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02/04/2013 -  tiempo  6' 57" - 4254 Visitas Anticipo del libro “Abusos y pecados”, de Daniel Enz Lo que intentó ocultar la Iglesia
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Abusos y pecados, el nuevo libro de Daniel Enz, narra sobre cómo la Iglesia de Entre Ríos ocultó durante décadas la corrupción de menores que existió en el Seminario de Paraná y en otros lugares religiosos. Son 280 páginas, divididas en 13 capítulos, donde se deja al descubierto a los abusadores, como así también a quienes incidieron en la formación y en los actos de muchos de ellos, bajo una muralla de silencio que se mantuvo por años. O sea, no hubo solamente un Justo Ilarraz, sino varios curas abusadores. A continuación, un anticipo de fragmentos de diferentes capítulos. (*) Los abusos del ’60. Algunos casos de abusos en Paraná se ocultaban bajo siete llaves, pero no todos permanecían ocultos. En 1963, la Iglesia conducida por Tortolo desde el 5 de enero de ese año, fue golpeada por un episodio en particular, más allá de la reserva y el silencio que rodeó el caso. Un grupo de padres del Colegio Don Bosco de la capital entrerriana, que dependía del Arzobispado, se unió para denunciar al cura Font, que no tenía más de 35 años, por una serie de sucesos que colmaron la paciencia. Todos venían escuchando de parte de sus niños las cosas que sucedían, pero pocos lo tomaron en serio. “Debe ser una broma de los chicos”, solían repetir. El cura Font era de la provincia de Buenos Aires pero hacía unos años estaba instalado en tierras entrerrianas; era maestro de la escuela primaria de Don Bosco. Además de su tarea sacerdotal y docente, Font era capellán del grupo Exploradores de Don Bosco, un grupo de chicos similares a los boy scouts que realizaban campamentos en diferentes lugares. Ese año, el grupo viajó a la provincia de Corrientes a un encuentro y, según la denuncia, Font abusó de un chico de 11 años, que no pertenecía al colegio. La denuncia del padre del pibe se conoció en el establecimiento educativo de Paraná e inmediatamente comenzaron a aparecer cuestionamientos hacia el cura. Los relatos de los chicos eran coincidentes: Font citaba a sus alumnos, en horarios vespertinos, a una sala de juegos que tenía el colegio y manoseaba sus genitales. Algunos de los chicos eran hijos de quienes integraban la denominada Unión de padres y madres, que colaboraban todo el tiempo con el Don Bosco y no dudaron en trasladarle su enojo y preocupación al director del colegio, que en ese entonces era el padre salesiano José Di Bárbora -fallecido en 2005, en Corrientes-, quien de inmediato giró el tema a la cúpula del Arzobispado de Paraná. Font fue desplazado inmediatamente y derivado a Rosario. Nunca más se supo de él. Tampoco se hizo denuncia alguna ante la justicia entrerriana.

Tortolo había sido obispo auxiliar de Paraná, pero en 1960 fue designado arzobispo de Catamarca y venía nuevamente a Entre Ríos desde la provincia del norte, para reemplazar al fallecido Zenobio Lorenzo Guilland, que estaba desde 1934 y era uno de los obispos aliados al general Juan Domingo Perón, quien fue, a comienzos de la década del ’50, el que ordenó la construcción del Seminario de Paraná, precisamente por esa buena relación que existía. “No quiero problemas”, dijo a sus allegados y por ello fue tajante con el caso Font. Pero quizás no imaginaba que iban a seguir apareciendo otros episodios de abuso. El caso del bedel en el lugar religioso que luego se transformó en Mariápolis estaba visto que no era el único. En 1967, un grupo de seminaristas externos -que únicamente iban a clases al Seminario Menor de Paraná- entraron en confianza con los pibes que estaban internados y que eran casi todos de localidades rurales cercanas. “Unicamente hablaban con nosotros, porque los escuchábamos y por ende nos hicimos amigos”, recuerda un testigo. Tanto uno como otros tenían entre 12 y 13 años.

Así fue como les relataron de los abusos a los que eran sometidos por curas jóvenes que llegaban de noche al amplio salón donde dormían. “Primero se nos sentaban en las camas y luego nos tocaban; nos masturbaban; se nos metían bajo las sábanas para acariciarnos”, relataron, aún con angustia, varios de ellos.

