El enloquecido sistema de decisiones que gobierna, de alguna manera, a la Argentina

Alberto Fernández y Cristina Kirchner, en un acto en Casa Rosada.

Alberto Fernández y Cristina Kirchner, en un acto en Casa Rosada.

Por Ernesto Tenembaum (*)

 

A fines de la semana pasada, el jefe de Gabinete, Juan Manzur, comprendió las reglas de juego, por si no lo había hecho hasta entonces. Había llegado a los Estados Unidos para fortalecer la gestión de Martín Guzmán ante acreedores privados e institucionales. Era la nueva estrella del gabinete argentino. Se suponía que tenía poder suficiente para dar garantías. Al aterrizar se enteró que su propio gobierno había relevado a una funcionaria clave y anunciado un plan de congelamiento parcial de precios: nadie lo había consultado por una cosa ni por la otra. La situación era especialmente ofensiva porque esa medida debilitaba su gestión ya que no era, precisamente, amigable para sus interlocutores. Durante los diversos encuentros en que participó, el tucumano balbuceó lugares comunes sobre el rumbo moderado y acuerdista del Gobierno. Una y otra vez, de manera más directa o diplomática, chocó contra una pregunta que, en realidad, era un muro: “¿Y la Vicepresidenta qué opina de todo esto?”.

Manzur era, hasta hace pocas semanas, uno de los pocos gobernadores que habían quedado en pie luego del huracán electoral. Ahora ya es otra cosa: un jefe de Gabinete desgastado, sujeto a un proceso de toma decisiones que no lo incluye, y cuyas conclusiones no comparte. ¿Por qué razón hombres de poder como Manzur aceptan ser sometidos de esta manera? Personas mayores, con mucha experiencia, con una vida hecha, con mayor o menor capital político, se autoengañan, entran con alguna ilusión en la trituradora y luego son exhibidos como trofeos de caza. Manzur ya no es quien era hace solo un mes y medio. Sergio Massa no es el que era antes de 2019. Y así.

Pero ese problema que, en todo caso, es de ellos se transforma en un problema social cuando expresa un sistema de toma de decisiones endiablado y angustiante para una sociedad que, como ya se puede ver, está muy enojada. La manera en que se implementó el congelamiento de precios es parte elocuente de esta historia. El Gobierno acaba de tomar una decisión muy delicada. Es muy discutible si la herramienta es adecuada o no. Pero si lo fuera, para que tenga algún éxito, requiere de un respaldo político potente. Sin embargo, nadie sabe qué opinan sobre el tema el presidente Alberto Fernández, el jefe de Gabinete Juan Manzur, el ministro de Economía Martín Guzmán, el ministro de Desarrollo, Matías Kulfas. Ninguno de ellos fue consultado sobre la designación de Roberto Feletti, el funcionario que llevará a cabo la aventura, ni mucho menos sobre el congelamiento: ¿Por qué lo apoyarían si va en contra de sus ideas y ni siquiera saben de qué se trata?


Roberto Feletti.

Así las cosas, el bautismo del “plan Feletti” ha sido turbulento, pero no por culpa suya, sino porque -al igual que otros renombrados éxitos de esta saga como “Vicentín” o “el cierre de las escuelas”- parece una arremetida alocada de un funcionario aislado, que va “a la carga Barracas”, a las órdenes de alguien que lo conduce desde bambalinas. Todo, además, se hace con mucho apuro. Se anuncia un plan de congelamiento una semana antes de ponerlo en marcha, sin ningún acuerdo previo con los involucrados. Eso dispara un festival de remarcaciones. La resolución que lo regula parece, además, un trabajo redactado por personas sin suficiente información sobre los productos y los precios que pretenden regular.

Un congelamiento de precios mal manejado puede tener efectos perniciosos sobre la inflación, porque del otro lado también juegan fuerte. Puede disparar remarcaciones previas. Puede producir, efectivamente, el desabastecimiento de esos productos, por el exceso de demanda. Puede gatillar aumentos compensatorios en los productos no incluidos en la lista, que son la inmensa mayoría, y con eso alimentar la inflación. Puede aumentar la concentración a favor de los supermercados o de las empresas con más espalda para aguantar mayores costos que no se trasladan a precios.

Además, puede generar incertidumbre. Cuando hay incertidumbre, muchas personas en la Argentina compran dólares. Eso aumenta el precio de los dólares alternativos y presiona sobre el resto de los precios de la economía. Y además todo ello suma presión para el día 91, cuando se termine el congelamiento y el Gobierno deba pagar el costo de autorizar aumentos que, antes, decidían otros. Finalmente, una eventual mala praxis desprestigiaría cualquier intento de controlar o moderar precios, o sea que dejaría al Estado sin una herramienta importante. Por todo eso, mejor hacerlo bien: con solvencia técnica, sin errores de timing, y con convicción de todos los actores involucrados. No ha sido, como se ve, el estilo.


