Roberto Molinari
Uno siempre está a favor del desarrollo bien entendido: aquel cuyo horizonte es el bienestar de la sociedad y cuya economía aprovecha los recursos y capacidades disponibles sin afectar los necesarios para el futuro, procurando incluso potenciarlos.
Por esa razón existe la planificación del desarrollo. En toda planificación resulta necesario realizar una primera etapa situacional que permita conocer nuestro estado actual: ¿quiénes somos?, ¿qué nos caracteriza?, ¿cuáles son nuestros valores y recursos vitales?, ¿en qué estado se encuentran?, ¿cuáles son nuestras principales dificultades y problemas? Son interrogantes que, de alguna manera, aplicamos también en nuestra vida individual, familiar y empresarial.
No partimos de la nada. Al igual que todos los organismos, los humanos, formamos asociaciones, comunidades y naciones. Y nos enfrentamos a cuestiones esenciales: sobrevivir, realizarnos con bienestar y reproducirnos. En ello nos emparejamos con las demás especies. Sin embargo, nos diferenciamos dentro de nuestra propia especie por las distintas formas en que los grupos humanos entendemos y construimos la realidad.
Allí aparece un componente principal de nuestra diversidad: la cultura. Muchas veces la definimos por aquello que “la muestra” —las formas de representarnos, vestirnos, edificar, trabajar, poblar o hablar—, pero todo ello proviene originalmente de nuestra manera de pensar, ver y entender la vida y la realidad: lo que comúnmente denominamos cosmovisión, particular a cada cultura.
De acuerdo con cómo imaginamos y entendemos la realidad surgen diferentes religiones, sistemas de valores y creencias, y de todo ello resulta nuestro mundo material e inmaterial: cómo construimos el entorno, producimos, comemos, nos vestimos y diseñamos nuestras casas, barrios o ciudades.
Con esta perspectiva podemos abordar la relación entre la protección del patrimonio y la actividad turística, tomando como caso de análisis a la ciudad de Colón, fuertemente caracterizada por estas dimensiones de la realidad local, aunque el tema podría extenderse a numerosas ciudades del oriente entrerriano.
La actividad turística local es impulsada fuertemente como política de Estado y constituye uno de los pilares de la economía del lugar. Existe alrededor de ella un tejido de medios y capacidades para desarrollarla: prestadores de servicios turísticos, gastronomía, hotelería, transporte, etcétera. No son éstos los atractivos de valor sobre los cuales se nutre el interés del visitante, pero sí las herramientas necesarias para atender sus necesidades durante la estadía.
Si volviéramos a aquella primera etapa de la planificación ¿quiénes somos?, ¿qué nos caracteriza?, ¿cuáles son nuestros valores y recursos vitales?, no podríamos decir que la identidad de Colón está constituida por determinado número de restaurantes, empresas turísticas, hoteles o cabañas. Deberíamos comenzar por analizar qué hace diferencial y único a Colón en términos de cultura y naturaleza local, cuya representación constituye el patrimonio y la identidad: el tesoro que enciende y hace andar uno de los principales motores del desarrollo de la ciudad.
No es aquello que sólo nos refiere al pasado: es el continuo entre el pasado y el futuro. No deberíamos protegerlo únicamente como un deber normativo, sino como un recurso activo del desarrollo. Es aquello que no puede ser sustituido ni reemplazado en otro lugar: la historia, las formas de habitar, las arquitecturas, los paisajes urbanos, las tradiciones y relatos, los saberes y las expresiones artísticas; todo lo material e inmaterial que constituye la identidad local.
Mientras los servicios turísticos pueden multiplicarse y mejorar —y necesariamente deben hacerlo—, es el patrimonio y la identidad de Colón lo que hace singular la experiencia del visitante. Transmitimos algo propio e irrepetible. Y gestionarlo puede generar conocimiento, empleo, actividad económica y apropiación comunitaria, integrándose inteligentemente a las dinámicas contemporáneas como parte sustancial de la estrategia de desarrollo.
Con esa visión, patrimonio y turismo no deberían pensarse como dos aspectos separados. El turismo puede ser una extraordinaria herramienta para el conocimiento, la difusión y la sostenibilidad del patrimonio, mientras éste puede constituir uno de los principales fundamentos de un modelo turístico con fuerte identidad, capaz de diferenciar a Colón frente a una oferta cada vez más numerosa y homogénea.
No sería entonces “qué atractivos podríamos ofrecer al turista”, sino cuáles son nuestros valores propios que debemos cuidar, interpretar y poner en circulación: aquello a través de lo cual nos reconocemos como comunidad y somos reconocidos por los otros, visitantes u otras comunidades.
Una ciudad no se convierte necesariamente en “turística” por poseer y ampliar servicios para la estadía del visitante. Se vuelve sustancialmente atractiva cuando tiene contenidos de valor para ofrecer, contar y disfrutar: todo aquello que hace que la experiencia de estar allí no pueda trasladarse a cualquier otro lugar
Siguiendo el hilo de la planificación, un ligero diagnóstico mostraría que existen suficientes medios y capacidades para el desarrollo turístico, mientras que aquello que representa al patrimonio cultural local requiere equilibrarse en términos de protección y puesta en valor. En la etapa propositiva surgiría, por lo tanto, la necesidad de priorizar esa protección y puesta en valor para expandir, innovar y sostener uno de los principales recursos del desarrollo.
Se trata de reconvertir una visión muy arraigada, pero de poca certeza, según la cual la protección del patrimonio sería una limitante para el desarrollo. Deberíamos comenzar a reconocerla como una de sus condiciones de viabilidad.
Una ciudad no se convierte necesariamente en “turística” por poseer y ampliar servicios para la estadía del visitante. Se vuelve sustancialmente atractiva cuando tiene contenidos de valor para ofrecer, contar y disfrutar: todo aquello que hace que la experiencia de estar allí no pueda trasladarse a cualquier otro lugar. Eso no se fabrica de un día para otro ni se consigue en el mercado; es el resultado de una historia, de una comunidad y de una manera particular de construir y habitar un territorio. Por eso, “proteger” esos contenidos y ponerlos en valor no es mirar hacia atrás: es entender el sentido de un lugar desde el pasado, en el presente y, sobre todo, hacia el futuro.
Así, el interrogante no debería ser cuánto estamos dispuestos a invertir para conservar lo que nos representa -el patrimonio- sino cuánto estamos dispuestos a perder si no lo hacemos. Porque allí puede estar una de las claves del desarrollo futuro de Colón: lo que nos hace únicos no es un obstáculo para crecer, sino tal vez lo más valioso que tenemos para hacerlo, con identidad, con inteligencia y con futuro.
(*) Roberto Molinari es antropólogo, consultor en gestión del Patrimonio Cultural, Planificación Estratégica y Patrimonio Mundial, miembro de la Agrupación Patrimonio e Identidad Colonense (PIC).






