Un cuento para dormir

Por Carmen Úbeda (*)

Imperioso para la existencia

“Contame una historia/ mentime al oído/ la fábula dulce de un mundo querido, soñado y mejor.”

“Volcame en la curda que me haga sentir/ que aunque el mundo siga girando a los tumbos/aun vale la pena jugarse y vivir”.

La sustancial actualidad de Eladia Blázquez devela más sentido que cualquier otra línea de la sociología contemporánea. Desde el origen, el ser humano necesitó un “relato” que lo movilice, le marque la perspectiva de un pasado, las prioridades del presente y las proyecciones hacia el futuro. De otro modo, su existencia sería más frágil aún y su camino más errante y sin norte. Para decirlo sumariamente, es lo que les dio y les da razón de ser a los mitos, a las creencias, a las leyendas y hasta a los mismos libros sagrados de las religiones. Más ilusoria que estas afirmaciones es la concepción del “carpe diem”. Vivir  el momento  y celebrar la alegría no se dan sino en el marco de una historia de la que se viene y a la que se quiere llegar, se cumpla o no. Ese cascote con conciencia, según las palabras de Pablo Feinmann, respira y camina cuando hay un propósito.

Con sus claroscuros, con su virtuoso manejo de la mentira, con el sagaz ocultamiento de las verdades, con sus conos de luces y de sombras, con sus muy bien disimuladas contradicciones y con su insoportable egolatría, Cristina Fernández de Kirchner, la única líder real en Argentina sino también en América Latina (se adhiera o no a su presunta ideología), sigue siendo tal precisamente porque parece comprender como nadie que el ser humano necesita que le cuenten cuentos para dormir tranquilo. Su última intervención en la causa por el Memorándum con Irán así lo demuestra (dedicó más de una hora al ataque y cuarenta segundos a la defensa. Sabe muy bien que no hay mejor defensa que un buen ataque y lo armó como un perfecto “cuento”).

El grueso de un público poco instruido en las incumbencias de un juicio oral, sea o no seguidor de la acusada, seguramente fue atrapado por su retórica, sólo habrán quedado afuera los francamente opositores. No es lo que sigue una versión interpretativa o una mera opinión. Corresponde a su propia voz. En ocasión de desplegar una severa crítica  a los “funcionarios que no funcionan” (no una sola vez), en off le confesó a un allegado con la jerga vulgar a la que a veces la lleva su enojo que “no sólo no funcionan sino que estos p… no saben contar… la gente necesita cuentos, che, para tener esa esperanza que a estos cosos no se les cae de la boca…”. Esos “cuentos” forman identidad sin la cual el ser humano además de andar rengo anda ciego. Son relatos compartidos que organizan la existencia. Es de necios negarlo.

P.A.S.O. al galope

Mucho más cercano en el tiempo y en ocasión de un debate doméstico entre sus próximos del Instituto Patria donde se barajaban nombres para las intermedias, CFK hizo otra vez ostentación de esa seguridad que es la que le otorga tanto poder (más allá del voto cautivo). “Ustedes jueguen con los candidateables que quieran… guay de que yo no tenga quórum en el Senado, así que vuelvan a tenerme un poquito de miedo, che…”. “Espero que hasta el 24 no tenga que meter el dedito yo… porque los quiero fieles, leales, incondicionales… Sí, quédense tranquilos, ya vamos a acordar los nombres…, pero acá lo que se juega es un sello”. Alguno de los presentes le murmuró al oído: "y el “ello sos vos”. Ella contestó algo inaudible. Asimismo, cada vez son más fuertes las versiones de su enconado enojo sobre la política económica y nuevamente la calidad de algunos funcionarios. “Hay que sanear ese gabinete, che…”. También sabe por los hombres de su inteligencia personal que hay un intento de fortificar algunas filas más inclinadas hacia Alberto. El cisma es impensado simplemente porque desbarataría su propio poder, pero se comenta que Alberto necesita más de vigor y apoyo para negociar desde una posición algo más pareja. Es este mar de fondo el que en los últimos días la ha alterado como un pez en el remolino. De todas maneras, ni analistas ni electores deben pensar que se van a producir cambios radicales. Será el gatopardismo de siempre…   

