Un plebiscito cocinado a fuego lento

Mario Wainfeld: “La derrota electoral rotunda, con pinta de irreversible, es el remate de años en que se cuecen a fuego lento las condiciones económicas, sociales y culturales que preceden a las elecciones”.

Mario Wainfeld: “La derrota electoral rotunda, con pinta de irreversible, es el remate de años en que se cuecen a fuego lento las condiciones económicas, sociales y culturales que preceden a las elecciones”.

Por Mario Wainfeld (*)

 

Sigue siendo verdad que el oficialismo es mejor haciendo campaña que gobernando. El problema, para el presidente Mauricio Macri y su equipazo, es que una amplia mayoría popular decidió el voto tomando en cuenta cómo gobierna. La economía real, las vivencias personales-familiares-laborales, los padecimientos, los despidos, la estanflación prevalecieron sobre los recursos discursivos o publicitarios.

La propaganda M distorsiona o miente.

Otro modo de equivocarse es mirar la realidad minuto a minuto, leer la historia (así sea la de corto plazo) como si fuera una saga de títulos de diario. A título de imagen: la historia -aún en tramos cortos- se parece más a un campeonato largo de fútbol que a un partido. Se extravía quien desdeña la prospectiva sin recordar ni siquiera el presente cercano (un semestre o un año u bienio atrás).

 

El espejismo del cheque en blanco

 

La derrota electoral rotunda, con pinta de irreversible, es el remate de años en que se cuecen a fuego lento las condiciones económicas, sociales y culturales que preceden a las elecciones. Macri empezó a perder legitimidad de ejercicio en lo que pudo ser su mejor momento: cuando venció en la votación de medio término en 2017. Creyó haber recibido un cheque en blanco cuando se le refrendaba (nada menos) la confianza dispensada en 2015.

Lanzó una ofensiva neocon con medidas para “n” años, promovió la reforma jubilatoria y la laboral. Ésta fue frenada por el consorcio entre kirchnerismo, gobernadores peronistas y las centrales obreras con la Confederación General del Trabajo a la cabeza. Tanto la CGT como casi todos los gobernadores venían siendo transigentes, negociando, concediendo… Modo de obrar discutible y hasta reprochable pero que no equivale a aceptar ser esclavizado, puesto de rodillas o como quiera llamarse.

Respecto de la reforma jubilatoria baste decir acá que nadie juzga la bondad de una ley que atañe al bolsillo de los ciudadanos por cómo titulan los diarios del día posterior a la aprobación parlamentaria. “La gente” quizá no entienda (ni preste atención) los firuletes del debate. Pero sí está atenta a cuanto le toca cobrar en meses sucesivos y cuanto consigue comprar.

La crisis de abril del año pasado, la primera de las tres corridas cambiarias del mandato presidencial, catalizó el nuevo escenario.

El acuerdo con el Fondo Monetario Internacional (FMI) fue un manotazo de ahogado, no una panacea: la economía real cayó en picada. En agosto del año pasado se padeció la segunda corrida ajena al ascenso de Alberto Fernández. En aquel estadio, como ahora, el Gobierno anunció medidas que describió con la palabra clave “alivio” repetida hasta el hastío en esta semana.

La brutal crisis auto infligida se negaba en el Gobierno y se maquillaba en los medios afines.

El círculo amarillo que entorna a Macri leía las encuestas y tomaba en solfa la marejada social que se pronunciaba en las calles y las plazas. La acción directa que copó el espacio público fue subestimada o ninguneada por ajenos y también por varios propios. Merece un subtítulo y algo más.

 

Subtítulo masivo

 

Las movilizaciones signaron la era macrista. Muchedumbres bulliciosas, pacíficas, coparon calles y plazas coreando consignas creativas, resistiendo con aguante y gracia. Se sucedieron demandas diversas que fueron reivindicadas por diferentes colectivos. La socióloga María Pía López publicó una aguda y bella semblanza anteayer en Página 12.

Mencionemos algunos, sin agotar el inventario. Los sindicatos, las dos CTA, a veces la CGT (tan intermitente cuan poderosa), las organizaciones sociales, los usuarios perjudicados por el tarifazo, los familiares de Santiago Maldonado, Rafael Nahuel o los tripulantes del ARA San Juan, los movimientos feministas, quienes repudiaron el 2x1, conferido por la Corte Suprema a los represores… cientos de etcéteras.

