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La memoria de las palabras

Fabiola Claret

Recuerdo el asombro de la primera vez que tuve ese folleto en las manos. Estaba entre los papeles viejos del escritorio de mi madre, profesora de Geografía en el Colegio Nacional de Urdinarrain. Se titulaba “Subversión en el ámbito educativo. Conozcamos a nuestro enemigo”.

Además de la portada, recuerdo que me sorprendió la contratapa: estaba firmada por todos los docentes del colegio. Cuando le pregunté a mi mamá qué era ese material, me explicó que durante la última dictadura cada profesor había tenido la obligación de leerlo y dejar constancia de ello estampando su firma.

Años después, cuando estudiaba Comunicación Social, ese mismo folleto se convirtió en el objeto de un ensayo para una materia —ya no recuerdo si Teoría Política o Análisis del Discurso—. Había algo profundamente inquietante en esas páginas.

El manual había sido editado por el Ministerio de Cultura y Educación de la Nación en 1977. Su distribución fue ordenada por la Resolución N.º 538/77, firmada por el entonces ministro Juan José Catalán, que dispuso el envío obligatorio del material a todos los establecimientos educativos del país. Diversos investigadores consideran a ese documento una de las principales herramientas de la denominada Operación Claridad, el dispositivo de control ideológico implementado por la dictadura para vigilar contenidos, identificar docentes y estudiantes considerados “subversivos” y disciplinar el sistema educativo.

Según consigna el portal Educ.ar, el material fue distribuido en las escuelas de todo el país como parte de las acciones de persecución y control de contenidos en el ámbito educativo.

Lo que más me impactó no fue el tono grandilocuente del texto, sino la lógica con la que construía al enemigo. Las infografías de las últimas páginas mostraban, mediante flechas y diagramas, cómo las ideas de Marx podían “contaminar” las cabezas de los estudiantes desde el jardín de infantes hasta la universidad. El mensaje era transparente: la subversión no comenzaba con un arma, sino con una idea.

A principios de los años noventa, cuando leí ese material, yo —y casi todos los que me rodeaban— estábamos convencidos de que la democracia había llegado para quedarse. Por eso la lectura estaba atravesada por una mezcla de extrañeza e incredulidad. ¿De verdad alguien había tomado en serio semejante manual? ¿Era posible que docentes y directivos hubieran compartido la idea de que un niño pudiera convertirse en terrorista dentro de una escuela?

Y, sobre todo, ¿quién podía ser considerado terrorista según ese texto?

La respuesta aparecía en sus propios ejemplos. Quien sostuviera que “todos puedan estudiar”, reclamara un “aumento del presupuesto universitario” o pidiera “el retiro de la policía de la universidad” podía ser identificado y denunciado como subversivo.

No sé qué habrán hecho los maestros, profesores y directivos con aquellas instrucciones. Sería interesante escuchar hoy sus recuerdos. Saber cómo convivieron con ese mandato y cómo lo interpretaron puertas adentro de las escuelas.

Esta semana, mientras veía la entrevista que Luis Majul le realizó al presidente Javier Milei en La Cornisa, ese viejo manual volvió inesperadamente a mi memoria.

Durante la conversación, Milei apeló a una interpretación muy difundida —y también muy discutida— de la teoría de la hegemonía cultural de Antonio Gramsci para explicar lo que considera una estrategia de la izquierda para ocupar espacios de influencia en la sociedad. En ese contexto afirmó:

La estrategia de Gramsci, digamos, de tomar la educación, de tomar los medios de comunicación, de tomar la cultura y de tomar el Estado pasó a una etapa 2.0. Los meten como estudiantes, como profesores, como investigadores... Eso hizo Cristina Fernández de Kirchner... Entonces usted tiene terroristas disfrazados de estudiantes, terroristas disfrazados de periodistas, terroristas disfrazados de profesores, terroristas disfrazados de investigadores.”

No me interesa discutir aquí la interpretación que hace Milei de Gramsci. Entre otras razones porque el pensador italiano desarrolló una teoría sobre la construcción de la hegemonía cultural, pero nunca propuso una estrategia de infiltración de las instituciones como suele afirmarse en ciertas lecturas contemporáneas.

Lo que me interesa es otra cosa.

Me sorprendió reconocer un mecanismo discursivo que creía archivado: la construcción de un enemigo interno que deja de definirse por lo que hace para pasar a definirse por lo que piensa, por lo que enseña, por lo que investiga o por lo que escribe.

Los contextos históricos son profundamente distintos y sería un error equipararlos. Pero las palabras también tienen historia.

Cuando un estudiante, un profesor, un periodista o un investigador vuelven a ser presentados como posibles “terroristas disfrazados”, resulta inevitable recordar que esa asociación ya fue utilizada en la Argentina para justificar la persecución política.

Pienso muchas veces en aquel trabajo práctico que escribí en la facultad. No conservo una copia, pero imagino que seguramente recurría a las categorías de Ernesto Laclau y Chantal Mouffe sobre la construcción discursiva del antagonismo y la constitución del enemigo político. Tal vez hoy lo escribiría de otro modo, pero probablemente llegaría a una conclusión parecida: las sociedades no sólo discuten ideas; también construyen, mediante el lenguaje, las fronteras entre un “nosotros” y un “ellos”.

Y esa construcción nunca es inocente.

En tiempos en que la información nos entra por un oído y nos sale por el otro, cuando muchas veces resulta difícil distinguir un hecho de una fake news, me parece indispensable detenernos un momento. Conversar. Discutir. Compartir estos materiales y estas ideas con otros —sobre todo con las nuevas generaciones, para despejar un poco tanto ruido, levantar las defensas cognitivas y que el futuro -desde este mismísimo presente- no nos sea tan indiferente.

Los discursos no sólo describen la realidad, también la construyen. Y cuando dejamos de preguntarnos por el sentido de las palabras, corremos el riesgo de volver a naturalizar mecanismos que ya conocemos demasiado bien.

Aquí les dejo el link del aludido manual para que se den el gustazo de leerlo.

https://acrobat.adobe.com/id/urn:aaid:sc:VA6C2:b9709b92-35ec-458e-a09b-7c00f5630c73

Edición Impresa

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