Más allá de los humores de quien es pilar del Frente de Todos, sobre la base de varios “focus group” a los que quien escribe tuvo acceso, las próximas P.A.S.O. y aún las generales, serán plebiscitarias, como nunca antes. Siempre tuvieron esta característica en parte, pero ahora dependerá  de los beneficios, de la atención, de los esfuerzos ulteriores que en materia económica se realicen “para mejorar la vida de la gente, che…”. Palpar un billete más o sacarlo del bolsillo es tanto para el Frente de Todos como para una enorme masa crítica ¿mejorar la vida de la gente? De la pobreza y del enorme socavón en que cayó la clase media laboriosa tras la pandemia no se sale únicamente con liquidez. Entiéndase bien, no únicamente, porque hay un entramado de factores múltiples que se pueden ejemplificar nombrando sólo tres: trabajo, educación y control. La experiencia y el ejercicio comparativo riguroso de quien escribe dan fe de lo aseverado (motivo de un largo artículo que puede resultar tedioso para este mundo telegráfico de las redes).

A pesar de todos los factores lógicos y no lógicos que se han considerado aquí, los tres días posteriores a septiembre y aún a noviembre pueden ser de un rumoroso bullicio que disiparán las horas y sólo importará la voz de lo cotidiano: los precios, las tarifas, los aumentos, las vacunas, la inflación, el dólar, la peste… 

Sin ideas y sin vergüenza

La incertidumbre es la materia prima del ser humano y, por tanto, la máxima definición de su existencia. Brujos, gurúes, chamanes, sacerdotes, profetas y mesías han tenido el autodesignio de acallar la desesperación junto con la palabra inscripta en los libros considerados sagrados y que son, a modo de oráculo, de consulta permanente. Ellos dan o crean la ilusión de que son las respuestas a insondables interrogantes. Aún el máximo agnóstico debe aceptar  que, de algún modo, el hombre ha mantenido su impulso vital por estos pilares indestructibles. Persuadidos de que lo anterior es relativamente verdadero, vale preguntarse, si siendo la incertidumbre una constante y el sentido resbaloso y lábil ¿qué ocurre con la integridad del ser humano cuando debe enfrentar  imprevistos que la hacen intolerable, hechos o dichos que la exacerban y/o vacilaciones que la refuerzan? Se hunde en el miedo, en la ira o en la desesperanza, pero siempre está demandando respuestas. Entonces, la vida concebida desde lo colectivo  es una sucesión de preguntas más o menos intensas y respuestas más o menos sustanciales.

Si como se dijo, a esa incertidumbre original se le agregan imprevistos que la hacen intolerable, el individuo tanto como el cuerpo social requieren aportes para minimizarla. Naturalmente y después de milenios de entendimiento de la polis, el catalizador idóneo es la política o, para mejor decir,  los hombres encargados de ejercerla (lo colectivo no es una entelequia, es un conjunto de individuos cuya suma puede ser mayor a los factores, pero es difícil negar que está compuesta por individuos de máxima, media o escasa calidad humana, sin por ello generalizar, y no de otro lugar surge el hombre político). La herramienta secular más evidente de la política es la retórica: un aporte, como se dijo, para contrarrestar las señales fuertes de la incertidumbre. 

Este imprevisto en la segunda década del siglo XXI, está en conocimiento del lector aunque no se la nombre, fue, es y quizás será la pandemia provocada por un organismo incomprensible que al matar muere e igualmente busca al ser humano para morir allí, junto con él. Así percibida, la peste se vuelve más desesperante, más misteriosa y con grandes tentaciones de darle un contenido sagrado, como harían nuestros antepasados ante lo incomprensible. ¿Quién si no el hombre político, en las sociedades modernas, tiene la obligación y también el goce de trasmitir confianza en momentos de altísima incertidumbre? Esta responsabilidad no corresponde solamente  a estos períodos de catástrofes, también a todos los momentos en que un sujeto se erige como representante de otros. Si además se le agregan a esta instancia contaminantes endémicos como la guerra de castas, el rumor, la contra, la sobre o la desinformación, la opinión entrecruzada, el conventillo digital y la chusma boca a boca movida por la ignorancia, la palabra del político debe ser un enunciado constante y tranquilizador.

