Damián Zanini
Hace mucho tiempo me dijo un padre de familia “prefiero que mis hijos coman en la mesa de mi casa lo que encuentren, con la frente alta, y no con la cabeza gacha en el comedor de la escuela”. En ese entonces yo era muy joven, no tenía hijos ni entendí muy bien la situación. Pero antes de que se pusiera de moda el término “empatía” me puse en su lugar. Siempre me quedó grabado aquel desafío tan temerario, que con el correr de los años se volvía recurrente. Al mismo tiempo observaba los avatares de la educación, los índices de deserción escolar y las carencias de la infancia en los sectores postergados de la población. Por supuesto que es un tema sensible y taquillero en términos políticos. No solo por lo que significa la enseñanza como motor de las futuras generaciones sino más bien por la oportunidad de obtener réditos oscuros disfrazados con los ropajes más singulares. Una cosa es precisamente un plan de estudios diseñado y ejecutado por especialistas -tal como lo exige la Constitución de nuestra provincia-, y otra es el manoseo asistencialista.
Los dimes y diretes en la cocina oficial son viejísimos, y han dado lugar a diversas actuaciones administrativas y judiciales. Incluso se han repartido bolsas de comestibles de manera indiscriminada y casi compulsiva entre estudiantes que no los necesitaban. El desorden también ha llegado a niveles superiores: investigaciones periodísticas afirman que en la UADER se pagaba el catering que se consumía con horas cátedra asignadas a esa casa de estudio, con la diferencia de que los canapés y sanguchitos difícilmente hayan ido a parar a las bocas de los niños desnutridos.
Por el contrario -a modo de anécdota- recuerdo un gesto de sensatez allá por el año 2000 cuando los gremios estatales protestaban por las bajas calorías de la comida que se preparaba en el Hospital San Antonio de Gualeguay. Su director de entonces, el Dr. Pedro Galante, un experimentado médico de campo, aclaró que la dieta del nosocomio estaba programada por nutricionistas para la recuperación de los pacientes internados y no “para engordar novillos”. Después de la lección nunca más se escuchó hablar de los chorizos a la pomarola y de las milanesas completas pretendidas por los sindicalistas.
Es una maña conocida la de instalar una acalorada discusión sobre lo accesorio con el propósito velado de no abordar lo principal. Es más, aun se puede recibir algún elogio por la participación y el interés demostrado en la actualidad. Igual que en ciertas reuniones sociales en donde está permitido hablar de fútbol, de moda o de espectáculos, pero se prohíbe hablar de ciertos tabúes, no vaya a ser cosa que lleguemos a conclusiones incómodas. O bien lo que es más fácil se postergan para más adelante -in aeternum- las soluciones de fondo. Tortas fritas o budines, esa parece ser la cuestión en las escuelas entrerrianas, emulando mal el célebre monólogo de Shakespeare.
No debe haber cosa más reconfortante para un chico que una taza de leche caliente en los inviernos servida en casa, después de cumplidas las tareas escolares. La mesa familiar es una institución bíblica en la que se comparten vivencias y valores, se aprende a respetar; es símbolo de unión fraternal, la gran reserva moral de la sociedad. Sabia reflexión aquella de que la escuela es el segundo hogar, pero el hogar es la primera escuela.
La Doctrina Social de la Iglesia tiene como eje rector el principio de subsidiariedad del estado, es decir que prioriza la iniciativa y el esfuerzo de los particulares; recién debe intervenir una organización mayor cuando se torna imposible en forma individual acceder a lo básico. Pero en el Reino del Revés la consigna suele ser diametralmente opuesta, y cuando el agua nos llega al cuello entonces ahí los ciudadanos comunes agarramos la pala.
Muy pocos se ocupan de las causas de la crisis alimentaria, que son harto conocidas como la desocupación, la inflación, el endeudamiento, las fallas de los organismos de contención como COPNAF, y el mismo Consejo General de Educación. En la medida en que haya pleno empleo, paternidad responsable y un adecuado funcionamiento de las reparticiones competentes, progresivamente se irán diluyendo las polémicas al respecto, y entonces se enfocará la energía de muchos dirigentes en repensar el verdadero rol del sistema educativo.
(*): abogado, docente.






