Diálogo con el padre Pedro Brassesco, coordinador de la Cultura del Cuidado

“Cuidar del otro no es una carga, sino el mayor acto de amor que podemos hacer”

Edición
1173

El padre Pedro Brassesco, coordinador de la Red Latinoamericana y Caribeña para la Cultura del Cuidado, analiza en esta entrevista los desafíos de construir vínculos más humanos en la Iglesia y en la sociedad. Frente al avance del individualismo, la violencia y la indiferencia, sostiene que hablar de “cultura” supone “una forma de vida, un estilo de vida” y una manera de relacionarse que reconozca en el otro “a una persona digna de nuestro respeto, de nuestro cariño, de nuestro afecto”. Para Brassesco, “mucho más terrible que el odio es la indiferencia”, porque borra al otro de la existencia, mientras que cuidar exige también “ayudar y dejarse ayudar”. Desde una mirada integral y proactiva, plantea que la Iglesia tiene el desafío de “ser profecía social” y demostrar “que verdaderamente es posible y vale la pena ser comunidad”.

Por Nahuel Maciel

El padre Pedro Brassesco es coordinador de la Red Latinoamericana y Caribeña para la Cultura del Cuidado, que es impulsada por el Consejo Episcopal Latinoamericano y Caribeño (CELAM), la Confederación Latinoamericana y Caribeña de Religiosos/as (CLAR) y Cáritas América Latina. En el siguiente diálogo con ANÁLISISpropone una reflexión que va más allá del ámbito de la prevención de abusos y alcanza el modo en que las personas se relacionan en la Iglesia y en el conjunto de la sociedad.

La Red surgió en 2023, a partir de un encuentro realizado en Chile para las comisiones de prevención, pero su propio nombre expresa una perspectiva más amplia: no se trata únicamente del tratamiento de casos, la prevención y la reparación, sino de revisar prácticas cotidianas, vínculos, lenguajes y formas de ejercer la autoridad. “Cuando hacemos referencia a la palabra ‘cultura’, justamente, es porque tiene que ver con una forma de vida, un estilo de vida”, explica Brassesco. Esa cultura -afirma- se ejerce en la manera de cuidar a menores, adultos, ancianos, familiares y vecinos, y en la capacidad de ver en cada otro “a una persona digna de nuestro respeto, de nuestro cariño, de nuestro afecto”.

El sacerdote, que también acompaña el proceso sinodal latinoamericano y es párroco de Santa María Goretti, en Concepción del Uruguay, advierte que las relaciones sociales y eclesiales están atravesadas por la violencia, el autoritarismo, la agresión y el individualismo. En el interior de la Iglesia -señala- el clericalismo expresa “una forma de ejercer la autoridad no como servicio sino como poder”; fuera de ella, el consumismo y la autosuficiencia favorecen estilos de vida que prescinden de la comunidad. “La Iglesia está en la sociedad” y, por eso, también refleja problemas que muchas veces se naturalizan. Entre ellos destaca la indiferencia, a la que define como “una de las actitudes que terminan siendo más violentas”. Su diagnóstico es categórico: “mucho más terrible que el odio es la indiferencia”, porque el odio todavía considera al otro como alguien existente, mientras que la indiferencia “hace que borremos a la otra persona de su existencia”.

Brassesco vincula esa pérdida del otro muchas veces en cómo las personas se relacionan (y dependen) del funcionamiento de las redes sociales, cuyos algoritmos tienden a reforzar las propias posiciones y a convertir las diferencias en enemistades. Cuando alguien se encierra en la idea de que posee toda la verdad -explica- comienza a mirar al otro como equivocado o amenazante. Frente a esa lógica, recuerda que la verdad es “tan grande, tan inabarcable”, que nadie puede apropiársela en soledad: la comunidad se acerca a ella desde distintas miradas. Por eso, distingue la unidad de la uniformidad: “La uniformidad justamente es eso: que todos piensen igual, que todos piensen como ‘yo’. Y la unidad implica siempre la alteridad del otro”. La diversidad de ideas -insiste-, es saludable cuando permite convivir, discutir y construir un proyecto -inclusive- para la sociedad y para ‘un nosotros’”, sin instrumentalizar a quienes piensan distinto.

