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 -  tiempo  6' 16" - 5116 Visitas A manera de prólogo
No hay un lector tipo, alguien que con sus modos represente a todos. Que haga lo mismo que haría cualquiera cuando en sus manos tiene un libro. Porque aunque en la mecánica de tomar uno y ponerse a leer no haya mayores secretos en apariencia, cada lector tiene su ritual privado, a veces secreto y, seguro, casi imperceptible a los ojos ajenos. No hay un lector tipo, alguien que con sus modos represente a todos. Que haga lo mismo que haría cualquiera cuando en sus manos tiene un libro. Porque aunque en la mecánica de tomar uno y ponerse a leer no haya mayores secretos en apariencia, cada lector tiene su ritual privado, a veces secreto y, seguro, casi imperceptible a los ojos ajenos.

A algunos les gusta leer primero la solapa y ver así un resumen de lo que va a encontrar ya en el recorrido minucioso de las páginas. A otros les apetece la sorpresa y se lanzan como quien se tira a una lago a descubrirlo, aun arriesgándose a quedar atrapado en las profundidades. Hay quienes, aseguran, leen desordenadamente; otros pasan de largo las descripciones y, créase o no, hay un lector tipo que lo primero que hace es leer el final antes de ponerse seriamente en un sillón a entregarse a la lectura desde el inicio. Los cultores de esa extraña práctica afirman que cuando llega el momento del remate, tras leer todo el relato, la última página tiene un sabor totalmente diferente a la primera vez.

Pero hay una práctica que, de puro repetida, termina siendo un ritual entre casi todos los lectores: tomar el libro, olerlo, palparlo, mirarlo por todos sus costados y pasar las páginas a toda velocidad, con el pulgar dando cuenta del acelerado transitar de las hojas. Puede estar allí el deseo inconciente de lograr leer al ritmo acelerado de los dedos. Puede, también, equipararse a la caricia inicial de una relación amorosa.

De cualquier modo es una forma de compenetración. Es también un reconocimiento, un modo de valorar que la salida de un libro es un milagro que amerita tocarse, constatarse con las manos y celebrarlo. Pasar las páginas a toda velocidad es darse un aire fresco de todo lo que envuelve el libro: conocimiento enlazado por el trabajo.

Y en “Rebeldes y ejecutores” ese aire está impregnado, además, con la enorme tarea de investigación que su autor, Daniel Enz, encaró cuando los fusiles de los ejecutores todavía humeaban. No se había realizado aún el histórico juicio a las juntas militares, ni el betún había manchado la Semana Santa. La sociedad argentina no se había convulsionado con los estallidos de La Tablada, y eran muchos los exiliados que todavía no habían emprendido el camino de regreso. Los indultos eran impensables, las posteriores detenciones de genocidas también, y los juicios por la verdad ni asomaban aún cuando un puñadito de periodistas –que éramos veinteañeros en los ochenta– ya teníamos noticia del libro que Daniel llevaba en la cabeza.

Cuando salió a la luz la edición original habían pasado más de diez años desde el primer paso que dio en su infatigable tarea de reconstruir las historias. A mediados de los noventa, en pleno desguace del Estado y con la impunidad bailando alegremente sobre los delitos de lesa humanidad, “Rebeldes y ejecutores” se abrió camino como un libro pionero. Un jalón martillado en tierra fértil que marcó el sendero a otros autores renombrados para emprender la tarea posterior en las grandes urbes argentinas. No había medios económicos, ni respaldo de solventes editoriales, ni mucho menos interés del poder político en que se hable de lo este libro habla. Y sin embargo salió, empujado por el tesón de su autor.

De sus páginas brotan más de 1.300 nombres de personas mencionadas en diferentes situaciones, y debió transcurrir mucho tiempo para que la Justicia tome, de entre sus páginas, elementos que permitan avanzar en causas contra los violadores de los derechos humanos. Primero fue el relato sobre la familia de Ciriaco Fernández en Rosario, y luego le siguieron otros hechos narrados por Enz, entre los que fiscales y querellantes hallaron buena información para encauzar a los represores.

Hemos sabido que en 1996, la Universidad de Exeter, ubicada a 200 kilómetros de Londres, incorporó este trabajo para su estudio “en virtud de ser considerado uno de los pocos libros que reflejan la tarea represiva de las fuerzas armadas y de seguridad en una provincia argentina”. No fue una excepción: al año de su publicación ya tenía su espacio en las bibliotecas universitarias de gran parte de Latinoamérica.

“Rebeldes y ejecutores: historias, violencia y represión durante la década del '70 en Entre Ríos” vuelve con esta segunda edición sumando material fresco a su caudaloso contenido de origen. Con estas páginas renovadas, con la historia nutrida por los acontecimientos posteriores a la primera salida, el escritor logra bruñir esa pátina de pionero que el libro se ganó con justicia. Porque el autor sigue apostando a la tarea difícil pero gratificante de echarse a andar por caminos inexplorados de la historia viva de la Argentina. Gratificante, vale aclarar, no es sinónimo de tranquilidad, y quienes conocemos a Daniel sabemos de los aprietes y amenazas de marca registrada que debió soportar por este trabajo.

En esta segunda edición, el lector encontrará que casi la totalidad de los capítulos fueron actualizados, pero también hallará el fruto de reveladoras investigaciones, nutridas por nuevas entrevistas y más andares sobre archivos abiertos para tal fin.

Una reedición es un motivo extra de celebración. Es la ratificación de lo hecho, es el interés sostenido del lector por volver sobre sus páginas, pero –en este caso– es también el propósito de “Rebeldes y ejecutores” de registrar el modo en que una sociedad intenta cerrar sus heridas.

No se trata de historias de una comarca con limitantes geográficos para el interés. Pese al subtítulo, es una pieza indispensable para conocer el funcionamiento de la maquinaria represiva en toda la Argentina, tanto como el accionar y el pensamiento de grupos rebeldes. La guerrilla, los secuestros y desapariciones de personas, las ejecuciones, la militancia estudiantil y gremial, los posicionamientos políticos de la época, el colaboracionismo de vastos sectores de la sociedad civil con la sangrienta dictadura, los centros clandestinos de detención, la participación eclesiástica y la resistencia del sector progresista del clero, el aletargamiento de algunos medios de comunicación, la complicidad de jueces, la indiferencia de empresarios. Todo eso se cuenta con notable precisión, buena prosa y abundantes datos.

Seguramente el lector –si no lo hizo ya– se lance ahora al ritual de pasar las páginas, de palparlas y acariciarlas como modo de reconocimiento con esta pieza, antes de recorrerlas detenidamente. Este libro lo merece, como lo sabrán quienes han leído la edición original y lo constatarán, seguramente, los que se sumen como nuevos lectores de este actualizado “Rebeldes y ejecutores” que hoy sale a la luz.

(*) Periodista. Corresponsal en Entre Ríos del diario La Nación.
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