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El precio de un like: cómo la web se convirtió en puerta de acceso a la explotación sexual de menores

Rubén Chaia

Detrás de cada notificación hay un diseño pensado para retenernos.

Detrás de esa necesidad de atención,

cada vez más chicos y chicas quedan expuestos a adultos

que saben exactamente cómo aprovecharla.

Ofertas de trabajo, solicitud de amistad e incluso videojuegos en línea

son el puente de los depredadores para captar a sus víctimas.

 

Un caso judicial nos permite poner en contexto la complejidad del problema. En abril de 2025, un tribunal federal condenó por primera vez en la historia judicial argentina a un hombre por trata de personas con fines de explotación sexual cometida enteramente a través de medios digitales. Se estableció que Zea Ricardo captó a tres mujeres jóvenes con falsas ofertas de trabajo como modelos, y durante la pandemia las obligó a transmitir contenido sexual por cámara web mientras las controlaba, a la distancia, por auriculares. El fallo dejó una certeza: ya no hace falta trasladar a nadie para explotarla. Alcanza con una pantalla, una conexión y la vulnerabilidad de la víctima del otro lado.

Esa vulnerabilidad, hoy, tiene un terreno especialmente fértil: la vida digital de niños, niñas y adolescentes.

Dopamina. Ansiedad y necesidad de aprobación: las redes sociales no son neutras. Cada “me gusta”, cada comentario, cada nuevo seguidor activa en el cerebro una descarga de dopamina, el mismo circuito de recompensa que interviene en cualquier conducta que buscamos repetir. Las plataformas están diseñadas, deliberadamente, para maximizar ese circuito: notificaciones intermitentes, scroll infinito, contenido que nunca termina de saciar. Cuanto más tiempo logran retenernos, más valen.

En adultos, ese diseño ya genera ansiedad y dependencia. En chicos y chicas cuya identidad todavía está en formación, el efecto es más profundo: la necesidad de validación externa no es un capricho, es parte del desarrollo. Y cuando esa validación se empieza a buscar casi exclusivamente en pantallas, la exposición se vuelve moneda de cambio. Se publica más, se compite por más seguidores, por más vistas, por más comentarios y en el medio, se comunica cada vez menos.

Ahí aparece la paradoja: nunca estuvimos tan conectados y nunca dijimos tan poco. El posteo reemplaza la charla; el like reemplaza el vínculo sostenido, la masividad de “amigos” impide la personalización del vínculo, todo fluye, todo sucede muy rápido. En ese vacío de comunicación real -no de contacto, sino de escucha genuina- es donde un desconocido, un depredador con intenciones de captar encuentra espacio para entrar.

¿Cómo opera la captación? Ofertas de trabajo. Videojuegos. Amigos en línea: se suele distinguir dos lógicas de captación digital. Una más artesanal: el captor revisa perfiles públicos, publicaciones, intereses, y elige de forma deliberada a alguien que muestra señales de soledad, necesidad económica o baja autoestima. La otra es masiva: se publican ofertas atractivas —de modelaje, de “contenido”, de trabajo desde casa, incluso propuestas de amistad dentro de videojuegos— dirigidas a un público amplio, y luego se selecciona entre quienes responden.

En ambos casos, el primer contacto casi nunca es sexual ni amenazante. Es, por el contrario, cálido: alguien que escucha, que halaga, que ofrece pertenecer a algo, que promete una salida a un problema real (económico, afectivo, de autoestima). El daño se construye después, de forma gradual, cuando esa confianza inicial se usa para pedir cada vez más -una foto, un video, un encuentro- y para que resulte cada vez más difícil decir que no.

¿Cómo prevenirlo?, no hay una fórmula única ni un guion que sirva de alerta infalible. Sí existe es un patrón de fondo que conviene conocer: el aislamiento, la necesidad de ser visto y la falta de un adulto disponible para hablar de lo que pasa en la pantalla, en conjunto, son la puerta que estos depredadores buscan.