Sin cadenas nacionales sino próxima (respetando los protocolos) desde la tarea específica de cada uno de ellos. A pesar de lo cual, corresponde aquí señalar que, entrada la tercera década del siglo XXI, el concepto de representatividad es cada vez más fallido. Jean Boudrillard lo lleva a términos mucho más dramáticos cuando asegura (sobre finales del siglo pasado) “Asistimos al fin de la representación, cada uno está presente por él mismo y presenta su opinión. No lo representa nadie con lo que se liquida de hecho cualquier clase sacerdotal y se pone fin a la democracia representativa”.

La casta política sacerdotal existe arrogándose el poder de una representación inexistente lo que pone en crisis la esencia de la democracia, pero por motivos casi inconfesables hay un desmesurado miedo a pensar qué sirve y qué no sirve de la democracia. Si el propósito de la clase política es la continuidad legítima de esa representación, el esfuerzo es doble: debe encontrar denominadores comunes y contar un “cuento” convincente en el que también crea y ejecute. De la enorme galería de personajes políticos, sería injusto decir que ninguno apela a la retórica ni bien puede o los requiere la prensa. La evidencia señala que estas intervenciones verbales son, en general, la espuma de la más irrespetuosa insustancialidad. Triplemente irrespetuosa: para con el destinatario, para con la doctrina que dicen seguir y para con ellos mismos (la conclusión es que ellos no tienen vergüenza tampoco sustancia). El hombre común diría que “no se les cae una idea”. Sería más procedente decir que se les cayeron todas o que están afectados por otra epidemia del siglo: la pereza de pensar.  En tanto, si se considera sólo como parábola, un moribundo necesita como el aire la amorosa voz y la caricia de quien esté a su lado, pero también la cura posible sentida como certera de algún medicamento.

En momentos tan dudosos y precarios como este, el relato que el hombre necesita por naturaleza, es impostergable. La construcción de un universo simbólico que no ofrezca grietas y que no devenga en el “país de Alicia” sino que contemple posibilidades con un alto grado de seguridad en su realización. Un miedoso no necesita otro a su lado y, si es así, sólo es una presencia en la que se espeja y siente que no está solo. No es malo, peor es insuficiente.

Frente a la pandemia, Ángela Merkel expresó categórica que no puede haber lugar para las medias tintas, “el virus no negocia, no perdona, no se puede andar con titubeos y vacilaciones”. Tono,  materia y sustancia que empleó en toda su administración, no sólo durante la pandemia. Nada que no corresponda a un líder, pero bastante exótico como para encontrarlo con frecuencia, no únicamente en Latinoamérica sino en los 197 países que reconoce la ONU. La insustancialidad es una pandemia planetaria, igual que el Covid-19, porque no se juegan dos modelos, porque hay vaivenes geopolíticos inesperados e imponderables, porque hay polarizaciones nada más que simuladas, porque las diferencias entre ellos “son sólo morfológicas, no semánticas ni sintácticas”, en la extraordinaria metáfora  de Robert Dahl. Ocurre que el simulacro de confrontación y marcadas diferencias entre proyectos o ideologías es más fácil entre políticos de morondanga, cuando planetariamente y a pesar de su estupidez hay resortes geopolíticos que no terminan de ajustarse. Es muy difícil personalizar a quienes digitan los botones, pero sordamente el mundo se está armando de nuevo por arriba y por abajo. Por arriba, el manejo es extremadamente siniestro y, si se permite,  diabólico hasta en sus manifestaciones excéntricas, como el monstruoso Jeff  Bezos y su turismo espacial continuando con menos exóticos genocidios cotidianos en la tierra o con la repugnante acumulación y concentración de la riqueza. Aún en esta cima hay excepciones considerables.

