Alejo Paris
Hace unos días, en ese océano infinito que son las redes sociales, encontré una publicación donde un ex alumno recordaba a su abuela. Había pasado un nuevo aniversario de su muerte y había escrito unas líneas sobre ella. Me quedé leyendo el texto. A lo mejor porque había algo extraño en encontrar un recuerdo tan íntimo en un ecosistema donde predomina la pose y lo superfluo, o quizás simplemente porque se había tomado el tiempo de escribirlo.
Eso me llevó a recordar muchas cosas. Entre todo eso, una dinámica durante las primeras clases del ciclo lectivo.
Cada comienzo de año implicaba también recibir cursos nuevos, estudiantes con quienes recorreríamos ese y tres años más. Los rituales que conllevan las presentaciones, comentarios de la dinámica de la asignatura. Y después, inevitablemente, la primera actividad.
Aunque con 24 años uno es muy joven para semejante responsabilidad, durante los primeros años en que fui docente la escena era bastante sencilla: explicaba una consigna, ellos preguntaban alguna cosa que me servía para ratificar que había comprensión, y luego iniciaban. Cada uno como podía. Algunos eran claros y metódico, había quienes demoran en enfocarse, algunos escribían rápido, otros se quedaban mirando la hoja durante unos minutos. Había errores, naturalmente. Muchos. Pero existía cierta disposición a avanzar, aun sin saber con absoluta certeza si el camino era el correcto.
Con el paso del tiempo durante los 10 años que me tocó estar al frente de cada clase, empecé a notar algo distinto en los cursos que iba conociendo. Después de explicar una actividad, aparecían cada vez más preguntas: si estaba bien empezar de determinada manera, cuántas líneas debían escribir, dónde iba cada cosa, si podían resolverlo de un modo u otro, si aquello que estaban pensando servía. Y a veces, incluso, todavía no habían escrito una sola palabra.
Más que comprender mejor la consigna, creo que buscaban una garantía. Querían saber, antes de empezar, que aquello que estaban a punto de hacer iba a estar bien. Y ése era precisamente el problema.
La actividad, la producción de un texto propio, no era un camino señalizado en el que uno pudiera advertirles cada curva. Había algo que necesariamente debían hacer solos. Elegir, probar, escribir una frase, tacharla, escribir otra, llegar a una conclusión equivocada, descubrir por qué, volver.
Más de una vez terminé diciéndoles una frase que probablemente sonara bastante ridícula: el error es un amigo. Y lo decía porque había empezado a percibir que, para muchos de ellos, equivocarse ya no implicaba una posibilidad desagradable. Era algo peor, algo que debía evitarse.
Sin embargo, el aprendizaje funciona exactamente al revés. Hay cosas que sólo aprendemos después de hacerlas mal. Uno puede explicar durante horas cómo se escribe, cómo se resuelve un problema, cómo se interpreta un texto, cómo se sostiene una idea. Pero existe un momento en el que alguien tiene que quedarse solo frente a la hoja y descubrir qué hace con aquello que todavía no domina. Ahí empieza verdaderamente el aprendizaje, y siempre es en compañía del error.
El aprendizaje, como método, vale para todo lo que pasa fuera del aula. La vida tampoco entrega una consigna completa. Se desconoce la extensión. No se sabe cuáles son los criterios de evaluación. No hay una rúbrica que explique cuánto vale cada decisión. Nos enamoramos sin saber hacerlo. Elegimos trabajos sin conocer el resultado. Maternar o paternar, incluso, es aprender haciendo. Nos despedimos de personas sin saber que algunas despedidas serán las últimas. Tomamos decisiones importantes con información insuficiente.
Nos equivocamos. Una vez. Dos veces. Mil.
Y seguimos. Crecemos desarrollando la habilidad de aprender qué hacer después de haber hecho algo mal.