La Cultura del Cuidado se presenta como una respuesta a una época dominada por la eficiencia, la inmediatez y el triunfalismo. Brassesco recupera la imagen sinodal del pueblo que camina unido. Y recuerda que a veces es necesario aminorar el paso y otras veces animar a avanzar, pero siempre reconociendo los tiempos, vulnerabilidades, debilidades y potencialidades de los demás. El problema comienza cuando el otro deja de ser compañero de camino y se convierte en instrumento para alcanzar objetivos individuales. Y agrega: “Ser pueblo es algo más que la suma de los individuos” y apela a comprender que compartimos raíces, proyectos y necesidades. Porque cuando esa conciencia se pierde, surgen prácticas de violencia, indiferencia, encierro y abandono.

Aunque el impulso inicial de la Red estuvo asociado a los abusos, Brassesco remarca que el cuidado debe partir de “una mirada integral del ser humano” e incluir la niñez, las personas mayores, la pobreza, la enfermedad y toda situación de vulnerabilidad. La tarea no puede limitarse a reaccionar ante el daño: es necesario actuar “no solo preventivamente sino proactivamente” para generar relaciones que reconozcan la dignidad de cada persona. Como ejemplo menciona el programa latinoamericano “Centralidad de la Niñez”, cuyo lema es “100% ternura, 0% violencia” y que busca formar a docentes y cuidadores desde una perspectiva positiva, no restringida a evitar abusos.

El desafío, admite, es profundo porque muchas prácticas contrarias al cuidado están interiorizadas y son reforzadas por una sociedad ensimismada. Sin embargo, en las comunidades emerge una demanda de cercanía, escucha y vínculos más humanos. Para Brassesco, allí se fortalece la posibilidad de que la Iglesia pueda “ser profecía social”: mostrar que es posible relacionarse bien, cuidarse, ponerse de acuerdo y alcanzar consensos. “Ese es el gran desafío que hoy tiene la Iglesia, demostrar que verdaderamente es posible y vale la pena ser comunidad”, afirma. Esa vocación se extiende al diálogo ecuménico e interreligioso, que exige “buscar más aquellas cosas que nos unen y no las que nos separan” y asumir que caminar juntos no significa pensar de la misma manera.

En el final, el sacerdote sitúa el valor de la vida en el centro del diálogo periodístico. Cuestiona la idea de que depender de otros convierte a una persona en una carga y sostiene que “todas las vidas y toda vida es valiosa por eso mismo: porque es vida”. Cuidar, entonces, no representa un obstáculo para la autonomía ni una obligación indeseable: “Cuidar del otro no es una carga, sino el mayor acto de amor que podemos hacer”. Tampoco es un gesto unilateral. Contra la omnipotencia y la autosuficiencia que enseñan a valerse exclusivamente por uno mismo, Brassesco propone una reciprocidad capaz de reconocer la propia fragilidad. En su definición más sintética, la Cultura del Cuidado no consiste solamente en proteger, acompañar y asistir: significa también estar disponibles para recibir el cuidado de los demás, es decir, “ayudar y dejarse ayudar”.

-Usted es coordinador de la Red Latinoamericana y Caribeña para la Cultura del Cuidado.

-Así es. Se trata de una red que surgió en el 2023 a partir de un encuentro que se hizo en Chile para las comisiones de prevención de abusos. Si bien originalmente estaba enfocado a ese tema, se ha ido ampliando progresivamente, aunque todavía no llegamos a ampliarlo como quisiéramos. Pero, el hecho de ponerle como nombre la Cultura del Cuidado -y no solo tratamiento de casos de abusos o de prevención de abusos- ya nos habla -justamente- que es un tema mucho más amplio y tiene que ver también con una forma de relacionarnos. Y en la Conferencia Episcopal Latinoamericana (Celam) estoy coordinando el equipo continental del Sínodo para toda esta etapa del proceso sinodal. Y en Concepción del Uruguay, soy el cura párroco de la Parroquia “Santa María Goretti”. Y ya que estamos, también estoy colaborando con la Coordinación de los delegados regionales -hay 8 regiones- de la Pastoral de Comunicación Social de la Conferencia Episcopal y también como asesor de la Unión de Empresarios Latinoamericanos.