Por abajo el mundo también  se arma de nuevo, a pesar de que la inconciencia y la ignorancia se extiendan como una mancha de petróleo en el mar. Como él, las masas recompuestas se limpian a sí mismas con periódicas mareas que entierran la resaca y vuelven a recuperar su limpieza. Cuando los arrepentidos de arriba y los limpios de abajo coincidan, el mundo cambiará inexorablemente. Una utopía muy lejana. Quizás venga bien, despojándolo de su tufo autoritario, aquello de Toynbee sobre la caída de los pueblos a raíz del deterioro de sus minorías creativas (se toma aquí minorías creativas como la clase política). Cuando estas minorías o estas clases dejan de crear, de aportar, de contar el “cuento”, los países quiebran y éstas se convierten en minorías dominantes.

El resultado es inevitable: la sociedad se divide entre los subordinados y los sublevados, anarquía o sometimiento. Entonces, ¿es o no imprescindible la existencia de un relato? No importa si es una palabra devaluada, denostada, vaciada. Es necesaria para mantener el difícil equilibrio de una sociedad cohesionada. CFK lo sabe, por eso lo demanda, sólo que el “cuento” debe incluirlos a todos, además de plantear una introducción, un nudo y un desenlace creíbles. “la tinta del sabio es casi más sagrada que la sangre del mártir”, para recurrir a un libro sagrado que da identidad a un tercio de la población planetaria.

Rebanadas de aire

Esperanza, futuro, ilusión, lucha contra el miedo, compromiso, participación son morfemas o palabras al viento que las lanzan todos por igual con el signo vintage y ridículamente nostálgico de quienes están ejerciendo la seducción no de sus congéneres sino de sus próximos electores. La palabra de Facundo Manes mientras no se candidateó era más apetitosa, más curativa y paradójicamente más científica (porque sabía vulgarizar la ciencia como nadie). La de ahora, ya lanzado a la boleta electoral como referente máximo de la UCR, utiliza sin pudor lugares comunes que, para aquellos que lo han seguido en su impecable trayectoria científica y educativa, resultan ofensivas. Con otros discursos de los tantos que se lanzan a la arena política (más bien polenta), se podría hacer un guiso con rebanadas de aire. Esa falta de consistencia, de sustancialidad, de materia, de espíritu, de principios, de propuestas factibles o lo suficientemente reformistas como para que produzcan un cambio, aun cuando su realización implique conflictos y obstáculos, se repite sin solución de continuidad desde el primer mandatario, sus ministros, pasando por legisladores de prestigio hasta el último de los funcionarios de cualquier jurisdicción.

La inconsistencia es la norma con escasas, pero rotundas excepciones. Como diría la vicepresidenta “no saben contar, che”. No saben ni siquiera armar la trama de una ilusión aunque no puedan convertirla en realidad, pero tampoco saben “contar” lo que sí realizan para ofrecer distintas “historias” que haría más previsible la vida de la gente. No comprometiendo el concepto de verdad, sería plantearse el homoironis de Byung Chul Han que utiliza el concepto del discurso del vendedor: un relato según el comprador. Cada vez venden peor y cada vez la gente compra menos. De alguna manera, Alberto Fernández lo hace, mejor dicho lo hizo bastante bien en el principio de su gestión, pero avanzados los días sus palabras son cada vez más vacías enlazadas por una lógica del absurdo. Vacilante y perturbado acumula furcios, lapsus, anfibologías y equívocas paráfrasis. Este decir, su retórica no puede separarse de su hacer que sigue los mismos carriles. Es vacuidad se acelera y multiplica cuanto más disiente con su aliada.

