Circo Estelar, el oficio de hacer posible la magia
Por G.G.d.R.
Juan Folonier y Valentina Genero son artistas, pareja y padres de Mateo. Juntos llevan adelante Circo Estelar, un proyecto independiente que reúne malabares, magia, humor, números aéreos y talleres. Recorren Paraná, distintas localidades entrerrianas y provincias vecinas mientras avanzan hacia un sueño que ya empezó a tomar forma: levantar su propia carpa.
Para hacer la función de circo hay que entrenar, probar, repetir, preparar la música, cargar elementos, llegar al lugar y decidir cómo montar la escena. Después aparece el público y, muchas veces, lo previsto cambia.
Así trabaja Circo Estelar, el proyecto que sostienen Juan Folonier y Valentina Genero. Él lleva cerca de veinte años en el mundo circense: fue payaso, mago y malabarista y participó de convenciones en Brasil, Chile y Uruguay. Valentina llegó al circo bastante después y por otro camino.
Es de Río Cuarto, Córdoba. En 2024 estudiaba para técnica de laboratorio cuando su padre la invitó a ver el Circo Safari, que estaba de paso por la ciudad.
“Juan estaba trabajando ahí de payaso, mago y malabarista. Ahí lo conocí y empezamos a charlar”, recuerda durante la conversación con ANÁLISIS.
El circo siguió viaje, pero ellos continuaron viéndose. A veces viajaba Valentina; otras, Juan. Tres meses después llegó una propuesta para que ella se incorporara como bailarina y partenaire en los números de malabares. “Dejé todo y me fui con el circo”, cuenta.
Trabajaron juntos durante aquel año y luego pasaron por el Circo Mundial. Después nació Mateo, que hoy tiene nueve meses. A los dos meses de su nacimiento decidieron dejar aquella compañía y concentrarse en algo propio. Circo Estelar ya había empezado a gestarse, pero fue entonces cuando el proyecto tomó forma propia.
“Hoy estamos muy orgullosos de lo que hemos construido”, dice Valentina.
Circo Estelar no tiene un único espectáculo. Fueron armando propuestas diferentes: algunas más sencillas, otras con números aéreos y otras en las que participan más artistas. Esa amplitud les permite adaptarse al espacio, al tipo de evento y también al presupuesto de quienes los convocan.
Hay una estructura preparada, aunque no todo queda resuelto antes de salir a escena.“Hay muchas cosas que surgen en las funciones propiamente, por lo que cada espectáculo es único y especial. El público cambia, los actos cambian, pasan cosas distintas siempre”.
Detrás de esa libertad hay entrenamiento. No tienen un horario fijo de ensayo, pero intentan practicar todo lo que pueden y seguir capacitándose.
“Para nosotros el espectáculo empieza el día que nos levantamos y hay función”, indica la artista.
Trabajar juntos tampoco fue algo que saliera de manera automática. “Creo que a los dos nos ha costado mucho el tema de trabajar juntos, pero lo lindo es que de cada conflicto aprendemos”, admite.
Con el tiempo fueron repartiendo responsabilidades y aprendieron a señalarse errores sin convertir cada observación en una discusión. Después de las funciones tienen una costumbre: hacer el balance mientras vuelven.
(Más información en la edición gráfica de la revista ANALISIS, edición 1173, del día 20 de agosto de 2026)