Cristina Kirchner y Axel Kicillof.

Uno de los dirigentes que entiende bien todo esto es el gobernador bonaerense Axel Kicillof, quien tal vez sea el mejor economista que tiene el kirchnerismo. En 2013, cuando asumió como ministro, Kicillof ideó el plan “precios cuidados” con el objetivo contrario al de Feletti: salir del congelamiento heredado de Guillermo Moreno, un hombre muy respetado, justamente, por el nuevo secretario. Kicillof es un disciplinado cuadro del cristinismo y jamás va a desautorizar una decisión de su Jefa. Pero, ¿qué opinará en privado él, que salió de un congelamiento, cuando ve que el Gobierno entra en otro? Cualquiera que lo conozca un poco sabe que no acuerda con la medida ni, mucho menos, con la persona designada en el cargo, sobre cuyas cualidades técnicas tiene muchas dudas. Así y todo, leal a su promotora, es el único dirigente relevante que ha respaldado en público la aventura que se inició esta semana: al menos hay uno.

Horas antes de su destitución, la ex secretaria de Comercio Interior, Paula Español, sostenía que era ridículo culparla a ella por la inflación. Español había sido la encargada de comercio exterior cuando el ministro era Kicillof. En aquel entonces, cualquier decisión era respaldada por varios secretarios de Estado al mismo tiempo, el ministro del área, y, finalmente, por la Presidenta. Era un equipo homogéneo y alineado. Aun así, la inflación no bajaba del 25 por ciento. ¿Cómo puede funcionar un programa donde un funcionario, cuya fuente de poder es la Vicepresidenta, arremete contra los principales formadores de precios sin datos precisos, y sin respaldo de las principales figuras del Gobierno que integra? Tal vez moderar los precios dependa de algo más que de la voluntad de alguien.

El problema fue, es y será el mismo de siempre. Si Cristina Kirchner quiere asumir el Gobierno, debería hacerlo. O, al menos, designar a toda su gente en todos los ministerios: Oscar Parrilli por Vilma Ibarra; su hijo mayor en lugar de Manzur; Fernanda Vallejos en reemplazo de Martín Guzmán, Alicia Castro en lugar de Santiago Cafiero, Hebe de Bonafini en la relación con los acreedores externos y Martín Soria, allí donde está, ya que su gestión ha producido resultados excepcionales. ¿Qué más daría, en ese caso, quién es el Presidente? Si, por la razón que fuere, prefiere no hacerlo, debería darle una chance a quienes ocupan los cargos para que desplieguen sus ideas y sus planes. O, en todo caso, consensuar con ellos de manera armónica. Pero no hace ninguna de esas cosas. No se decide. Esa dinámica explica tantos fracasos. Y se pondrá peor después con la frustración del 14 de noviembre.

Mientras tanto, la realidad se impone. Facundo Nejamkis es un sociólogo que participó del segundo gobierno de CFK. Antes de las elecciones de septiembre pronosticó un empate en la provincia de Buenos Aires: es decir que sus números eran más favorables al oficialismo de los que surgieron de las urnas. Algunos datos de su último estudio reflejan cómo están las cosas. El 63 por ciento de los argentinos tiene miedo de perder el trabajo. En agosto, era el 57 por ciento. El 83 por ciento no puede ahorrar. En agosto era el 80. El 65 por ciento cree que la situación económica estará peor. En agosto era el 56. El 51 por ciento cree que su situación personal empeorará. En agosto era el 43. El 70 por ciento cree que el dólar va a aumentar. En agosto era el 68. El 59 por ciento cree que el principal culpable es el Gobierno. En agosto era el 49. El Índice de Confianza en el Gobierno, que elabora Poliarquía para la Universidad Di Tella es el más bajo desde 2014. Ni Macri, en su peor momento, cayó tanto.

Hace exactamente una semana, se realizó un acto por el día más sagrado de la historia del peronismo. Ese acto había sido convocado por el Presidente y por la vicepresidenta. Pero la voz cantante fue una mujer que trató al Presidente como a un traidor y como un amigo de los ricos. Nadie defendió al Presidente. Se lo maltrata así, como si tal cosa. “Esa deuda no la vamos a pagar”, coreaban los militantes que siguen al hijo de la Vicepresidenta mientras Juan Manzur, Martín Guzmán y Gustavo Beliz intentaban serenar al establishment norteamericano. Los dólares alternativos, mientras tanto, baten sus propios récords.

¿Qué nuevas sorpresas habrá en la semana que comienza?

Seguramente se les ocurrirá algo. Están muy creativos.

 

(*) Este artículo de Opinión de Ernesto Tenembaum fue publicado en el portal de Infobae.

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