Un disenso contenido en on y ostensible en off, según versiones. Si algunos vieron al Presidente como un astuto oportunista y otros como una marioneta, a dos meses de las P.A.S.O., todo indicaría que acertaron los segundos, pero nada está terminado aún. No sólo no pudo manejar el poder sin ella o “fundar” el albertismo inexistente sino que hoy, buscando el apoyo de gobernadores francamente opuestos a Cristina Fernández, le cuesta cortar del todo los hilos de la marioneta, se enreda entre ellos, abre la boca cuando tiene que cerrarla y viceversa y camina cuando tiene que quedarse quieto y viceversa. Ninguna de estas metáforas desconoce el esfuerzo mayúsculo que ha hecho este hombre para acomodar los melones en el carro  ni desmerecerlo en su aparente bonhomía, pero es inevitable recordar sus ochos años de crítica mordaz a su “segunda” en la fórmula. Entonces, el buen hombre, algo débil, pero empático se desenmascara y queda como un fausto de morondanga que entrega su alma por el poder. En tanto, el sujeto de su tentación (el poder de CFK) maneja el escenario como quiere: con los vibratos brillantes  de Madame Butterfly o con sus seductores “mutis” por el foro. Lleva la mentira a su máximo esplendor, aunque suene paradójico: sabe mechar grandes mentiras con algunas verdades incuestionables. Esta no es una apología de la Sra. de Kirchner, es una descripción meticulosa de alguien que “no le pierde pisada”. Los integrantes de la oposición, salvo algunos más racionales y aburridos, no le van a la saga. No saben “contar”, mienten, pero no con el talento de la Sra. de Kirchner, a excepción, quizás, de Patricia Bullrich, la más hábil, la que “hace política desde el moisés”, como dice Jorge Asís. No es el caso de Elisa Carrió, a la que no es necesario seguirla como Sherlock Holmes: es una “gran decidora”, una cultísima mujer, una excelente constructora y destructora de casas de naipes, pero demasiado repetitiva. Desde que incursionó en la política que mece en sus brazos a la republiquita recién nacida, que hoy ya tendría 30 años, pero ni siquiera nació.

Sin ideas y sin vergüenza, es la constante, las variables son contrahechas. Quizás respondan a necesidades de juntar más garbanzo para el guiso, es decir, más cautivos del voto ya que la vicepresidenta expresó en un revuelto, no de huevos para el desayuno sino de información  recalentada o mal horneada, del trapero L-Gante (al que llamó “elegant”, en un francés criollo) una serie de mentiras dichas con devoción, como siempre: ni el chico tuvo esos millones de seguidores gracias a las netbook por ella repartida (ya que se la compró a un beneficiado que no la quería) ni ese “pibe” hijo de la periferia y la marginación es ejemplo para ningún par. Lejos de la discriminación, se lo excluye aquí como ejemplo, sólo se tiene en cuenta el nivel intelectual y existencial de estos chicos nacidos del abandono, de familias carentes y disfuncionales, de barrios cooptados por los “servicios” de la droga y por (fuera de la pandemia) los millones que han desertado de la escuela secundaria en el país. A pesar de todo, la campaña no para: alguien le dijo al oído al “traperito” que trapeara algo con el alfabeto y su madre confesó que también está elaborando otro similar sobre las tablas, pero “antes se las tiene que aprender” (sic). Otra vez la oposición no corre con desventaja: rápidamente si no con anterioridad, se abrazó a los hombros y a las palabras del híper convocado en los medios, intérprete de cumbia villera y de dichos desaforados, apodado  El Dypi. El periodismo, ese que da vergüenza llamarlo como esta profesión,  suelta “babas” regodeándose en sus bravuconadas tan peligrosas como siniestras. Este tema también es motivo para otro espacio.

La fiesta barroca de la mentira, la máscara y el simulacro no tiene dueños. Todos los pastores con  reducidos rebaños negocian sus tajadas. Ninguno se lleva el galardón de los máximos liderazgos ni siquiera la más hábil. Tanto un extremo como el otro y, considerando alguna aventura de la medianía, practican el mismo juego y cinchan por una “Libra de Carne”. Sociólogos,  “imagólogos”, “numerólogos”, “astrólogos”, dividen ligeramente en cuartos, como carneando una res, lo que equivocadamente hoy se llama el pueblo de la Nación (¿cuál?, ¿el unitario, el federal?, ¿el capitalino, el provinciano?, ¿el “open mike” u homofóbicos?, ¿el feminista, el antifeminista?, ¿el abortista, el antiabortista?, ¿el democrático, el autocrático?, ¿el populista, el republicano?, etc., muchas más etc.). Deja escaso lugar a dudas, que los opuestos polarizados de siempre se llevan más del cincuenta por ciento del país, pero ni los avezados gurúes atinan a saber qué hará el resto.

