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15/09/2006 -  tiempo  3' 51" - 2223 Visitas Alejandro es hijo de Pedro Sandoval y Liliana Fontana Otra historia recuperada: el nieto número 84 es hijo de desaparecidos entrerrianos
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Alejandro es hijo de Liliana Fontana y Pedro Sandoval, desparecidos en julio de 1977.
Las Abuelas de Plaza de Mayo informaron que la organización colaboró con la recuperación de la identidad de un joven de 28 años, cuyos padres son oriundos de la provincia de Entre Ríos y con lo cual ahora asciende a 84 el número de hijos de desaparecidos a los que se les restituyó su verdadero origen biológico. Se trata de Alejandro, hijo de Liliana Fontana y Pedro Fabián Sandoval, que fueron secuestrados el 1º de julio de 1977, cuando la mujer estaba embarazada de dos meses y medio.
Las Abuelas de Plaza de Mayo informaron que la organización colaboró con la recuperación de la identidad de un joven de 28 años, cuyos padres son oriundos de la provincia de Entre Ríos y con lo cual ahora asciende a 84 el número de hijos de desaparecidos a los que se les restituyó su verdadero origen biológico. Se trata de Alejandro, hijo de Liliana Fontana y Pedro Fabián Sandoval, que fueron secuestrados el 1º de julio de 1977, cuando la mujer estaba embarazada de dos meses y medio.

El joven se había negado a hacerse la extracción de sangre, por lo que la Justicia ordenó recoger elementos personales de su domicilio para extraer las muestras de ADN. Un pelo y un cepillo de dientes con restos de saliva sirvieron para encontrar al nieto número 84. Luego de conocer el resultado de los exámenes -que confirmaron en un 99,9 por ciento su filiación-, Alejandro quiso conocer a su familia biológica. “Cuando se vio por primera vez con Chela Fontana, la llamó abuela de inmediato”, contó Estela de Carlotto, quien explicó que, por el momento reservaban la identidad de la familia no originaria.

La desaparición de Pedro Sandoval y Liliana Fontana y la apropiación de su hijo es una vieja denuncia de Abuelas de Plaza de Mayo. En 1977, Liliana tenía 20 años, era estudiante de peluquería y había nacido en la ciudad de Viale. Pedro era oriundo de Nogoyá, tenía 33 y era albañil. “Querían un mundo mejor. Pedro tenía dos hijos de un matrimonio anterior. Se estaban construyendo una casita donde recibir al primer hijo que esperaban con alegría. El día del secuestro había comprado lana para tejerle al bebé”, narró en una entrevista publicada por Página/12 en 1988 Silvia Fontana, hermana de Liliana.

La pareja fue secuestrada en la casa de Caseros donde vivían junto a los padres de ella, Rubén y Chela Fontana. Por testimonios de sobrevivientes se supo que los llevaron al centro clandestino de detención Club Atlético, en Paseo Colón y Garay, y que Liliana fue sacada de allí varios meses después para dar a luz.

Pero la recuperación del hijo del matrimonio Sandoval-Fontana tuvo un antecedente en 1988, cuando los padres de Liliana reclamaban por su supuesta nieta Juliana -hija de padres desaparecidos y en poder del matrimonio Triviño, en Paraguay-. Finalmente, un informe de genes realizado en París, desestimó tal relación, según publicó ANALISIS en 1993.

Inicialmente, el juez Alejandro Sañudo había decidido la restitución de la niña a sus abuelos, partiendo de los resultados del Banco Nacional de Datos Genéticos, que funciona en el Hospital Durán de Capital Federal. Los dos estudios realizados habían dado un 98,91 por ciento de índices de abuelidad para los Fontana. No obstante, los padres adoptivos solicitaron un nuevo estudio, ya que, a su entender, la estimación de Abuelas de Plaza de Mayo sobre la fecha de nacimiento probable de Juliana no coincidía con la señalada por el médico pediatra, que la había atendido, apenas recibida, en mayo de 1978.

Las familias Fontana y Sandoval nunca dejaron de buscar a su nieto. Pero incluso después de encontrada la primera buena pista, cuando la Justicia detuvo al apropiador, tuvieron que esperar porque el joven se negaba a hacerse los exámenes de ADN. El nuevo método, que consiste en utilizar muestras no hemáticas, es para las Abuelas “un herramienta válida para aliviar a los jóvenes del peso de la decisión de someterse a la extracción de sangre e igualmente respetar el derecho de los familiares a conocer su identidad”.

Según Carlotto, Alejandro tuvo alguna prevención de hacerse el examen, pero como el juzgado dispuso, no hubo más remedio que aceptar el dictamen judicial. Sobre la base de unos restos de piel y otros elementos, la ciencia consiguió determinar su identidad biológica, quien ante el hecho terminó por aceptar la realidad. Así fue que al concurrir a la sede de las Abuelas, conoció a Chela Fontana, quien también es una miembro activo de la organización de derechos humanos. “Cuando se vieron por primera vez, la llamó abuela de inmediato. Cuando conoció su verdad, se plegó a su familia biológica”.
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