–Ustedes no pueden permitir que les pasen estas cosas. Tienen que rechazar a los curas, gritarles, pegarles, hacer algo… –les dijeron durante varios días a las víctimas, en los recreos en que se juntaban.
–No podemos. Nos agarran dormidos y nos tapan la boca. Hay noches en que no podemos dormir pensando que van a llegar en cualquier momento para manosearnos.

Los chicos eran de condición humilde, criados en el campo, con padres de pocas palabras y con total desconocimiento de situaciones como las que vivían. “No sabemos qué hacer. Por eso decidimos contarles a ustedes, para ver si nos ayudan”, contó uno de los más locuaces.
–¿Y cuántos son los curas que les hacen estas cosas? ¿Es uno o son varios? –preguntó uno de ellos.
–No es uno; son entre dos y tres los que nos manosean –respondieron.

No se animaron a dar los nombres. Algunos los señalaron entre dientes, pero con demasiado miedo. Ellos sabían perfectamente quiénes eran los abusadores, pero eran sólo niños.

(*) Los abusados de Storni enviados a Paraná. Las contradicciones eran moneda corriente. Tortolo insistía con una posición firme para combatir la homosexualidad en el Seminario de Paraná (a principios de la década del ’70 hizo echar a un profesor al determinar “algunas inclinaciones” de tal tipo), pero a su vez iban llegando seminaristas enviados desde Santa Fe, que ya por esos días se quejaban de las insinuaciones del cura Edgardo Gabriel Storni, quien se ordenó el 23 de diciembre de 1961 y obtuvo la Licenciatura en Teología.

Tortolo en persona era de ir a las clases y sentarse en el último banco del aula, para controlar y ver in situ los movimientos de los seminaristas, cada vez que rumoreaba que algunas cosas no estaban funcionando bien y podrían existir problemas de índole sexual o ideológico.
–¿Y usted cree que monseñor Vicente Zazpe desconocía los abusos que podía estar cometiendo Storni en su Diócesis? –se le preguntó a un ex seminarista santafesino de esa época.
–Tengo la convicción de que si sabía de esos movimientos de Storni, hubiese adoptado medidas duras y concretas con él.

Otros consultados no opinan lo mismo. No dudan en señalar que Zazpe había enviado, precisamente, a algunos seminaristas para preservarlos de Storni. El entonces sacerdote tenía cierto poder en la curia santafesina, más allá de su rol de arzobispo. “En el Seminario era muy evidente la división que existía entre los enviados de Zazpe y los seminaristas de Storni”, recordó un ex sacerdote, que vivió en el establecimiento en esos tiempos. “Los de Storni eran de modales muy finos y lo único que les interesaba era el poder dentro de la Iglesia. Estaban fuera de toda ideología y todos provenían de familias de muy buen pasar económico, que incluso eran aportantes de la Iglesia santafesina”, acotó (…)

Los seminaristas entrerrianos no dejaban de sorprenderse con los hechos que contaban sus pares santafesinos sobre el cura Storni. Lo decían con nombre, apellido y sobrenombre. Hablaban de sus víctimas, pero también de quienes se transformaban en amantes del sacerdote de apellido ilustre y bendecido en su momento por el entonces arzobispo santafesino monseñor Nicolás Fasolino, para que continuara con sus estudios en Italia. Incluso mencionaban con sarcasmo a quien de apodo lo llamaban La Pacha. “Es el novio fijo que tiene Storni, además de los circunstanciales. Se desvive por él y tiene todos los beneficios habidos y por haber el muchacho, por eso de atenderlo cada vez que el cura se lo exigía”, contaba un ex seminarista.

Pocos entendían cómo Storni, desde su lugar de rector del Seminario de Santa Fe, no sólo comenzaba con los abusos de los jóvenes sin que nadie le pusiera límites, sino que, además, no se privaba de cuestionar al propio monseñor Zazpe. Ya lo vinculaba a viva voz como un hombre de la izquierda religiosa y descalificaba varias veces las decisiones del arzobispo.

(Más información en la edición gráfica de la revista ANALISIS del 21 de marzo de 2013, en un informe exclusivo de seis páginas)
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