Por cierto, un “elenco estable” de militantes participa en muchas de esas movidas, pero no son mayoría ni las hegemonizan. Pusieron el cuerpo personas que nunca habían ocupado el espacio público para reclamar. Solo para dar contados ejemplos: los laburantes despedidos, los vecinos damnificados por tarifazos y apagones, estudiantes y docentes sin práctica política previa.

El jefe de Gabinete Marcos Peña y su jauría de trolls o repetidores de viva voz suponían que atribuir todo “al kirchnerismo” era suficiente para desacreditar a los actos y bajarles el copete a los reclamantes. Fra

Creaciones como los “verdurazos” de todo tipo escenificaron la devastación de la economía solidaria y las producciones regionales. Quién le dice, ojalá, abrieron una hendija para promover nuevas formas de producción y comercialización de alimentos básicos, más baratos y sanos. Un gobierno popular tendría que dinamizar ese legado involuntario del macrismo.

El abanico de reivindicaciones fue encarnado por minorías conscientes, dignas, cuya composición iba variando: la revuelta ciudadana es policlasista, multicolor desde el punto de vista político, transversal en lo partidario, se expande en toda la Argentina. Erosionó al gobierno sin estallidos ni agresiones, lo fue desenmascarando.

Agentes de los Servicios de Inteligencia infiltraron varias marchas y produjeron actos violentos para inculpar a los participantes. Las policías bravas reprimieron con saña. Les fue imposible frenar la oleada, amedrentar a les ciudadanes. La narrativa gubernamental (“la violencia K”) perdió acogida salvo entre su propia grey o un puñado menguante de incautos.

La principal oposición a Macri fue la protesta protagonizada por millones de compatriotas: un sujeto multiforme puesto de pie, convencido de tener derechos, en gran medida plebeyo. Los partidos políticos con potencial para ser mayoría tardaron más en reagruparse y resignificarse.

 

Del achicamiento al Frente

 

El kirchnerismo sobrevivió a la derrota en las elecciones de 2015. Enflaquecido por propia voluntad desde 2011 lo achicaron más las deserciones y transfugueadas posteriores al triunfo de Macri.

Cristina capeó la ofensiva judicial-mediática azuzada en complicidad con el Ejecutivo. Conservó su liderazgo sobre una base social fiel que la respeta y la sigue. No pudieron eyectarla de la escena política, no se fue a su casa, no se rindió. Conservaba primacía en una fuerza potente más no tanto como para desbaratar el proyecto electoral del macrismo: repetir el cuadro electoral de cuatro años atrás. Sin Cristina no se podía, pero con ella sola no bastaba, rezaba un sensato sentido común. Ella rompió el encierro con dos maniobras sorpresivas, inéditas: el best seller como puntal de campaña y la decisión de no ser candidata presidencial. La fórmula con Alberto Fernández a la cabeza constituyó una autocrítica, aunque no se la enunciara así. Se rearmó el peronismo, se re-convocó, reagrupó, depuso enconos. matizó posturas y programas. Sumó. Los compañeros dirigentes creyeron en la promesa. Ese fue el día en que empezó la campaña, no el de lanzamiento de los spots: con Alternativa Federal desguazada, el macrismo anonadado y el peronismo fortalecido.

Los sabios de la tribu dictaminaron que la respuesta de Macri, sumando a Miguel Pichetto (algo así como una infidelidad transformada en matrimonio) empardaba el enroque de Cristina. De nuevo, una traducción exprés que no medía el impacto práctico dentro del peronismo y la sociedad civil.

El cierre de listas, turbulento y con errores (como todos, en mayor o menor medida) no destruyó la solidez del Frente de Todos (FT) porque nadie se alejó “herido” para colgarse de la “ambulancia” conducida por Pichetto. Esa ambulancia no hubiera llevado a ningún lugar interesante: como mucho al furgón de cola de Cambiemos.

Permanecer en el espacio peronista era más práctico además de acorde con la propia identidad. Y, dato nada menor, sintonizaba a los gobernadores e intendentes con la voluntad de sus comprovincianos, expresada en las elecciones locales, en las visitas de funcionarios nacionales, en los barrios.