- ¿Hay una idea que en la cultura del cuidado solo tienen que intervenir los especialistas y nadie más?

-Una idea equivocada. Pero, a veces se ha relacionado con situaciones particulares, por ejemplo, en el caso de los abusos. Entonces, originalmente, el tema estuvo enfocado en el tratamiento de los casos, después en la prevención y ahora también en el tema de la reparación. Pero, hay que saber que hay otros tipos de cuidados, ya sea de personas mayores, niñez y demás. Entonces, está claro que siempre tiene que haber un especialista. Pero, nosotros cuando hacemos referencia a la palabra “cultura”, justamente, es porque tiene que ver con una forma de vida, un estilo de vida. Tiene que ver con la forma en cómo nos relacionamos y cuidamos a las otras personas sean quiénes sean: menores, adultas, ancianos, familiares, vecinos y demás. La Cultura del Cuidado está vinculada a cómo nos relacionamos, que es una de las cosas que aparece mucho en el Sínodo. A mí me tocó acompañar todo el proceso latinoamericano. Entonces tuve que leer todos los informes de todos los países e incluso leerlos varias veces. Y allí aparecía mucho esta cuestión tanto en la sociedad como en la iglesia: nos relacionamos mal, nos relacionamos con violencia, nos relacionamos con autoritarismo. Lo que el Papa Francisco definió como “clericalismo” para la cuestión interna de la Iglesia, es decir, una forma de ejercer la autoridad no como servicio sino como poder. Entonces, esa forma en que nos relacionamos provoca muchas heridas y a partir de esas heridas también conflictos. Tiene que ver con eso: en cómo se asume un estilo de relacionarnos que cuide del otro y que, sobre todo, considere en el otro y vea en el otro a una persona digna de nuestro respeto, de nuestro cariño, de nuestro afecto.

- ¿Esta situación ocurre exclusivamente en la Iglesia o afecta al conjunto de la sociedad?

-Afecta al conjunto de la sociedad. La Iglesia está en la sociedad. Y muchas veces está atravesada justamente por las problemáticas que van apareciendo en la sociedad. Digo problemáticas en la medida y en cuanto se vean como tales, porque a veces se van asumiendo casi como natural esto que ocurre en la sociedad del individualismo, producido sobre todo por el consumismo. También lo vemos a veces reflejado en la Iglesia. Y lo vemos en espiritualidades dentro de la Iglesia, donde se abandona la idea de Iglesia-comunidad, de Iglesia-pueblo de Dios… por una forma de relacionarme espiritualmente con Dios, donde mientras yo esté bien con Dios parece que está todo bien, olvidándonos justamente del mandamiento del amor y del sentido -justamente- de la caridad.Y así como ese aspecto o esa dimensión, también en muchos otros ámbitos también de la sociedad casi hemos naturalizado una forma de relacionarnoscomo pueden ser la agresión, el insulto, la división, ¡la indiferencia! La indiferenciaes una de las actitudes que terminan siendo más violentas. Y eso mismo también muchas veces se vive de la Iglesia. Lo que pasa es que justamente la Iglesia tiene también sus resortes como para poder detectar esas situaciones y tratar de modificarlas. Pero, sabemos que trabajamos con personas que están plenamente insertadas en el mundo y entonces están atravesadas también por estas realidades.

-Parece una paradoja, pero en la era de la comunicación se llega a confundir el estar conectados con el estar vinculados, especialmente, en las redes sociales. Esto lleva a una saturación y la saturación al aislamiento social. Imaginamos que esto también tiene que ver con los cuidados, porque al aislarse una persona pierde de vista al prójimo, al otro. Tenemos “proximidad” (con equis), pero carecemos de “projimidad” (con jota). Y esto también es parte del deterioro que vivimos como sociedad, como familia, como personas.

