qué no me dijiste antes de venir?, me hubiese preparado mejor.
—Y, hermano, estaba esperando que te des cuenta solito —dijo Camilo, como si le estaba dando un regalo a él también.
—Entonces, ¿ese reloj es un regalo de Juan? —preguntó José, como dándose cuenta de un momento culmine.
—No, mi padre, pero Juan siempre lo quiso, y yo le dije que no se pasa de una persona a otra así nomás. Acompáñame hasta calle La Paz —dijo Camilo y siguieron caminando.

La Paz era una calle que empezaba en Avenida Ramírez; igual que Don Bosco. En ese punto, José podía tomar hacia la izquierda, para ir a su casa, y Camilo a la derecha, para ir a la suya. De camino, entre el Hospital y esa esquina donde ellos podían bifurcar sus caminos, pasaron por la terminal de ómnibus. En ese momento, se les ocurrió que podían embarcarse en un colectivo, cruzar el río por el túnel subfluvial y viajar hasta la ciudad de Santa Fe. En menos de una hora estarían allí. Para que se bifurquen sus caminos, faltaba andar un poco más de tiempo.

Algunos comentarios sobre la obra
Los Mandatos de Camilo Fink es una novela sobre la amistad. Más bien, una pequeña novela sobre una gran amistad. Claro, lo social, el periodismo, la docencia y el amor sobrevuelan el mundo que Villagra construye al ritmo de una payada que crece y se vuelve más taciturna a la vez que sus personajes se ven enmarañados en ríos de sensaciones que los acongojan. Todo sin perder el tempo y la calma propia de la milonga campera que su pluma interpreta. Pero, repito, este es simplemente un genial relato sobre la amistad y las personas que se funden –y sufren- para creerla.

Nicolás Salvi //Periodista

Leí con mucho interés Los Mandatos... Uno agradece de entrada la variedad de temas y tonos que presenta su narración. Sin duda tiene buena prosa, hay buenos diálogos, algo verdaderamente interesante y necesario en una novela articulada principalmente sobre conversaciones; y buenos personajes. Su extensión es adecuada y se trata de una novela secretamente ambiciosa, sencilla pero honda, llena de cajones y de detalles.

Manuel Borrás// Editor de Pre-Textos (España)

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