El escritor y docente Martín Kohan estuvo en la XIV Feria del Libro Paraná Lee.
El escritor Martín Kohan participó del conversatorio “¿Hay un umbral donde el amor termina?”, junto a Gustavo Martínez, director de Eduner, este lunes en Paraná Lee, en la Sala Mayo. Su novela La separación fue el punto de partida de una charla que se abrió hacia el desamor, los viajes, las bibliotecas, el fútbol, las pantallas y los modos de leer. Sobre el final, la propia Feria quedó en el centro: estar ahí, compartir un espacio y darse tiempo para escuchar a otro.
La pregunta estaba planteada desde antes de que empezara la charla: ¿hay un umbral donde el amor termina? Martín Kohan no llegó a Paraná Lee con una respuesta. Tampoco pareció demasiado interesado en encontrarla. Durante la conversación con Gustavo Martínez hizo algo bastante más propio de la literatura: dar vueltas alrededor de esa pregunta, probarla, llevarla hacia otros lados.
El punto de partida fue La separación. También la palabra “umbral”, una de las tres elegidas para esta edición de la Feria. Kohan se detuvo ahí. Estamos acostumbrados a pensar el umbral como el lugar desde donde se entra, observó. ¿Por qué no pensar también en un umbral para salir?
La novela se mete justamente en esa zona poco nítida. No tanto en el instante en que una relación se rompe como en algo más difícil de reconocer: cuando el desamor ya está dentro de la historia y empieza a deshacerla.
“Es una novela sobre el desamor, sobre cómo es que el amor se termina”, dijo. Pero enseguida ajustó la idea. El desamor no necesariamente viene después, cuando el amor ya quedó atrás. Puede formar parte de la misma historia amorosa y empezar a disolverla desde adentro.
Entonces apareció una expresión cotidiana: cortamos. Me cortó. La palabra parece resolver bastante. Hubo algo y dejó de haberlo. Antes y después. Un corte.
Kohan desconfía de esa comodidad. “Aunque digamos ‘me cortó’, aunque digamos ‘cortamos’, funciona como un desgarramiento, no como un corte”. Y siguió: “El final empieza, se desarrolla, termina, dura y dura desgarrando”. Hubo gestos en el público. Él los vio y agregó: “Los cortes también duelen, pero el desgarramiento dura más”.
La tarde siguió más o menos así. Kohan se iba de la novela, regresaba, encontraba una historia en el medio, se acordaba de otro libro o de un viaje. Entraron Kafka, Borges y Saer; el fútbol varias veces; los tangos; una biblioteca perdida durante una separación; los micros de larga distancia. También el humor, casi siempre cuando la conversación se acercaba demasiado a zonas dolorosas.
En La separación, un hombre viaja a Córdoba para acompañar a su hermano, a quien dejó su pareja. Kohan hizo una precisión que parece pequeña, pero no lo es: cuando llega, no encuentra a alguien que se separó, sino a alguien que se está separando. El gerundio volvió a poner el tiempo en el centro. No ocurrió y terminó. Está ocurriendo.
La novela tiene una ida, unos días junto al hermano y un viaje de regreso. Cambia, además, de persona narrativa y de tiempo verbal. Al explicar esas decisiones, Kohan contó que esta vez había escrito desde un lugar distinto al de otras novelas.
Para escribir sobre San Martín o Echeverría había investigado. Tenía conocimientos sobre los cuales apoyarse. Con La separación, no. “El desafío supuso escribir sobre algo que no sé”, señaló.
Eso que no sabe es, precisamente, “cómo es que el amor se acaba”. Y no se trataba de averiguarlo para después escribir. El no saber era el asunto.
En algún momento de ese recorrido apareció el fútbol. Kohan habló de las pasiones y de su capacidad para producir una ilusión de absoluto. Si un partido está por terminar y depende de una última jugada, durante esos minutos todo lo demás parece quedar lejos. Uno sabe que existe, claro, pero no importa de la misma manera.
Con el amor, dijo, pasa algo parecido. “El amor como pasión produce el efecto de para siempre y el efecto de absoluto”.
Después llegó una de las frases que más quedó resonando en la charla: “Fue para toda la vida y terminó”. Un amor puede acabarse sin que por eso haya sido falso aquel “para siempre” mientras duró.
El viaje en micro de la novela abrió otro camino. Kohan quería un tiempo suspendido, esas horas en las que alguien avanza kilómetros mientras permanece prácticamente inmóvil en un asiento.
“Hay una combinación de no pasar nada, pero pasar mucho; estar en movimiento, pero quieto”, explicó. Ese viaje terminó funcionando como una forma de pensar el desamor.
Después de una separación, contó, llega la pregunta de los demás. Los amigos quieren saber. La familia quiere saber. ¿Qué pasó? A veces hay algo para señalar. Una pelea, una infidelidad, un episodio preciso. Algo que permita ordenar la historia y decir: fue ahí. Pero no siempre.
Kohan recordó entonces una frase de una amiga escritora: “No pasaba nada, justamente ahí está. Eso es lo que pasó: que no pasaba nada”.
La cuestión, para la novela, era cómo contar eso. No el escándalo ni la ruptura espectacular, sino un vínculo que se va deshaciendo casi sin acontecimientos.
