Bienvenidos a Semanario Analisis Digital
puntos
08/03/2019 -  tiempo  11' 0" - 537 Visitas Especial ANALISIS DIGITAL, entrega semanal Décimo capítulo de “Los Mandatos de Camilo Fink”, de Mario Daniel Villagra
Click para Ampliar
Décimo capítulo de “Los Mandatos de Camilo Fink”, de Mario Daniel Villagra
Capitulo X: Febrero.
La excusa que generó José, para despedir a Camilo, fue hacer una entrevista; esa era la manera de encontrar su mayor apertura social como persona, ocupando un rol de periodista. Cuando José salió de su casa, miró el reloj y recordó la historia que guardaba. Pues, cuando Camilo lo miraba, no solamente notaba las horas del presente, sino que veía acontecer su pasado. Era un obsequio con trayectoria. Con ese reloj, no solamente una parte de su familia sabía que transcurrían las dos de la tarde, mientras el sol parecía no moverse, clavado por poco en la mitad del cielo. También ofrecía un brillo inolvidable, que salía disparado hacia quién sabe qué parte del monte grande, mientras los parientes de Camilo, de niños, jugaban a buscarlo. Cuando ese reloj era mirado, aquellos parecían ver al mismísimo sol; grande, redondo y brillante; y en sus agujas, los rayos. Ahora, puesto en la muñeca de José, al consultarlo, abrió una constelación de historias que comenzaban por Camilo, y la historia de su familia, y a la cual le seguían otras, otras y otras, entre las horas vivas —y las muertas—, desde el campo hasta la ciudad, ida y vuelta.
La marca del reloj, bañado en oro, era Mirax y fue comprado por el abuelo de Camilo a un vendedor ambulante. En la familia se sentían felices cuando se compró ese reloj, codiciosos como todo mortal equivocado; en especial uno de los hijos, Abel. De hecho, cuando su padre se lo sacaba por algún motivo, él corría a ponérselo. Y así paso el tiempo, hasta que Abel, ya convertido en un muchacho, comenzó a insistir con hacer algún negocio con su padre, pensando en obtener el reloj. Hasta que lo obtuvo, cambiándolo por seis ovejas. A pesar de la disparidad en la transacción, Abel era feliz con ese objeto que, hasta entonces, le parecía inalcanzable. Tenerlo, pensaba que le daba estatus ante los demás, pero nadie reparaba en eso. Para él, el reloj era una joya. No solamente lo valoraba, también cuidaba de no golpearlo, no rayarlo. Hasta que un día, lo descuidó.

Fue en la temporada de cosecha de arroz. En la estancia El Molino, las bolsas llenas con cincuenta kilos, esperaban para ser cerradas a mano con hilo y aguja, para luego apilarlas arriba de un carro que las llevaría hasta Federal. Mientras el carrero Peralta charlaba con el abuelo de Camilo, el padre de éste, un mencho temporario, Abel, el tío de Camilo, hacían el trabajo. Antes de comenzar, Abel dejó el reloj en un balde, que colgaba en el tronco de un árbol. Una vez apiladas las bolsas, las que estaban mal cosidas, comenzaron a perder arroz, y el balde, donde estaba el reloj, fue puesto debajo de las bolsas perdiendo. Luego había que volver el arroz a las bolsas, cerrarlas y acopiarlas nuevamente.

Cuando aún no era la noche, el carro partió de la estancia con toda la carga. Sin embargo, en el campo aún faltaba buscar y encerrar las vacas para el ordeñe de mañana, bañar los caballos y llevarlos a pastar, y de regreso juntar y cortar leña para el fuego de la cocina, calentar el agua y bañarse. Mientras el padre de Camilo aprontaba la ropa para entrar al baño, que entonces tenía dieciocho abriles, dos más que Abel, éste se acordó del reloj. Fue consciente de que le faltaba, en el mismo momento en que se daba cuenta de que era el tiempo de él, no el de un simple muchacho trabajador. Se palpó la muñeca y no lo tenía. “El reloj”, dijo y corrió a buscarlo.

La desesperación no se puede describir. Salió de la casa sin avisar. Fue hasta el árbol donde estaba el balde colgado, buscó dentro por si seguía allí, pero no. La única hipótesis era que el reloj se fue en una de las doscientas bolsas que se llevó Peralta, que dormirían en una estancia vecina, a mitad de camino. Tomó las riendas atadas a ese mismo árbol, que tenía puestas una tordilla petiza, a medio ensillar, en estado de guardia. Con lo que encontró a la sola luz de la luna, Abel la ensillo, acabó de poner el freno, montó y partió al galope. Desde la casa, la familia miraba bajo el alero, mientras que el hermano, en cuero y con la toalla al hombro, creía saber lo que estaba pasando —y lo confirmó veinticinco años después, cuando le traspasó a Camilo el reloj y la historia.

