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01/03/2019 -  tiempo  7' 34" - 443 Visitas Especial ANALISIS DIGITAL, entrega semanal Noveno capítulo de “Los Mandatos de Camilo Fink”, de Mario Daniel Villagra
Capítulo IX: Enero de 2002.
Algo nuevo, más que el año, flotaba en el río. El viento, que traía un vaho caluroso, venía desde el agua para ayudar a madurar alguna palabra. En silencio, Camilo y José bajaron la embarcación desde el galpón hasta el afluente. Para sorpresa de José, cuando fueron a embarcar, Camilo pidió ir en la popa. Algo pasaba. El río los esperaba. De no haberlo frecuentado, hubieran pensado que estaba quieto. Los expertos anunciaban que aún faltaba un mes más para que llegase la creciente grande, pero ya estaba crecido. No les costó remar para llegar al islote municipal, inundado; lo que costó, a José, fue sacar una palabra a Camilo, ya en las sombras, frente al muelle y la ciudad:

—¿Me vas a contar qué es lo que te pasa?... Ni siquiera quisiste sentarte en la proa.
—Ni yo sé lo que me pasa, hermano. Llamó Magda —confesó Camilo y dejó salir un quejido que se marchó acariciando al agua.
—Camilo, esa mujer… ¡ahora entiendo porque el teléfono!
Habían pasado un mes y un día desde su partida. José notó esa ausencia durante la fiesta que compartieron con Camilo, pero no se animó a mencionarla. Resumiéndole la historia de la llamada, Camilo contó que tenía ganas de ir a buscarla. “Nada me ata a esta ciudad hermano”, y agregó que “Magda” lo estaba esperando.

—¿Y qué hace en Bolivia?
—Está dando clases de Tango, en La Paz, y hace comidas para los turistas también.
—¡Ah!... Variadito —dijo José, intentando no quedar callado, mientras encendía un cigarrillo, sin saber bien qué decir—. ¿Y qué más te dice?
—Dice muchas cosas, José, pero lo importante es que me dice que vaya.
—¡Irte vos!
—Sí hermano.
—…si ella quiso irse.

“Magda”, como le decía Camilo, llegó a su vida y le compartió de ese resto de aire que le quedaba de su fase estudiantil, que conservaba ciertamente desde hacía menos tiempo que Camilo. Ella le decía “la perla en el lodo”, como se lo recordó en aquel llamado que tendió la línea nuevamente entre sus años de diferencia y sus elecciones.

—¿Dice algo más? —y encendió el último cigarrillo, se sacó los anteojos y se refregó los ojos.
—Qué puede ayudarme a buscar trabajo.
—¿trabajo?, si aquí ya… ¡El verdadero trabajo, ahora, es con esos gürises de los que me hablaste!
—¡¿Mis gürises?!, eso es lo que menos me preocupa, son grandes, van más rápido que yo hermano.

Los “gürises” eran aquellos a los cuales Camilo les contaba su experiencia personal en el primer día de clases, en la escuela del campo, como una manera de estimularlos a estudiar. Algunos de éstos llegaron hasta la ciudad para estudiar y, después varios años, se volvieron a juntar con su maestro, algunos ya graduados otros prontos a terminar.

La primera estrella que brilla durante el anochecer, ubicada en un punto firme del cielo, les señaló que era hora de volver. Pero lo único que le importaba a José era tratar de convencer a Camilo de que no podía irse, sabiendo, sin decirlo, que nuevamente quedaría solitario en la ciudad.

—Si es por eso, José, donde sea que yo esté, seguiré haciendo lo que pueda —dijo, permaneciendo sentado en la popa, mientras volvían.
—Camilo, ¿dimensionas el desgarramiento que se genera al irse? —acostumbrado a extremar, José, que se había fumado hasta los dedos.
—¡Eh!, espere un poco; aquí lo que no quiero dañar es mi corazón. No. Si ella me quiere, yo voy a ir. ¡Magda! —gritó Camilo, y el eco de su voz hizo volar las aves que picoteaban en la costa.
—Camilo, estás loco, ¿qué será de Matías?
—Ya terminó sus estudios en música, piensa regresar. Vamos, hermano, rema que aún falta la mitad y se viene la noche.
—Está bien, igual creo no han terminado ni…
—Ni Camila, en agronomía; ni Joaquín, en educación, tampoco Eloísa, en economía, pero yo sé que ellos ya aprovecharon mi ayuda —dijo Camilo entrando en un estado de ensueño al recordar a Magdalena; y José, pensando que el enamoramiento de Camilo había pasado, ahora se encontraba confundido.
—Un momento —dijo, mientras dejó de remar—, pensemos bien lo que vas a hacer Camilo.
—¡Pero che, no hay mucho que pensar!, y tiene razón, dejemos de remar; el río nos llevará hasta el dragado. Présteme el encendedor.
—¿Qué vas a hacer? —y se lo alcanza girando su torso hacia atrás, observando como Camilo sacaba un papel.
—Para esto, ya no es necesario —y lo que aparentemente era una carta, segundos después, se prendía fuego.