“El desamor como parte desgarradora del proceso amoroso me planteaba el desafío de contar algo que pasa en el no pasar nada”.
¿Y cómo se hace? “Hay que leer a Saer y tratar de aprender lo más posible, sabiendo que nunca nos va a salir como él”.
Hubo otra escena alrededor de las separaciones que encontró una complicidad inmediata en una feria del libro: qué pasa con la biblioteca.
Kohan recordó una ruptura de muchos años atrás y su regreso, “muy tanguero”, a la casa de sus padres. Sus libros fueron también para allá. De pronto se encontró separado de quien había sido su pareja, pero además separado de la biblioteca. No era una cuestión de propiedad. Los libros seguían siendo suyos. Lo que faltaba era tenerlos cerca, saber que estaban allí, poder verlos o tocarlos.
“Se estableció una relación a distancia con los libros”, contó. Después se reencontraron. “Mi biblioteca y yo nos dimos unos abrazos”, dijo y el público respondió con risas.
Para entonces La separación seguía presente, aunque la charla ya había ganado otros temas.
Cuando surgió la lectura en pantalla, Kohan habló desde su experiencia como lector y también como docente. Prefiere el papel. Pero evitó la vieja oposición entre generaciones y contó algo que escucha seguido entre sus estudiantes de veinte años: cuando tienen que concentrarse para estudiar, muchos imprimen.
“Escribir forma parte del leer, porque leer forma parte del escribir”, dijo al hablar del lápiz, el subrayado, la mano sobre la página. Su reparo con las pantallas iba, sin embargo, por otro lado.
La distracción siempre existió. Un ruido, un trueno, algo en la calle podía sacar a cualquiera de una lectura. Lo diferente ahora es que la interrupción viene del mismo aparato.
“Lo que nos distrae está en el mismo lugar donde estamos queriendo concentrarnos”. El texto está ahí, pero también el WhatsApp, el correo, una notificación. O el resultado del partido que uno quiere consultar.
Kohan encontró una imagen muy concreta para hablar de esa velocidad. En el papel, dijo, el ojo lleva el ritmo y el dedo va detrás para pasar la página. En la pequeña pantalla del teléfono, muchas veces es el dedo el que manda y el ojo intenta alcanzarlo.
La reflexión derivó hacia los videos breves y las entrevistas partidas en fragmentos.
No objetó los formatos cortos por sí mismos. Si un programa dura tres minutos, que dure tres. Su problema es otro: tomar una charla de cincuenta minutos, seleccionar dos y hacer circular ese recorte como si contuviera todo.
Otra vez recurrió al fútbol. Quien ve el resumen de un partido sabe que vio un resumen. Puede hablar de una jugada, pero difícilmente pueda reconstruir lo que sucedió durante los noventa minutos. Con una conversación debería ocurrir algo parecido.
“Me parece preocupante el nivel al que hemos llegado”, dijo sobre la facilidad con la que se comenta una entrevista que no se vio completa. Y poco después agregó: “Es necesario restablecer tiempos y formatos”.
La frase encontró una escena perfecta alrededor. En Paraná Lee, a esa altura, la gente llevaba bastante tiempo sentada escuchando.
Sobre el final, Martínez observó que había en Kohan una defensa del pensamiento que requiere tiempo, de mirarse a los ojos y conversar. El escritor no quiso apropiarse del elogio. “Todos los que estamos, todos los que han venido acá participamos de eso. Si no, no hubiéramos venido acá”.
Y ahí la Feria entró de lleno en la conversación. Había llovido. La gente había llegado igual. Estaban dos personas hablando frente a un público, en un encuentro que se permitía desviarse y durar.
Kohan habló entonces desde su oficio de docente. Fue crítico de ciertas modalidades virtuales que permanecieron después de la pandemia y defendió algo que, para él, una clase necesita: la presencia de los otros. No sólo información. También un aula, una reacción, una mirada, la posibilidad de advertir si alguien se perdió o sigue atento. Una atmósfera.
“Hay cosas que no son un programa de televisión y que no hay que convertirlas en un programa de televisión”, dijo.
Una feria del libro era una de ellas. “Nos reunimos en un mismo espacio, nos vemos y trabamos relación en un mismo espacio unos con otros”.
Y el amor, que había abierto la tarde, volvió casi al final. Kohan imaginó la lógica de un algoritmo para encontrar pareja. Se cargan los datos: edad, altura, gustos, comidas, películas, viajes. El sistema encuentra a alguien que coincide. Todo debería funcionar, y no pasa nada.
Después, dijo, uno puede encontrarse en “la realidad corporal del mundo” con alguien que no reúne ninguna de esas condiciones, que no conoce las mismas películas, que prefiere otra comida, incluso que es hincha del equipo equivocado y enamorarse.
La pregunta con la que había empezado la charla seguía sin resolverse. Cuándo empieza a terminar el amor. Qué ocurre mientras parece que no ocurre nada. En qué punto se cruza ese umbral, si es que existe. Pero para entonces había aparecido otra certeza, Kohan y Martínez llevaban un largo rato conversando. La gente seguía ahí, en una feria del libro, a pesar de la lluvia y eso también tenía algo para decir.






