Fernando Rosso
El jueves a la noche asistimos a una escena extravagante. Javier Milei, el presidente que se cansó de elogiar a Margaret Thatcher. El que recordó que Thatcher había peleado una guerra y la había ganado. El presidente que alguna vez imaginó una "recuperación" de las islas porque los kelpers terminarían eligiendo a la Argentina "con los pies". Ese Javier Milei apareció por cadena nacional para hablar de soberanía, de "población implantada", de derecho argentino sobre las islas.
Y no habló solo. De alguna manera, también habló Donald Trump a través suyo. Porque la cadena nacional llegó después de que el presidente de Estados Unidos dijera que estaba "revisando" la posición norteamericana sobre Malvinas.
Ahí empezó el entusiasmo de los profesionales del comentario político. Analistas que hablaron de una jugada brillante. Periodistas que descubrieron un Milei inesperadamente nacional. Dirigentes opositores que dijeron que había llegado tarde, pero que por fin había llegado. Y una parte del peronismo que prácticamente le concedió que había girado 180 grados. Y bienvenido sea.
Pero la cuestión está mal formulada. El tema no es tiempos, no es si Milei llegó tarde. El problema es adónde llegó. Porque para afirmar que alguien llegó tarde a una posición hay que suponer que finalmente terminó llegando a esa posición que se considera esencialmente correcta. Y todo indica que Milei sigue parado exactamente dónde estaba. Del lado de Estados Unidos.
Empecemos por Trump. No descubrió ahora que existe una ocupación británica en el Atlántico Sur. Mucho menos se transformó repentinamente en defensor del derecho argentino sobre Malvinas. Trump abrió la posibilidad de revisar la posición norteamericana en medio de otra pelea. Una pelea con sus propios aliados.
En particular, en el contexto de las diferencias con gobiernos europeos por la estrategia norteamericana contra Irán y por cómo repartir los costos militares dentro de la OTAN. Es decir: Washington puso a Malvinas sobre la mesa como una ficha dentro de una negociación entre potencias.
Ese es el primer dato. Para Argentina, Malvinas es una cuestión de soberanía. Para Estados Unidos puede ser una carta diplomática. Hoy puede utilizarla para presionar a Londres. Mañana puede guardarla. Pasado mañana puede cambiarla por otra cosa.
Porque las grandes potencias no tienen amigos. Tienen intereses permanentes.
Y los intereses de Estados Unidos en esta parte del mundo son bastante concretos: el Atlántico Sur, la Antártida, las rutas marítimas, los bienes naturales comunes, la energía, la disputa estratégica con China.
La posibilidad de reforzar su presencia militar y logística en una región que Washington considera parte de su área de seguridad hemisférica.
Después está el petróleo. Porque escuchando al Gobierno parecía que alguien hubiera descubierto esta semana que empresas extranjeras exploran y explotan hidrocarburos alrededor de Malvinas.
Pero no. El proyecto Sea Lion existe hace años. Controlado por Navitas Petroleum y Rockhopper Exploration.
Y la Ley 26.659, que establece sanciones contra la exploración y explotación hidrocarburífera no autorizada en la plataforma continental argentina, existe desde 2011. El Gobierno ahora modificó procedimientos para acelerar y ordenar la aplicación de esas sanciones.
Y acá vuelve la discusión sobre si "llegó tarde". No. Milei no llegó tarde. Milei está tratando de apropiarse de una causa que contradice toda su política.
Es diferente. Porque mientras pronuncia la palabra soberanía, su Gobierno intentó derogar la Ley de Tierras mediante el DNU 70. Impulsó el RIGI para conceder beneficios extraordinarios y estabilidad a grandes inversiones. Reformó la legislación hidrocarburífera. Avanzó con privatizaciones. Puso activos y empresas públicas estratégicas bajo programas de venta o incorporación de capital privado.
Y construyó una política exterior de alineamiento automático con Estados Unidos e Israel.
Entonces, ¿cuál sería exactamente el giro soberanista?
Ahí está la trampa de decir que "llegó tarde". Porque Milei no pasó del entreguismo a la soberanía. Intentó envolver una política de subordinación en una bandera argentina.
Y hubo opositores que compraron el envoltorio.
También apareció una fascinación bastante particular en una parte del periodismo. "Gran movimiento." "Excelente jugada." "Corrió a la oposición."
Todo análisis de táctica política tiene derecho a existir. Si una operación sirve para cambiar de tema, la primera pregunta debería ser cuál era el tema que el Gobierno necesitaba cambiar.
Porque esta cadena nacional tampoco cayó del cielo. Llega en un momento en que el proyecto económico empieza a chocar cada vez más con sus propias consecuencias. Endeudamiento familiar. Salarios detonados. Problemas de empleo. Crisis industrial.
Entonces aparece Malvinas. Una de las pocas causas capaces de atravesar casi todas las identidades políticas argentinas.
Y aparece la convocatoria a la "unidad nacional". La unidad nacional detrás de Trump.
Una política soberana sobre Malvinas tendría que empezar por todo lo que Milei entregó: por el petróleo, por el gas, por los puertos, por la tierra, por monopolio privado del comercio exterior, por la deuda odiosa.
Y no existe soberanía nacional si la estrategia para enfrentar al colonialismo británico consiste en pedirle ayuda al imperialismo norteamericano. Éste es el punto que separa una política soberana de una impostura soberanista.
La causa Malvinas no pertenece a Milei. Tampoco pertenece a los militares que intentaron apropiársela en 1982 con el mismo verso de que EE.UU nos iba a ayudar. Y mucho menos pertenece a Trump.
Es una causa contra una ocupación colonial. La recuperación de Malvinas solo puede pensarse como parte de una política independiente de Gran Bretaña y también de Estados Unidos.
Independiente de las multinacionales que saquean los recursos del Atlántico Sur y del continente. Independiente del FMI. Y apoyada en la fuerza social de quienes no tienen ningún interés material en vender el país: los trabajadores y los sectores populares.
Porque hay una contradicción que ningún discurso puede resolver. No se puede entregar el continente y prometer recuperar las islas. No se puede entregar los recursos estratégicos y hablar de soberanía. No se puede colocar a la Argentina detrás de Washington y presentarlo como un camino hacia la independencia nacional.
Y por eso no puede haber unas islas Malvinas soberanas de la mano de Milei y Trump. Lo de Milei más que una genialidad fue algo mucho más elemental: un manotazo de ahogado.