-Así es. Sobre todo, justamente, las redes sociales por toda esta cuestión del algoritmonos llevan solamente a reforzar nuestras posturas y no ver en el otro la posibilidad de una opinión o un pensamiento distinto. Entonces,nos hace creer que yo tengo la verdad. Y cuando me encierro en ese pensamiento de que yo tengo la verdad, me hace ver a todos los otros como personas que están en el error y, por lo tanto, enemigos que quieren socavar “mi” verdad. Aquí uno podría preguntarse: La Iglesia dice que tiene la verdad en el sentido de que Jesús dijo: “Yo soy la verdad”. Pero, justamente, porque consideramos que Dios es la verdad, consideramos que esa verdad en realidad es inaccesible para uno solo. Es decir, todos vamos participando de esa verdad y nos vamos acercando a esa verdad. Pero, la verdad es tan grande, tan inabarcable, que no puedo decir “yo tengo toda la verdad de Dios”; sino, que vamos -como comunidad- acercándonos a esa verdad y de allí entonces están las diferencias de mirada, de posturas, donde es el espíritu el que nos va acercando.

-De hecho,hay que vivir la diversidad como un signo de unidad, no para marcar las diferencias.

-Claro. Por eso, el asunto es cuando en la sociedad -y también dentro de la Iglesia-, se piensa la unidad como uniformidad. Y la uniformidad justamente es eso: que todos piensen igual, que todos piensen como “yo”. Y la unidad implica siempre la alteridad del otro.

-La vez pensaba meditaba sobre la palabra “convencer”. Generalmente,creemos que convencer es derrotar al otro, cuando en realidad sería vencer con el otro. Ese enfoque diferente es el que invita al debate, al diálogo, al saber escuchar. Guiados solamente por las redes se termina atrapado, no liberado.

-Sí, por eso el problema de cuando las ideas se transforman en es una pretensión de única verdad, porque -justamente- en una sociedad y en la iglesia es muy saludable que haya una diversidad de ideas. El asunto es que por las redes sociales y demás nos llevan a pensar que esa es “la única” verdad y a ver al otro como enemigo y no como alguien con el cual puedo construir un pensamiento, una idea mejor, un proyecto -inclusive- para la sociedad y para “un nosotros”. Sino que termino instrumentalizando a los otros como aquellos que deben hacer lo que yo creo que hay que hacer y, por lo tanto, eso también es una manipulación del otro. Así surge el hecho de nublar o de no ver claramente en el otro a una persona con la que puedo convivir, discutir y, sobre todo, que necesito también para crecer, porque solo no puedo, lo hacemos en sociedad. Pero, bueno… eso es una realidad que está muy presente y que uno lo ve particularmente en todos los sectores de la sociedad.

-Hoy hablaba de la indiferencia como un signo de violencia. Pensaba en estas necesidades de tener una mirada más social, que también es una exigencia de los tiempos: comprender que la pobreza no es un resultado de la naturaleza. Desde esa concepción es que asoma la justicia social y con ella la caridad. La Cultura del Cuidado es también estar atento a las realidades hirientes. Se trata de atender las heridasde nuestros hermanos, de nuestro barrio, de nuestra familia. de nuestra comunidad sea parroquial, del club, la escuela. Es como aprender a acompañar.

-Sí. Por eso esta imagen tan linda del Sínodo de recordarnos que. como pueblo, pueblo de Dios, vamos caminando juntos. Y ahí es justamente donde vemos en esas realidades quea veces tenemos que aminorar el paso. Y otras veces animar para ir un poco más rápido, pero siempre todos juntos. El asunto es cuando pensamosesto que decía el Papa Francisco -que siempre lo repito-: “Si lo hacemos solos vamos a llegar más rápido, pero si vamos juntos vamos a llegar más lejos”. Y esta idea de un mundo de la eficiencia, de los resultados, de la inmediatez, donde pareciera que todo tenemos que hacerlo bien, rápido y solos… entonces, justamente, ahí es donde vemos al otrocomo un instrumento para llegar a hacer o a conseguir lo que queremos y no como un compañero de camino. Y, por lo tanto, no reconocemos que el otro también tiene sus tiempos, susvulnerabilidades, sus debilidades y también sus potencialidades. Y eso nos lleva a encerrarnos en nosotros mismos. Y ahí es cuando no vemosla realidad de los otroso preferimos ignorarlo en muchos casos, porque justamente eso nos puede hacer más lento nuestro propio caminar.

 

(Más información en la edición gráfica de la revista ANALISIS, edición 1173, del día 20 de agosto de 2026)

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