Cristina se cuidó para no eclipsar a Alberto en campaña. Mantuvo un discreto segundo plano, dividiendo roles, situada en Santa Cruz en el día de la goleada, silenciosa esta semana. Los memoriosos saben que supo controlar su protagonismo durante toda la presidencia de Néstor Kirchner dejando patitiesos a quienes la sospechaban incapaz de abandonar el centro de la escena. Las circunstancias difieren muuuucho pero la convicción y la destreza se mantienen.

El resultado del enroque impresiona, haciendo juego con el plebiscito. Macri, los empresarios, seguramente los enviados del FMI quieren hablar con “Alberto”. Los medios lo siguen, subrayan sus aciertos, sus afirmaciones, sus silencios. La “teoría Chirolita” se desvanece porque los dos términos de la fórmula y los principales dirigentes del FT obran de consuno. Lo que es posible, entre otros factores, porque están convencidos sobre quién será el presidente si se ratifica el veredicto de las urnas.

 

El pueblo, los mercados y Macri

 

Una proporción alta de la sociedad, mayoritaria o filo mayoritario (el escrutinio definitivo lo corroborará) precisaba encontrar la herramienta política para expresar rechazo, broncas, cansancios, esperanzas. Para votar en defensa propia frente a un gobierno que los deja en condiciones peores que cuando llegó.

“Los mercados” armaron una tramoya el viernes 9. Miserable seguro, acaso ilegal. El economista neocon Martín Tetaz refrescó una frase sugestiva antes del comicio: “los mercados a veces conocen el futuro porque lo causan”. El lunes 12, una cantidad pequeña de “jugadores moviendo solo 500 millones de dólares causaron una devaluación brutal, La información oficial disponible no permite saber cuántospero sí que hubo menos operaciones que lo habitual. Apueste lo que quiera, fueron unos pocos.

El Gobierno los dejó hacer porque ansiaba la corrida financiera para que Macri culpara y amenazara a los votantes del kirchnerismo. Fue premeditado: el presidente jamás improvisa sus discursos. Desde el primero de marzo interpreta con fallas los guiones: se “saca”, grita desencajado, carajea, revela demasiado su idiosincrasia, pero el eje argumental se redacta de antemano. Si se observa bien, Macri nunca retractó la extorsión: “si siguen eligiendo así el mundo los va a castigar”.

La corrección del miércoles tributa a lecturas de encuestas, de reacciones del propio establishment y de dirigentes de Cambiemos. Las decisiones -interinas, módicamente paliativas- son en general bienvenidas, aunque no compensarán la devastadora inflación anterior y posterior al urnazo.

Las peleas intestinas son clásicas después de la derrota… Juntos por el Cambio no hizo excepción. La conflictividad interna crece, se buscan culpables.

Los candidates que siguen en carrera --en especial los que disputan intendencias o gobernaciones-- diseñan tácticas propias, para evitar que el diluvio inunde sus bastiones.

 

Voces y silencios

 

Quien quiera oír que oiga, repasemos.

* Vox populi: se dejó oír, fue argentina, clara y valiente.

* Macri y la diputada Elisa Carrió hicieron alarde de barbarie, violencia, desprecio al adversario (dos tercios de los argentinos).

La alusión jocosa de “Lilita” al asesinato del gobernador rionegrino Carlos Soria y las carcajadas del gabinete ampliado valen como autorretrato del oficialismo “republicano” y su respeto al adversario, al otro. Dichos reflejos sinceros, la presencia amenazante de la ministra Patricia Bullrich o del serpentario de Comodoro Py avivan resquemores sobre los meses que vendrán.

* El FMI guardó silencio. Se ignora si instruyó al Ejecutivo y al Banco Central en estos días o si se abstuvo. Las medidas del gobierno contradicen el acuerdo que es pilar de la política económica. Y una mala copia jibarizada de lo que haría Alberto Fernández si llegara a la Casa Rosada, con convicciones, estudio, apoyo de organizaciones sociales y sindicales, conocimiento del mundo popular.

En eso estamos, a una semana de una jornada histórica que produjo un resultado anómalo, un cisne negro. Especie ésta muy típica de la Argentina.

 

(*) Este artículo de Opinión de Mario Wainfeld se publicó en la edición de hoy del diario Página/12.

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