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02/04/2013 -  tiempo  6' 57" - 3220 Visitas A cargo de Miriam Lewin Prólogo del libro
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Miriam Lewin, reconocida periodista capitalina.
En el contestador de Telenoche Investiga, la noche en que salió al aire la investigación que llevó a la cárcel a Julio César Grassi, un mensaje anónimo me conmovió. Un hombre contaba sollozando que él y su hermano habían sido abusados en un colegio religioso cuando niños. Tenía 64 años, y era la primera vez que lo relataba. No existe delito más difícil de denunciar que el abuso sexual infantil. Generalmente el perpetrador es una figura cercana, de confianza y con poder. La víctima está en situación de debilidad, aislada. Y este aislamiento es, por lo general, acentuado por el abusador, con privilegios y regalos, lo que hace que el elegido se sienta culpable y que sus pares lo señalen y lo repudien. Miriam Lewin

No tiene a quién revelar lo que le pasa. Es más, está seguro de que ha hecho algo para merecerlo, y si siente un placer natural en algún momento del acto sexual, se convence de que también es culpable, quizás el único y principal, porque no se negó con la suficiente firmeza, incluso con el uso improbable de la fuerza física.

Las víctimas de abuso a menudo refieren que se sintieron paralizadas en el momento, que no pudieron gritar ni escapar. La denuncia, si llega, se produce muchos años después. Las heridas permanecen abiertas toda la vida.

La justicia, cuando llega, lo hace después de un período de revictimización, durante el que el niño abusado, ahora adulto, tiene que explicar y justificar frente a diferentes interlocutores el porqué del largo silencio y exponer detalles, dar precisiones que la naturaleza del trauma y el tiempo pasado desdibujan.

Los cuestionamientos son variados: por qué justo ahora, por qué luego de tantos años, por qué a esa persona tan íntegra, bondadosa y conocida en la comunidad. Las causas son la culpa por no haber resistido la vergüenza de ser señalado, el sentimiento de que el abusador es invencible, el miedo causado por las amenazas.

Cuando el abusador es un sacerdote, la imposibilidad de denunciarlo se agiganta. Para las familias creyentes, se trata de un referente espiritual, un santo varón. Con frecuencia, es reverenciado, tomado como modelo, admirado. Sus dichos y actos son un faro. Tiene incluso el poder de perdonar los pecados, pero asegura que lo que comete en secreto con el cuerpo del abusado no tiene que preocuparle. Es el representante de Dios en la Tierra, y de ese rol se aprovecha para satisfacer sus instintos con un indefenso. Además, a veces, le dice al abusado que es especial, que ha sido seleccionado entre todos para amarlo, o para enseñarle cómo los seres humanos se demuestran cariño. Que no tiene nada de malo lo que hacen, pero que no debe contarlo.

La denuncia, cuando llega, después de un tormentoso proceso de toma de decisiones, viene seguida del escándalo, con frecuencia de la violencia institucional. La cúpula de la Iglesia encubre y, por lo general, defiende al pastor descarriado y no a las ovejas del rebaño. Y llega al extremo del encubrimiento.

La práctica repetida del traslado de diócesis de los curas señalados como abusadores no es una coincidencia, es una política institucional. En la provincia de Buenos Aires, una residencia para el retiro de sacerdotes con problemas, la Domus Mariae, albergaba durante algunos meses a quienes tenían que ser enjuiciados y no protegidos. Allí pasó una temporada Napoleón Sasso, después de haber sido trasladado desde San Juan por su perversión. El cura tuvo pronto un nuevo destino, nada menos que un comedor infantil en Villa Astolfi, cerca de Pilar, adonde abusó de decenas de niñas. Su práctica era canjear raciones adicionales y trabajo por acceso carnal. Monseñor Rey, entonces obispo de Zárate Campana, facilitó la fuga cuando Sasso fue acusado por otro sacerdote y una laica consagrada.

