No se puede gobernar de espaldas y a los ponchazos

Milei juraba exactamente dos años juraba como diputado nacional.

Por Néstor Banega (*)

El presidente electo no deja de llamar la atención. Le sirvió para estar donde está y si bien de manera tenue, imperceptible, cambia algunos modos, intempestivamente vuelve a los estadios rugientes de su campaña.

Es entendible que así sea, porque entre alarido y motosierra se adueñó de la conversación diaria. Hace exactamente dos años juraba como diputado nacional ante Sergio Tomás Massa.

Pasamos todo el proceso de campaña electoral, que parece no terminar, con un elemento distintivo y transversal: todos (seguidores y adversarios) hablaban de él. Lo convirtió en ventaja y transformó el trato peyorativo que le dieron en fortaleza.

Podríamos esperar su asunción y las jornadas posteriores para apuntar algunos temas que consideramos ineludibles. Es que, conjeturamos, el día después estará plagado de datos imposibles de procesar, de comentarios sobre la Balada para un loco de Piazzola o el papel de Fátima Flórez.

En la edición impresa de Análisis hemos ido desgranando, desde hace meses, ideas que encierran, lo reconocemos, temores. En una parte importante de la prensa, advertirán los lectores, la figura del ahora elegido por diferencias contundentes para gobernar hasta 2027, no caía bien. Casi todo lo contrario.

Pero los indicadores negativos, las opiniones adversas, no hicieron mella en el libertario. Esto fue así porque, entre otros factores, casi el ochenta por ciento (80%) de los ciudadanos prefirió tomar las decisiones en base a lo que le informaron a través de las redes. Entre memes, youtubers y tiktokeros, Milei salió primero.

Ejemplo contundente de un cambio de época no advertido ni asumido por muchos. No nos olvidemos que el mandatario huyente surge de una propuesta lanzada en un tuit. Es historia.

El economista Javier Milei, que saltó de los sets televisivos empecinados con el rating a ocupar una banca de diputado nacional y que inmediato propuso el sorteo mensual con su dieta, está a punto de ser presidente de la Argentina. Con un caudal de apoyo que le da legitimidad indiscutible. Democracia.

Advertencias necesarias

Pero como apuntan propios y extraños, el libertario viene a romper. Deja atrás toda categoría de análisis conocida y exige esfuerzos superiores a los que intentan explicar la esencia de sus acciones.

Queremos advertir sobre los potenciales alcances que lo de romper, una constante en sus dichos, puede implicar. Romper. Eliminar. Terminar. Acabar. Cerrar. Si esto parte de una acción de gobierno, tiene consecuencias en la sociedad.

Es extraño, porque corresponde a quien ha de tener la responsabilidad de gobernar para todos los habitantes de este país, buscar los equilibrios.

El zigzagueo que lo colocó al frente de las preferencias continúa. Genera un ruido que, la mayoría de las veces, pone en segundo plano las aristas y objetivos del plan de gobierno en ciernes.

Solo se habla de romper, de cambiar, de cerrar. Nada sobre los posibles costos o consecuencias que determinadas ideas airadas y hasta hirientes para algunos sectores, pueden llegar a tener sobre la paz social. No se puede gobernar a los ponchazos.

Quienes intentan seguir los pasos o reconstruir los derroteros difusos de Javier Milei, nos han estado diciendo que el próximo domingo, día en que asumirá formalmente la primera magistratura de este país, no hablará ante la Asamblea Legislativa.

Una más del personaje que se agiganta día a día alimentado de vanidad y silencios. Un séquito variopinto que lo entroniza fortaleciendo su ego y lo coloca en la búsqueda de un olimpo creado a su imagen y semejanza. Eso sí, contra la casta. Una casta buena, contra una casta mala.

Con ese ir y venir desaforado se torna difícil distinguir la persona del personaje, vemos el riesgo que uno termine devorando al otro. Se pone tirante el campo de la exégesis tratando de interpretar lo que expresa en realidad el futuro presidente.

Son miradas que creemos imprescindible compartir. Es que todo ha pasado tan rápido que muchas veces no alcanzamos a reflexionar sobre aquello que deberíamos poder entender. Y nos quedamos sin saber entre tanto tanto barullo.

El riesgo de gobernar de espaldas

No se trata, en estas líneas escasas, de defender a un Congreso que no conecta con la sociedad desde hace mucho tiempo. Hasta el hartazgo se ha escrito y hablado sobre una crisis de representatividad que, quizá, haya sido uno de los vértices que llevó hasta la presidencia de la Nación a Javier Milei.

Que quienes ocupan hoy una banca, junto a los que lo hicieron en los últimos 40 años, se hagan cargo. En todo cuerpo colegiado hay excepciones.

Los actuales integrantes de las Cámaras de Diputados y Senadores de la Nación tienen la oportunidad de elevar la consideración, trabajando a destajo para evitarnos un riesgo soberano. Es una advertencia necesaria porque ya tenemos cansado hasta el cansancio.

Es que no se puede (ni debe) gobernar dando la espalda a las instituciones. No se puede (ni debe) iniciar un período de gobierno, en el que intentará remedar los males que señala, rompiendo. ¿Cómo sería el cartel que debemos poner como advertencia? Si el presidente rompe, ¿quién paga?

Los legisladores nacionales tendrán que poner lo mejor de sí para no seguir en un declive que parece interminable. Tienen la oportunidad de reconectar con la sociedad y mejorar la percepción que las mayorías tienen del Congreso.

En nuestro país además de separación de poderes hay dos órbitas territoriales que también se deben respetar. Las provincias se mueven por estas horas en la nebulosa creada para confundir.

No está bien que el Ejecutivo promueva desequilibrios enfrentándose al Pueblo que delibera a través de sus representantes. Mal comienzo si lo hace. No es un poder contra el otro. Porque si es así, todos pierden. Que no se ahoguen en mares de multitud encandilados por la escena.

Nuestro país sufrió lo peor cuando uno de los poderes del Estado eliminó a los demás. Esas situaciones nefastas llevaron a los constituyentes de 1994 a dejar expresamente establecido, bajo pena de nulidad absoluta e insanable, que el Poder Ejecutivo pueda ocuparse de la Legislación. El Congreso está funcionando, así que no hacen falta ni bravuconadas ni decretos de necesidad y urgencia.

Es objetable que un presidente electo, al iniciar su mandato, ponga en vilo la división de poderes lanzando una especie de declaración de principios que intenta de atropellada poner en pausa las instituciones y lo libren de los controles establecidos en la Constitución.

Esa Carta Magna esa sobre la que tan solo minutos antes (por segunda vez) habrá jurado, comprometiéndose a obrar respetando lo que prescribe. Si así no lo hiciere, será el responsable.

(*) Especial para ANÁLISIS

 

 

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