Los que se salvan

Esa a la que mediáticamente llaman gente repite con demasiada asiduidad “todos están locos”. Habría que contraponerles aquella vieja frase de Flynn “No importa tanto la locura de un líder (presidente, dirigente, candidato) sino la de aquellos que se sienten representados por él (es decir, lo que todos llaman la gente).

En esta galería multifacética no puede desconocerse que hay algunos candidateables que saben contar y suenan creíbles. Sus “relatos” comparten una característica que no siempre enamora: el pragmatismo. A pesar de que la medianía (entendida como tibia, tímida, medida) no seduce, uno de los que la representa, Florencio Randazzo, ícono del pragmatismo, se destaca por saber “contar” en esos términos y dice cómo se sale del tren fantasma  o del camino de Hansel y Gretel o de la reina mala de Alicia. Propone el retorno al trabajo, el fin de los planes, el mejoramiento de los servicios como ejes de toda su propuesta. Se apoya, en lo económico, en el incuestionable Roberto Lavagna; en lo institucional, en la impecable Graciela Camaño, y en lo territorial, en algunos intendentes muy cercanos a los vecinos como, asimismo, en organizaciones vecinales que reconocen el barro por haberlo caminado. La legitimidad de su afirmación se basa en la gestión exitosa que tuvo como ministro de Cristina. A su izquierda, tal como se lo considera erróneamente, están los movimientos sociales, que hoy son más de la mitad de la población económicamente activa. Es decir, con una población más abundante que la misma CGT, o para más precisión, trabajadores sin empleo formal. En este caso, no hay nada que demostrar porque, si la pobreza más la indigencia bordean el 60% de sólo 45 millones de habitantes en un país despoblado o por lo menos desequilibrado demográficamente, ellos más una clase media en franquísima caída, son la mayoría. Para quien escribe, los que representan la clase media están absolutamente desdibujados y no ofrecen una promesa y una propuesta consistente y clara. En tanto, los dirigentes de los movimientos sociales dan el ejemplo de formación, de investigación, de trabajo, de conocimiento y de entrega. También podrían adjetivarse como pragmáticos. En el caso de Juan Grabois tan polémico, es posible ensayar una nueva categoría: místico pragmático. A la vez que presenta y desarrolla propuestas y modos de concretarlas, subyace en sus dichos una filosofía de la solidaridad, de la misericordia y del deber. No trata a la pobreza como un barato objeto de consumo, no la compra ni la vende, no le regala su lástima: la conduce, la organiza, la defiende y le exige. Desprecia el asistencialismo, los planes sociales que compran pobreza, y enarbola las tres  T (Tierra, Techo y Trabajo). Como la ignorancia parece ser contagiosa y no privativa de los que tienen poco acceso a la instrucción, apuran sus rótulos y rápidamente lo etiquetan de “comunista”, del ridículo y obsoleto adjetivo. Ni el político gobernante ni los que aspiran a serlo se detienen a leer sus propuestas. Sólo manifiestan ataques de pánico cuando se nombra la palabra tierra, expropiación o cooperativismo. ¿Quién conoce la docena de propuestas de los 103 movimientos sociales que existen en el país? Aunque más no sea para tomarlas como disparadores de discusión. No, mejor es negarlas para seguir ejerciendo la política del chinchulín: trenzar para comer. Y si no fuera así, están siempre tentando a la sospecha de los ciudadanos. En cambio de tildar a esta gente joven que se esmera por buscar salidas, los grandes candidateables, la mayoría profesionales, deberían revisar el mundo académico y comprobar que algunas soluciones están dadas por los mejores pensadores del siglo XX y XXI, como lo son Serge Latouche y Thomas Piquetty : las cuatro R del cambio y el decrecimiento elegido (también motivo para ofrecer a los lectores algunas otras novedades).

“La vigencia de Pascal no necesita adjetivo “No habiendo podido los hombres remediar la muerte, la miseria y la ignorancia, ha imaginado para ser felices no pensar en ellas”.   

(*) Especial para ANALISIS

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