Había tomado por una calle de tierra, la cual lo unía con una ruta de ripio. Al poco de cabalgar pensó que debía cortar camino, atravesando el campo, si quería llegar lo más rápido posible, antes de que todos se acostasen a dormir en lo Belllieri. Abel había escuchado que Peralta pasaría la noche allí, y que, por ser sábado, harían un asado, con lo cual pensaba en que era probable encontrar personas despiertas. Abel daba riendas sueltas a la petiza, para que ésta se sienta libre y acelerara su galope, igualmente le procuraba golpecitos con las riendas y con los talones, entre las costillas y el vientre del animal, que tocía por el esfuerzo denostado que hacía. Abel, en ningún momento miró hacia atrás; sí hizo memoria de todo lo que trabajó para juntar el dinero con el que compró las ovejas y que luego intercambió por el reloj.

Con el monte de escenario, Abel recordó cuando todavía no había pasado los catorce calendarios, y era un polluelo con cabos de plumas en los alones y en la rabadilla, un proyecto de ave que también tenía en su cerebro un mandato no sabía bien si de vuelo, pero como mínimo de aletear para tomar carrera e ir a probar suerte a las quintas de verduras, trabajo que no le gustó por ser mal pago y de mucho sacrificio. Extrañaba horrores a su madre, que ya estaba enferma. Le impedía volver la mala relación con su padre, no quería que sucediera lo que él vaticinaba: su fracaso. Para mal de Abel, el ambiente laboral no era bueno en las quintas, con decir que se apuñalaron entre hermanos, hijos de los Quinteros. Con el tiempo esas experiencias se fueron transformando en fortalezas, y la templanza que logró el tío fue con la que se creció Camilo, y la que lo mantuvo firme sobre el galope del animal. Abel le hablaba a la yegua: “¡Vamos petisa!, ya paramos a tomar agua”, y sentía que el animal le reprochaba: “Ya sé… tranquila que contigo no es el enojo, es conmigo, por culpa”, consolaba al animal, mientras le acariciaba las crines y le pedía que galopara más rápido.

Mientras la luna daba de lleno con su luz a los árboles, las sombras le recordaban a Abel que cuando era niño, clavaba un palito en la tierra y, en conjunto con el sol, podía saber la hora. Desde allí nació su fascinación por el reloj. Los mayores los conmemoraban la gracia: “¿Les digo la hora?”, preguntaba Abel y clavaba el palito. Se lamentaba en su viaje nocturno: “¿Quién me mandó a dejar el reloj en el balde? ¡Nadie me manda!, yo solito me metí en ésta, yo solito voy a salir”, se decía, mientras daba lazos a la petiza, que babeaba de sed. En un acto de piedad, Abel paró su andar en un lugar cualquiera. “¿Qué hora serán?”, se preguntaba, mientras la petiza tomaba agua en un cañadón. Abel reflexionaba: “solamente tienen horarios las conmemoraciones de los acontecimientos; los acontecimientos, en sí, nacen a cualquier hora”, y volvió a montar la yegua petiza. “Voy a llevar, voy a buscar y voy a encontrar, ese será el acontecimiento”, se mentalizaba Abel.

Arribado a lo Belllieri, donde estaban las bolsas con arroz y el carrero Peralta, Abel escuchó que había gente despierta, ruido de los platos y algunas risas. Llamó golpeando las manos con firmeza, y atrás de los perros ladrando, salió un muchacho no mayor que Abel:
—Hola, disculpe las molestias.
—No es ninguna molestia.
—Me lo puede llamar a Peralta.
—¡A Peralta! Departe de…
—De… Dígale que vengo a buscar un reloj; así dígale.
El muchacho pensó no entender a lo que se refería Abel. Dijo que lo espere, que le comentaría a su padre y volvería. Del lado de afuera del patio Abel miraba y escuchaba sin perder las ilusiones:
—Papá, vino un muchacho que buscar un reloj de Peralta.
—¡¿Un reloj?! —se sorprendió Peralta— ¡Tenga juicio, no tengo ni pá mí!
—Vamos a ver qué quiere —dijo Belllieri y fueron hacia la puerta, donde Abel ensayaba como seguir con la conversación.
—¡Buenas noches, señores! —se adelantó, ni bien notó que venían.
—Buenas, buenas, muchacho. Acá me dicen que anda buscando un reloj.
—Pero yo no tengo ningún reloj —afirmó Peralta.
—No, es que —y Abel se rascó la cabeza— seguro quedó dentro de una bolsa.
—¡¿En una bolsa?! —además de sorprendido, ahora desorientado—, pero si usted jovencito a mí no me entregó ninguna bolsa… las únicas bolsas son las de arroz.
—Hablo de esas.
El carrero también se rascó la cabeza. Se miraron entre todos. Por un instante dudaron de lo que decía Abel. El hijo de Belllieri, sospechando lo que venía, intentó salir de la conversación:
—Y bueno, que le vamos a hacer. ¡Hijo, venga, no se vaya!, hágame el favor, búsquele un farol al muchacho y acompáñelo hasta el carro de Don Peralta.

