Sección

Kintsugi

Alejo Paris

Cuando era chico, mi mamá tenía un hospital. Los enfermos eran juguetes.

Sobre la mesa esperaban autitos sin ruedas, muñecos descosidos, soldados mancos, mecanismos que habían olvidado su oficio. Había pegamento, agujas, hilos, destornilladores y una caja donde dormían piezas sueltas de otros juguetes que ya no recuerdo.

A veces una rueda encontraba otro auto, un brazo sobrevivía a su muñeco. Nada se perdía del todo.

Durante la semana mi mamá era psicopedagoga, pero durante los fines de semana dirigía el hospital. Examinaba a los pacientes, revisaba qué podíamos hacer con ellos.

Había juguetes que volvían a jugar esa misma tarde y otros que necesitaban varios días. Algunos, incluso, no volvían a despertar.

Era una época difícil en la Argentina, más de lo habitual. En las familias entrerrianas, el federal había reemplazado al peso y hasta la esperanza se había devaluado. Las cosas duraban todo lo que podían durar, y hasta un poco más.

Por eso, durante muchos años, creí entender perfectamente el fundamento del hospital. Arreglábamos los juguetes porque comprar otros costaba demasiado. La explicación era tan razonable que nunca volví a pensar en ella.

Además, yo ya conocía hospitales parecidos. En la escuela alguna vez habíamos curado libros. Pegábamos las hojas desprendidas, enderezábamos las tapas, cosíamos el lomo y lo envolvíamos con cinta adhesiva. Los libros regresaban a la biblioteca con unas cicatrices transparentes que brillaban bajo la luz.

Los juguetes también quedaban marcados. Una costura en el vientre de un oso. Una rueda que no correspondía. Una línea de pegamento atravesando una carrocería.

Entonces esas marcas me parecían defectos. Hubiera preferido que el juguete no las tuviera. No sabía todavía que ése era el único milagro que el hospital no podía hacer.

Los años pasaron y muchas de aquellas cosas desaparecieron. No sé qué ocurrió con los autitos, con los soldados, con los muñecos. Tampoco sé cuándo aquella mesa dejó de ser un hospital.

Hay escenas de la infancia que terminan sin que uno advierta que están terminando. Un día ocurren por última vez. Nadie lo sabe. Después quedan guardadas en algún lugar donde el tiempo parece no tocarlas. Hasta que algo las llama.

A mí me ocurrió en la universidad. Estaba leyendo a un hombre que había dedicado buena parte de su obra a pensar un mundo donde las cosas parecían haber perdido la antigua costumbre de durar. No recuerdo una frase exacta.

Recuerdo, en cambio, que en el living de casa había una biblioteca. Que debajo de ella había una alfombra sobre la que solíamos sentarnos con mi hermano a jugar. Que en esa biblioteca había muchos libros que más de una vez la curiosidad me había llevado a mirar, como un chico mira los objetos de un mundo que todavía no le pertenece. Recordé que mi mamá era psicopedagoga y que entre esos nombres de la biblioteca estaba el de Zygmunt Bauman.

También recordé una rueda, distinta a las otras tres. Después apareció una costura. Después la cinta adhesiva sobre la tapa de un libro. Y finalmente apareció la mesa. Habían pasado muchos años, pero todos seguían allí. Los enfermos. Las herramientas. Mi mamá.

Comprendí entonces algo que seguramente el chico que fui no hubiera entendido. Lo roto y lo inútil nunca habían sido la misma cosa. Una cosa podía haber sufrido un daño y seguir sirviendo. Podía haber perdido una parte y conservar su nombre. Podía incluso regresar distinta. La rueda nueva jamás conseguía ocultar que alguna vez faltó una rueda. La costura, en vez de borrar la rotura, la dejaba escrita.

Supe que la cicatriz no sólo era signo de imperfección, sino también una forma extraña de escritura. Cuenta que algo ocurrió. Cuenta también que algo continuó después.

Tiempo después supe que los japoneses tenían una palabra para algo parecido: kintsugi. Cuando una pieza de cerámica se rompe, vuelven a unir sus fragmentos y dejan visible la herida, resaltada con oro. La reparación no procura esconder la fractura, sino que la incorpora a la historia del objeto.

Nosotros no teníamos oro. Teníamos hilo, cinta adhesiva y pegamento. Pero las cicatrices también brillaban.

Con el tiempo aprendemos que casi nada importante atraviesa la vida sin marcas. Las tienen las ciudades. Las casas. Los libros. Las familias. Los cuerpos. También nosotros.

Hay heridas que desaparecen y otras que encuentran la manera de quedarse. No siempre como dolor, a veces como forma. Tal vez una cicatriz sea una vieja herida que aprendió a formar parte de nosotros.

Y si las heridas son una forma de escritura, entonces acaso algunas cosas las leemos mucho antes de aprender a leer.

(*) Periodista

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