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Grandinetti presentó “El escritor de todas las cosas”: las palabras que pueden cambiar una vida

Darío Grandinetti emocionó al público con "El escritor de todas las cosas", en La Vieja Usina.

Darío Grandinetti presentó este sábado "El escritor de todas las cosas” en Paraná, en la sala de La Vieja Usina, ante alrededor de un centenar de espectadores. Escrita y dirigida por Javier Daulte, la obra sigue a un hombre que reconstruye su vida a partir de su relación con la escritura. Hay pasajes divertidos, recuerdos familiares, amores, pérdidas y una actuación que crece hasta alcanzar, sobre el final, una intensidad que también se instala en la platea.

Todo empieza mucho antes de que ese hombre pueda llamarse escritor. El personaje que interpreta Grandinetti recuerda que a los diez años, comienza a escribir en la máquina de escribir de su abuela. Por entonces quería conquistar a una niña dos años mayor y se le ocurrió hacerlo con una composición sobre su padre, un ferretero.

El problema fue lo que terminó contando. En aquellas páginas apareció un romance de su padre. La escritura dejó de ser un juego infantil y tuvo consecuencias en la familia. Tiempo después, aquel hombre lo llamaría “traidor”. El escritor adulto, al volver sobre ese episodio, elige una palabra todavía más fuerte para definir lo que había hecho: “parricidio”.

Desde allí, El escritor de todas las cosas empieza a desplegar uno de sus temas centrales. Las palabras no terminan donde alguien las escribe. Salen, circulan, caen en otras manos y pueden producir algo que su autor jamás imaginó.

El personaje insiste en una evidencia en la que rara vez nos detenemos: todo lo que encontramos escrito fue escrito por alguien. La frase de un sobre de azúcar, las palabras impresas en una botella de vino, las indicaciones para poner en funcionamiento un electrodoméstico. Siempre hubo alguien detrás, escogiendo esas palabras y habrá otro, después, leyéndolas. Puede parecer un detalle mínimo. La obra demuestra que no lo es.

Aquel niño que conoció muy pronto el daño que podía causar un texto descubrirá, ya adulto, el reverso de esa experiencia. Algunas de sus frases llegaron a personas que no conocía y, de una manera u otra, las ayudaron. Algo escrito casi al pasar puede acompañar a alguien, tocar un recuerdo, cambiar una mirada, provocar algo en quien lo lee. Entre una cosa y otra está la vida de ese escritor.

Hay reconocimiento. Una de sus obras de teatro obtiene el premio más importante de la temporada. Hay una relación amorosa, y aparece una odontóloga que tiene la particular capacidad de desarmar las metáforas que él construye. Mientras el escritor necesita imágenes para explicar el mundo, ella suele devolverlas al sentido literal y, de paso, poner en cuestión esa vida dedicada a las palabras.

De ese contrapunto salen algunos de los momentos divertidos de la función. No son el centro de la obra, pero alivian el relato y permiten que Grandinetti muestre también una notable precisión para manejar los tiempos.

Lo que ocurre en el escenario depende de él. No hay cuarta pared. Grandinetti habla con quienes están sentados enfrente, hace preguntas y espera respuestas. En ciertos tramos, ese intercambio está previsto en el propio texto. El público entra entonces en la obra, dando respuesta al personaje que necesita de alguien que escuche mientras ordena su historia. Grandinetti hace que esa relación resulte natural.

Está solo sobre el escenario y, sin embargo, nunca da la impresión de estar hablando solo. Tiene enfrente un centenar de personas y trabaja con ellas. Ahí aparece el actor en toda su dimensión.

Grandinetti no necesita exhibir recursos para demostrar oficio, los tiene y los administra. Puede pasar de una anécdota ligera a un recuerdo doloroso, y alcanza para que algo cambie en la sala.

Mientras avanza el relato, las historias que el personaje parecía tener perfectamente acomodadas empiezan a moverse. Regresan los padres, los amores, las ausencias, aquello que se dijo y también aquello que permaneció guardado. El éxito profesional pierde importancia frente a preguntas mucho más personales.

Entonces la obra deja de ser solamente la historia de alguien que escribe. Es la historia de un hombre que intenta comprender su propia vida con las herramientas que siempre utilizó para comprender el mundo. Y esas herramientas son, inevitablemente, las palabras.

En el tramo final ocurre algo que modifica la perspectiva del protagonista sobre una parte esencial de su pasado, y algunas cosas empiezan a tener otro sentido. Y Grandinetti cambia con ellas. La emoción toma al personaje y termina alcanzando también al público.

El actor sostiene el relato, conserva la cercanía con la platea y deja que la emoción avance sin forzarla. El escritor de todas las cosas habla de un escritor, pero termina llegando a un lugar bastante más reconocible: qué pueden hacer las palabras en la vida de una persona, cuánto de nosotros queda atrapado en aquello que alguna vez dijimos y qué ocurre cuando, muchos años después, volvemos a escuchar esas mismas palabras desde otro lugar.

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