En aquellas familias se sabía dónde estaban los animales con ver las huellas en la tierra; podían adivinar la hora con ver la posición del sol; saber dónde estaba la tropilla al escuchar el cencero de la yegua madrina o evitar el peligro de las víboras si veían algún pelecho de piel muerta. Entonces, intuyó que su reloj estaría en las bolsas que fueron vueltas a coser, porque en esas bolsas estaba el arroz que se iba juntando en el balde, donde dejó su reloj esa misma tarde. Fue directamente a ellas cuando el hijo de Belllieri le alumbró el camino hasta el carro:
—¡Pero hay que ser abombado para venir desde allá hasta acá por un reloj! ¿Y por dónde vas a empezar a buscar?
—Usted déjeme el farol aquí, busque una aguja e hilo para volver a cerrar las bolsas, que yo me encargo de dejar todo ordenado.

Abel metía el brazo hasta el fondo de la bolsa, revolviendo la muñeca para tanteaba el reloj; sacaba y volvía a coser las bolsas. El hijo de Belllieri no tenía ni paciencia ni fe: “Y hasta qué hora te crees que vas a seguir buscando”, lo intimidaba. “Usted puede estar tranquilo de que ni bien lo encuentre me voy”, aseguraba Abel. “¡Tanto problema por un reloj!”, refunfuñaba aquel. “Ya le dije que no se haga problema, aquí el único que se hace problema soy yo”, respondía Abel. “¡El asado que me estoy perdiendo!”, cuestionaba. “Y yo, que cambié el reloj por seis ovejas”, recordó Abel. “¡¿Por seis ovejas?!, ahora te entiendo, dame permiso que te ayudo a buscar”, y mientras se arremangaba para hacerlo, Abel dijo: “Deje, no hace falta, aquí lo encontré”, y sopló el polvo de arroz que cubría el reloj y brilló ante la luz del farol.

Abel se retiró dando las gracias. No aceptó comen un pedazo de asado. Prefirió emprender viaje, “tengo un camino largo de regreso”, dijo, y agregó que haría algunos tramos caminando, así dejaba descansar a la petiza. Al despedirse, el carrero Peralta lo hizo con una onda emoción, que casi lo ahoga en un llanto, que contuvo antes de decir:
—¡Yo sabía, yo sabía!, por eso dejé que lo buscaras.
—Gracias, Don. Ahora el reloj es lo de menos. Espero que me sirva para andar con más cuidado.

Abel volvió satisfecho con el reloj, algunos tramos a pie y otros al tranco de la petiza tordilla, a la cual le volvía a pronunciar palabras. “¿Yo qué te dije?, que lo iba a encontrar”, mientras la noche pasaba tras un manto de estrellas. Como era verano, en el horizonte ya se vislumbraban indicios del domingo, que sería esplendido para él, y para su hermano —el padre de Camilo—, que lo estaba esperando en la estancia, pronto para escuchar las novedades:
—Fuiste por el reloj, ¿verdad? —mientras los perros salían a recibirlos con lengüetazos de bienvenida.
—Sí, y aquí está —alzando el brazo izquierdo.
—¡Que grande mi hermano! —mientras se estrechaban en un abrazo.
—De camino pensé —confesó Abel, sacándose el reloj—, que puede ser un buen regalo —y se lo obsequió.

Junto con el reloj, esa fue la historia que le llegó a Camilo. Luego él la reprodujo cuando se lo regaló a José. Ahora, consultando la hora, saliendo de su casa para ir entrevistar al maestro rural, la historia volvía como recuerdo.

Algunos comentarios sobre la obra
Los Mandatos de Camilo Fink es una novela sobre la amistad. Más bien, una pequeña novela sobre una gran amistad. Claro, lo social, el periodismo, la docencia y el amor sobrevuelan el mundo que Villagra construye al ritmo de una payada que crece y se vuelve más taciturna a la vez que sus personajes se ven enmarañados en ríos de sensaciones que los acongojan. Todo sin perder el tempo y la calma propia de la milonga campera que su pluma interpreta. Pero, repito, este es simplemente un genial relato sobre la amistad y las personas que se funden –y sufren- para creerla.

Nicolás Salvi //Periodista

Leí con mucho interés Los Mandatos... Uno agradece de entrada la variedad de temas y tonos que presenta su narración. Sin duda tiene buena prosa, hay buenos diálogos, algo verdaderamente interesante y necesario en una novela articulada principalmente sobre conversaciones; y buenos personajes. Su extensión es adecuada y se trata de una novela secretamente ambiciosa, sencilla pero honda, llena de cajones y de detalles.

Manuel Borrás// Editor de Pre-Textos (España)
Enviar Imprimir
ULTIMA EDICIÓN
Destacadas
Deportes
Servicios
Envianos
tu noticia
Las mas leídas
Analisis Digital | Director | Denuncias | Contáctenos |  Pagina de Inicio |  Agregar a Favoritos |