Al aceptar la decisión de viajar, la fecha de partida fue programada para febrero. Desde entonces, mientras preparaba su equipaje, Camilo comenzó a pensar cómo dejar lo que se quedaba. Con José, en algo más ambos coincidían: ninguno gustaba de las despedidas. Decidido a ir acercándose a ese momento, Camilo insistió a José con compartir unos mates, días antes de partir. Fue una mañana, temprano, mientras los faroles que alumbraban las estrechas veredas se apagaban, y los adoquines brillaban con los primeros rayos de sol, escenario participe de las andanzas de Camilo y José; que, puerta adentro, se afeitaba cuando escuchó el mismo golpe en la puerta.

Camilo, si bien estaba contento por el viaje, se preguntaba “y si todo ya no es lo mismo, hermano”, refiriéndose a Magdalena. José, que ahora parecía superado, le aconsejaba que no tuviese miedo, que el viaje, además de reencontrarlo con “esa chica”, era una oportunidad para aprender. En el fondo, José no había aceptado la partida de su amigo, pero lo disimulaba. Para alentarlo, agregó “la gente en Bolivia se define por el bienestar de los pueblos indígenas y campesinos”, sin saber bien lo que decía. Y, hablando de algo que era más del orden de sus deseos, terminó su paso imaginario por ese país diciendo “en Bolivia además de producir para comer se producen ideas”. Sin escala pasó a otro cuando le recomendó “si puede siga viaje Camilo”, proyectando sus propios deseos, “pase a Brasil y allí entrevístese con el movimiento de los sin tierra”, es decir, lo que él haría si se animara a salir de viaje, todo dicho con un aire de superación y en tono de recomendaciones: “de ellos aprendí que las tierras hay que tomarlas con nuestras manos y ponerlas a producir por la comunidad”, como si el mundo se hubiera desplazado generando un cambio de roles entre ellos dos.

Camilo lo miraba pestañando, dislocado, sin entender la situación de extrañeza en la que se encontraba; en cierto punto, a poco de irse, pensaba que José, de esa manera, estaba ocupando el hueco que quedaría al marcharse. Para no ser menos, Camilo comentó que estaba leyendo sobre las cooperativas agrícolas y su aporte a la economía nacional en Cuba. Todo como partes dispersas de la mirada al mundo externo, evadiendo hablar de las emociones resquebrajadas internamente. Antes de finalizar el termo de agua caliente, Camilo dijo al pasar que algunos de sus ex estudiantes participarían de una toma de tierras en la costa del Uruguay.

“Creo que están avanzados porque los vecinos ya fueron anoticiados; de hecho, son quienes los pusieron en conocimiento de que los dueños —e hizo comillas al aire— viven en Holanda… Una locura”. José, dudando de la personalidad de quien tenía enfrente, cuestionó: “¿Qué es lo que te parece una locura? Hubo un silencio. Me extraña escucharte decir eso. Otro breve y José enfureció. ¡Acaso no eras tú el que siempre dijo que los nuestros deben comprender que la situación tiene que cambiar!”, mientras Camilo se tragaba un palito de yerba mate y comenzó a toser. “Sí, de acuerdo, hermano —tosiendo—, pero no sé si el resto de la sociedad está preparada para soportar una situación —los ojos llorosos ya de toser— como la que plantean hacer los gürises”, y la charla pasaba de ser una situación personal a una cuestión histórica.

Camilo argumentó que tenía que seguir con los preparativos del viaje, y José confesó que le gustaría seguir hablando del tema, reprochando que aquel se marchaba. Sin rodeos, Camilo pidió que lo acompañe a la terminal el día de su partida. José le dijo que lo debía pensar. Uno salió y el otro cerró la puerta y se puso a cavilar.

§


Algunos comentarios sobre la obra
Los Mandatos de Camilo Fink es una novela sobre la amistad. Más bien, una pequeña novela sobre una gran amistad. Claro, lo social, el periodismo, la docencia y el amor sobrevuelan el mundo que Villagra construye al ritmo de una payada que crece y se vuelve más taciturna a la vez que sus personajes se ven enmarañados en ríos de sensaciones que los acongojan. Todo sin perder el tempo y la calma propia de la milonga campera que su pluma interpreta. Pero, repito, este es simplemente un genial relato sobre la amistad y las personas que se funden –y sufren- para creerla.

Nicolás Salvi //Periodista

Leí con mucho interés Los Mandatos... Uno agradece de entrada la variedad de temas y tonos que presenta su narración. Sin duda tiene buena prosa, hay buenos diálogos, algo verdaderamente interesante y necesario en una novela articulada principalmente sobre conversaciones; y buenos personajes. Su extensión es adecuada y se trata de una novela secretamente ambiciosa, sencilla pero honda, llena de cajones y de detalles.

Manuel Borrás// Editor de Pre-Textos (España)
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