Sin embargo, vivimos en una época extraordinariamente eficiente para evitar pequeñas frustraciones. Y eso, que tiene enormes ventajas, también nos debilita. Esperamos cada vez menos, nos perdemos cada vez menos, tenemos menos necesidad de recordar datos. Un mapa nos indica dónde doblar, un corrector nos avisa que escribimos mal, una plataforma recuerda dónde dejamos una película, un algoritmo intenta adivinar qué queremos ver antes incluso de que nosotros lo sepamos. Si no sabemos hacer algo, probablemente exista un tutorial. Si una canción nos gusta, podemos averiguar su nombre en segundos. Si desconocemos una respuesta, rara vez necesitamos convivir demasiado tiempo con la duda.
La tecnología nos ha facilitado la vida de maneras que sería absurdo despreciar. Pero cada herramienta que elimina una dificultad también anula la posibilidad de desarrollar una habilidad: la paciencia de la espera, la orientación, la creatividad que emerge de ese abismo llamado aburrimiento, la memoria, la determinación para decidir, la decisión para resolver. La maravillosa oportunidad de equivocarnos.
En algún momento, las soluciones que encontramos a través de la tecnología nos hicieron olvidar que errar es humano.
A lo mejor, aún no perdimos esas capacidades. Pero cada vez tenemos menos ocasiones para ejercitarlas, y las capacidades humanas tienen una característica bastante ingrata: si dejamos de usarlas, se debilitan.
Tal vez todos empezamos a sentir cierta incomodidad frente a aquello que no viene acompañado por instrucciones. El asunto es el tiempo que demanda un proceso cuya gratificación llega a largo plazo: una cosa es la incomodidad frente a aquello que viene sin instrucciones; otra es no aceptar tomarnos el tiempo para leerlas.
A veces, ansiamos saber cómo hacerlo bien antes de hacerlo. Queremos llegar al resultado sin atravesar demasiado el camino. Pero hay procesos que no pueden saltearse porque el aprendizaje ocurre, precisamente, mientras los atravesamos. La experiencia no funciona como un instructivo que uno puede leer completo antes de empezar. Existe algo que sólo se revela después del primer movimiento, y algo más que aparece recién cuando ese movimiento sale mal.
Una palabra francesa describe bastante bien esa manera de avanzar. Tâtonnement, proviene de tâtonner: tantear. Buscar con las manos. Avanzar como quien se mueve en la oscuridad y necesita tocar aquello que tiene alrededor para descubrir por dónde seguir.
La palabra terminó nombrando también un procedimiento: llegar a un resultado mediante intentos sucesivos, aproximaciones, correcciones. Avanzar a tientas.
La imagen me resulta precisa porque nadie que avanza a tientas permanece quieto por miedo a golpearse. Extiende una mano, da un paso, se equivoca, corrige la dirección, vuelve a avanzar. No conoce el recorrido, pero lo descubre recorriéndolo.
Sospecho ahora que por eso aquellas preguntas de mis estudiantes me inquietaban más de lo que entonces podía explicar. No era simplemente que necesitaran ayuda, porque todos la necesitamos cuando aprendemos algo. Era que empezaba a desaparecer cierta disposición a dar el primer paso sin tener la seguridad del segundo.
El tâtonnement exige aceptar por un momento que no sabemos, que una decisión puede ser equivocada. Aceptar incluso que el error no siempre obliga a regresar al punto de partida, porque a veces abre un camino que antes no habíamos visto.
Existen conocimientos que pueden transmitirse, pero también los que necesitan experimentarse. Podemos explicar qué significa perder, pero la derrota es otra cosa. Podemos explicar cómo se ama, pero el amor es otra cosa. Podemos enumerar los cuidados que requiere un hijo, escribir manuales, escuchar consejos, estudiar teorías. Después llega una criatura al mundo y alguien descubre que también deberá aprender a ser padre o madre mientras ya lo está siendo. La vida nos toma examen mientras todavía estamos estudiando, y acaso por eso sea un enorme tâtonnement.
Durante esa década de docencia repetí muchas veces que el error era un amigo, hoy lo expresaría de otro modo: hay cosas que sólo aprendemos después de hacerlas mal. Aprender consiste, pienso, en desarrollar el coraje suficiente para avanzar aun cuando nadie pueda asegurarnos que el próximo paso será el correcto.
(*): periodista y docente.