Menores, la población más expuesta: chicos y chicas presentan una combinación particular de factores que los vuelve más vulnerables que a un adulto frente a estas dinámicas: todavía están construyendo su identidad y necesitan sentirse parte de un grupo; suelen sobrestimar su capacidad de manejar situaciones de riesgo; y, muchas veces, temen contarle a un adulto lo que les está pasando por miedo a perder el acceso al celular o a ser juzgados. Ese silencio es, precisamente, lo que un captor necesita para sostener el control.

La ley argentina -a través de los artículos 145 bis y 145 ter del Código Penal- no exige contacto físico ni traslado geográfico para configurar el delito de trata con fines de explotación sexual. Basta con acreditar que alguien captó, ofreció o administró la explotación sexual de otra persona, sin importar si esa explotación ocurrió en un departamento o frente a una cámara web. La reforma de 2012, además, eliminó el consentimiento como causal de exención de responsabilidad: aunque la víctima haya aceptado producir cierto contenido en un primer momento, eso no exime al adulto que luego impone condiciones, controla, amenaza o se queda con las ganancias. Y cuando la víctima es menor de edad, la ley agrava directamente la pena, sin necesidad de probar violencia o engaño.

Un daño difícil de reparar: en estos casos, la permanencia del daño es una característica de este tipo de explotación. Una foto o un video que sale del dispositivo nativo puede replicarse, copiarse y circular de manera prácticamente indetectable. Aun cuando se logre rescatar a la víctima y detener al agresor, el material puede seguir apareciendo en internet durante años, prolongando el daño mucho después de que la situación de explotación terminó. Por eso los propios tribunales, en el fallo mencionado, ordenaron como parte de la condena la eliminación de todo el contenido producido con las víctimas.

El vínculo como la mejor herramienta de protección: según se señala, la principal herramienta de protección no es un control parental ni un programa espía, es el vínculo. Interesarse por la vida digital de un hijo o hija con la misma naturalidad con la que se pregunta por la escuela o los amigos del barrio. No prohibir tener “amigos virtuales” —eso solo empuja a ocultar—, sino generar la confianza necesaria para que, si algo se siente raro, se pueda contar sin miedo a un castigo.

Señales de alerta que pueden llamar nuestra atención: algunas señales conviene tenerlas presentes: cambios bruscos de humor después de usar el celular, secretismo repentino sobre con quién se habla, regalos o dinero de origen que no se explica, o el pedido de un desconocido para pasar la conversación a una plataforma más privada, cambios de horario en el uso del teléfono, baja en los rendimientos escolares y desinterés por juntarse con amigos, miedo a salir de casa, etc. Ninguna de estas señales, por sí sola, confirma una situación de riesgo, pero juntas ameritan una conversación tranquila, sin culpar ni asustar, estar atentos es importante.

No borrar los rastros de lo que puede ser un delito: si se sospecha que la situación ya ocurrió, no se debe borrar nada: las capturas de pantalla, mensajes y archivos son la prueba que permite identificar al agresor. Tampoco conviene enfrentar directamente al perfil sospechoso, porque suele desaparecer y reaparecer bajo otra identidad para seguir contactando a otras víctimas.

 

Dónde pedir ayuda o hacer una denuncia en Argentina

-Línea 137: atención a víctimas de violencia familiar y sexual, las 24 horas, los 365 días.

-Línea 102: orientación en situaciones que afectan a niños, niñas y adolescentes.

-Línea 145: línea nacional, gratuita y anónima para denunciar trata y explotación de personas.

-Grooming Argentina (groomingarg.org): organización especializada en asesoramiento y denuncia de acoso sexual digital contra menores.

-Con Vos en la Web (argentina.gob.ar/justicia/convosenlaweb): guías y canal de denuncia del Ministerio de Justicia y Derechos Humanos.

Ante cualquier duda, es preferible consultar y descartar antes que quedarse en silencio.

(*) Rubén Chaia es vocal del Tribunal de Juicios y Apelaciones de Concepción del Uruguay. Autor de “Técnicas de Litigación Penal” (7 tomos), “La Prueba Digital” (3 tomos), entre otros.

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