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01/12/2006 -  tiempo  5' 47" - 5056 Visitas Publicado en “Diario Jornada On Line”, de Mendoza La patria rematada
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Rodolfo Braceli.
La Argentina entró al siglo 21 después de Cristo convertida en un agujero con forma de mapa. La década del Señor de los Anillacos fue la desatada encarnación, en democracia, del alevoso vaciamiento, de la colonización (no desde afuera hacia adentro sino desde adentro hacia fuera) que craneó Martínez de Hoz, uno de los tantos civiles que formaron parte hacedora y estratégica de aquella dictadura que violaba la vida y después violaba la muerte y además afanaba criaturas.
Por Rodolfo Braceli

La Argentina entró al siglo 21 después de Cristo convertida en un agujero con forma de mapa. La década del Señor de los Anillacos fue la desatada encarnación, en democracia, del alevoso vaciamiento, de la colonización (no desde afuera hacia adentro sino desde adentro hacia fuera) que craneó Martínez de Hoz, uno de los tantos civiles que formaron parte hacedora y estratégica de aquella dictadura que violaba la vida y después violaba la muerte y además afanaba criaturas.

Suena a exageración -perdón por la rima- esta reducción de la patria idolatrada a un agujero-mapa. En vez de asustarnos por las palabras, asustémonos por la alevosa realidad. Esta reflexión viene a cuento del libro Tierras S.A. Crónicas de un país rematado, de los periodistas Andrés Klipphan y Daniel Enz, editado por Aguilar.

Este libro no era necesario; era, es, imprescindible. Con una ardua investigación de tres años afronta una pregunta tan sencilla como demoledora: “¿Quiénes son los dueños del territorio argentino?”. Y la respuesta viene exhaustivamente documentada: nuestro candoroso mapa se vende por chirolas, a mansalva, a raja cincha. Los reales dueños de esto que, por ahora, se sigue llamando Argentina, son los Benetton, los Lewis, los Cresud, los Tompkins, los Radici, los magnates o grupos de italianos, norteamericanos, australianos y malasianos.

Tierras S.A. se puede leer siguiendo el orden natural de sus capítulos, pero también dejando que el azar meta la cola, como si fuera Rayuela de Cortázar. Porque, se abra donde se abra, se encontrarán revelaciones sobre “quiénes son los dueños del territorio argentino”. Compartamos algunos párrafos:

“Estudios de la Federación Agraria Argentina (FAA) arrojan que el diez por ciento del territorio nacional (alrededor de 270.000 kilómetros cuadrados) se encuentran en manos extranjeras. (…) El fenómeno se percibe con mayor fuerza en la Patagonia y en el Norte. En esas regiones se aglutina también la mayor cantidad de millonarios extranjeros, beneficiados con actitudes flexibles de distintos gobiernos -tanto nacionales como provinciales- para que adquieran millones de hectáreas y recursos naturales no renovables sin restricciones y a precios módicos. Se llegó al colmo de que inversores extranjeros compraran enormes extensiones de tierra al precio de una hamburguesa McDonald’s o un par de zapatillas Nike o Adidas. Aunque cueste creerlo, el mayor terrateniente privado de la Argentina es el grupo Benetton”, dueño “de casi 900.000 hectáreas. Es decir: 4.500 veces la superficie de la ciudad de Buenos Aires. Pero hay otros rutilantes nombres extranjeros de los que, si se suman sus posesiones, se podría decir que son dueños del equivalente de las provincias de Buenos Aires y Córdoba juntas. O de la suma del territorio de dos países europeos como Inglaterra y Bélgica. El multimillonario Douglas Tompkins, el inglés Joseph Lewis y Ted Turner se han apropiado de gran parte de las tierras y reservas de agua del país…”.

Sigamos hojeando. “Durante el gobierno de Carlos Menem, los extranjeros ya habían adquirido 1.773.000 hectáreas en zonas de seguridad. (…) Hasta el momento, en las cámaras de Diputados y de Senadores de la Nación y en ocho legislaturas provinciales están cajoneados treinta y ocho proyectos de ley. (…) Todos esos proyectos impulsan el control y la limitación de semejantes compras”.

Otra: El valor de la hectárea promedio para siembra en Argentina es de 2.500 dólares, en Estados Unidos 7.500, en España 15.000, en Alemania 23.750, en Japón 283.000”.

Otra: “Entre lo que se vendió en la Patagonia se suma la friolera de casi 30.000.000 de hectáreas, una cifra similar a las superficies de Inglaterra y Portugal”.

Mendoza no escapa al loteo: “Empresarios de Malasia compraron en la cordillera 250.000 hectáreas, un territorio que equivale a doce veces la Capital Federal”.

La pertinaz investigación de Enz y Klippahn no se limita al relevamiento de cifras y nombres: va mostrando y demostrando cómo la Argentina está en estado de indefensión por falta de una legislación clara sobre la adquisición de tierras de extranjeros en zonas rurales. Esto se extiende a la seguridad, a la deforestación, a la conservación del medio ambiente”.

Otra más: “En Catamarca se venden campos del tamaño de la isla Gran Malvina por apenas ocho dólares”. A propósito: ¿cuántas miles de Malvinas se han rematado y a precios escandalosos? Recitamos que las Malvinas son argentinas. Ajá, pero la Argentina, ¿de quién es?

Tierras S.A. debiera ser un libro de lectura obligatoria para los diputados, senadores, nacionales y provinciales. Y para los maestros. Y para los periodistas. ¿Lectura obligatoria? Saquémosle el “obligatoria”. Quien quiera leerlo, que lo lea. Quien quiera hacerse el güevón, que se haga. Pero recordemos: los indiferentes y los distraídos son socios de los entregadores.

Así va siendo la cosa mientras sólo hagamos cacerolazos cuando nos tocan el corazón del bolsillo personal. No es casualidad este país en estado de remate al peor postor. No hemos necesitado que nos violen: durante la apoteosis de las relaciones carnales nos bajamos los lienzos sin apremio y con entusiasmo. No hicieron falta guerras para saquearnos. Nuestro codiciado petróleo fue “donado”. YPF, ya no significó Yacimiento Petrolíferos Fiscales, significó Yacimientos Petrolíferos Fifados. Oíd mortales.

¿Y la dignidad? Esto suena a evocación extravagante. Como dice Serafín Ciruela, ni los mástiles quedaron en esta Argentina que presumía de estar en el primer mundo (estaba, pero siendo el inodoro y el bidet). Ni los mástiles. Desgracia con suerte porque, ¿qué bandera tendríamos para alzar? ¿La misma que usamos cuando viene el mundial de fútbol? Quién sabe, quién sabe.

Ligeritos para estribillos y eslóganes anduvimos cacareando que había que fundar la segunda república. ¿Y la primera? La estamos rematando. Y todo sucede más acá de nuestras narices. La reflexión sobre el remate territorial nos lleva a la reflexión sobre el remate de la dignidad. Hacer la digestión no es una actividad cívica.


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