A menudo, las víctimas se enfrentan a descalificaciones y son a su vez acusadas. Se las tilda de provocadoras, extorsionadoras. Se bucea en su improbable vida sexual desviada previa, a pesar de su corta edad. Se trata de probar que eran ya homosexuales, como si esto fuera un delito y un atenuante. Los medios los persiguen para revelar su identidad verdadera a pesar de que ellos mismos se nieguen y que la justicia determine que debe mantenerse oculta. No pueden continuar con su vida, y llegan a desear no haber hablado nunca. Tienen dificultades en ejercer su sexualidad, atormentados por la imagen del abusador.

Precisamente el silencio de las victimas es promovido por un documento secreto de la Iglesia de 1962, bajo el papado de Juan XXIII, De Crimen Sollicitationis, revelado en 2003, donde se daban instrucciones a los obispos sobre cómo actuar en caso de abuso sexual infantil cuando son cometidos por sacerdotes. La orden era mantener el secreto, so pena de excomunión. Y establecía que la jurisdicción exclusiva para el tratamiento de estos casos era el Vaticano.

Denunciar es sanador, de eso no cabe duda. Pero el camino hacia la condena del victimario está sembrado de espinas. Muchos de los abusados eligen callarse para siempre, porque acusar públicamente les implica además confesarse ante sus mujeres, sus hijos, sus amigos. ¿Qué van a pensar de ellos? ¿Cómo caminar por las calles de su pueblo, de su ciudad, sin que los señalen?

Estados Unidos, Irlanda, Bélgica, Alemania, México, Chile, Argentina. La cantidad de casos de abuso sexual infantil cometidos por religiosos en todo el mundo hace pensar en que hay algo en la práctica, en las reglas que obligan a la castidad que empujan a la perversión. No se trata de casos aislados, y es esto un hecho que tiene que ser enfrentado por la Iglesia. No bastan las disculpas, tampoco las indemnizaciones. Ni siquiera el castigo de la justicia secular. Hace falta un análisis de las causas que generan esta endemia de pedofilia que dejó a través de los años un tendal de millares de heridos. Una revisión de las prácticas que hacen que los casos se multipliquen aun asumiendo que los que ven la luz son una ínfima minoría.

Las víctimas pueden ser un psiquiatra neoyorquino, un bombero de Ohio, un chico en situación de calle argentino, un hacendado mexicano. Todos vivieron un drama que pudieron transmitir de diez años a medio siglo después. Algunos, como los abusados por Marcial Maciel, el fundador de la orden Legionarios de Cristo, vieron como el hombre que les hacía masturbarlo en sus aposentos cuando estaban pupilos a los 12 o 13 años, alejados de sus padres, era protegido por el mismísimo Sumo Pontífice Juan Pablo II.

Otros, como las víctimas de Julio Grassi, el creador de Felices Los Niños, vivieron amenazas, atentados, tuvieron que permanecer prácticamente encarcelados en un programa de protección de testigos, sin poder salir a la calle o tener contacto con sus seres queridos. Esto, mientras su abusador gozaba, y aun goza, de un régimen de prisión morigerada que no tiene ninguna diferencia con la más absoluta libertad.

Y hubo quienes sufrieron el peor de los castigos. Fueron repudiados por sus propios padres o hermanos, escandalizados por sus supuestas mentiras destinadas a ensuciar la moral de un hombre que era considerado parte de la familia, al punto de tener un cuarto en la casa familiar. Un cuarto al que llevaba cada noche a un niño de la familia distinto, mientras sus anfitriones dormían desprevenidos en el piso de abajo.

Las víctimas no mienten. Dedican a veces su vida a reparar lo destruido. Una red de abusados por sacerdotes se expandió desde los Estados Unidos al mundo, y otra está tomando forma en la Argentina. Reconocerse en el sufrimiento de otros es una forma de reconstruirse.

Benedicto XVI les pidió perdón en nombre de la Iglesia. Jorge Bergoglio, ahora Francisco, el pontífice argentino, empieza su papado. Mientras condujo la iglesia argentina se produjeron muchos hechos de abuso sexual, entre ellos el protagonizado por Grassi, de quien era confesor.

Tal vez la distancia, desde Roma, haga que tome conciencia de que el dolor sordo de los abusados es parte de lo que mina la fe, sustento de la Iglesia que dice querer fortalecer y tome medidas. "Ay de aquel que escandalice a un niño" dijo Jesucristo. Amén.

Capital Federal, 15 de marzo de 2013.
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