Testimonios de la proliferación narco y la lucha contra las adicciones en Concordia

Testimonios de la proliferación narco y la lucha contra las adicciones en Concordia

En medio de un panorama desolador por la pobreza y el consumo de drogas, crecen tanto el narcotráfico en todas las escalas, como quienes les hacen frente. Los testimonios de un drama social, de las revelaciones en investigaciones judiciales y de la lucha y la esperanza por salir adelante, en este nuevo informe multimedia de ANÁLISIS sobre el narco en Entre Ríos.

  INFORME MULTIMEDIA  

 

La segunda ciudad más poblada de la provincia de Entre Ríos tiene el más elevado índice de conflictividad social, con menor presupuesto e infraestructura preventiva y judicial que Paraná. Aunque las estadísticas oficiales escasean, tanto desde la Policía como desde la Fiscalía coinciden en que la gran mayoría de los hechos violentos y delictivos que demandan la intervención judicial tienen la característica de lo marginal, por suceder en contextos de pobreza e indigencia, y, fundamentalmente, están signados por el consumo de drogas de sus protagonistas. Frente a este panorama, crecen los espacios donde las personas buscan dar pelea para salir de las adicciones, dentro de instituciones tradicionales, en organizaciones sociales o en pequeños ámbitos de solidaridad barrial. Pese a la corriente en contra, demuestran que es posible.

 

 

Un drama que se podía apreciar en las calles de los barrios más complicados, allí donde los pequeños transas crecían en organizaciones violentas, quedó transparentado en una investigación que desbarató la banda liderada por Ariel González, un hombre que aterraba a los barrios José Hernández y El Sapito mediante chicos y adolescentes armados. No fue la primera, ni la única, ni la última, pero las evidencias en las voces de sus protagonistas encendieron una alarma pública. Desde una madre que asistió a la Fiscalía para denunciar un robo y que terminó, desbordada, contando que sus hijos terminarían muertos si nadie hacía nada; hasta la escucha telefónica que registró a un chico de 13 años hablando de fraccionar, llevar, traer y vender cocaína.

 

“Los únicos que para ellos no son competitivos son los que consumen drogas, los chicos zombis que están todo el día sentados en una esquina, que van a robar, que salen todo el día a cirujear, a vender cartón para poder dejarle la plata a ellos, y el que se les rebela a ellos le hacen la vida imposible”, describía la mujer en la entrevista en Fiscalía, difundida en un informe de El Entre Ríos. “¿Y la gente qué está haciendo? Vendiendo por menos que nada su casa y se va del barrio, por menos que nada, y ellos se las compran, ellos le compran las casas y les dan a otras personas más humildes que les cuiden esas casas para guardar la droga”, contaba.

 

“En los lugares donde abunda el consumo, la droga, la violencia, la corrupción ¿por qué llega a pasar eso? Porque no bajan las instituciones”. Gustavo, vecino del barrio José Hernández

 

El temor y la total desprotección de la señora y sus hijos, en una voz quebrada, suena a un grito desesperado: “Ya no es un mandadito que le mandaron a hacer, ellos les han pagado a los chicos y tienen que cumplir su trabajo, el trabajo de los tira tiros es así, hasta que no baleen a alguno de mis hijos o me hagan algo a mí… es como que les tenemos que decir a los jefes que nadie los pasa por arriba, ese ese es el mensaje, y yo ya no puedo más, necesito ayuda”.

 

El fiscal que llevó adelante esa causa (y otras similares), Francisco Azcué, contó que la investigación empezó por unos tiroteos, con “un mismo patrón” de menores y jóvenes disparando a enemigos por encargo, y llegó a demostrar que la venta de cocaína en la zona era el motivo de las disputas, las balaceras y algunas muertes. El caso terminó con una veintena de detenidos y condenados. El fiscal pudo sacar algunas conclusiones: “Una de las cuestiones que quedó muy claro en la investigación es esto, la violencia que se genera en los barrios, ya sea para procurar impunidad, todo tipo de conflictos cuando un vecino los quiere denunciar, para generar el terror en ese lugar donde ellos actúan o para competir con otras bandas, y ese es el campo de batalla por así decirlo es ese territorio donde ellos actúan”, dijo Azcué a ANÁLISIS.

 

También, que el desastre se propaga más allá de las bandas en disputa: “Hemos detectado también en esta causa, y esto directamente lo sufre el vecino, el habitante de ese lugar, que justamente el colocar la droga en poder del consumidor también eso tiene como consecuencia la comisión de delitos ya por parte de los adictos, y esto surgió de la misma evidencia de la causa, con testimonios de vecinos que nos dicen no podemos vivir acá porque salimos en moto, nos roban la moto, salimos a esperar el colectivo, van y nos roban, y son las mismas personas que van con nuestro celular a entregarlo al vendedor de cocaína para que les entregue el producto”.

 

 

“Acá se ha naturalizado el consumo”

 

Gustavo Godoy es un vecino del barrio José Hernández, socioterapeuta, que se aboca a una tarea difícil: intermediar en la compleja trama de instituciones y punteros políticos que administran la magra ayuda social, básicamente alimentaria. Dispone su vivienda para la distribución de mercadería una o dos veces por semana, y el resto de los días sigue al lado de sus vecinos para hacerle frente al otro drama paralelo al del hambre: las adicciones. Hace poco armó un grupo de madres con el objetivo de dar un primer paso que es juntarse a hablar del problema que atraviesan sus hijos, y el segundo que es cómo ayudarlos antes de que sea tarde.

 

“Colocar la droga en poder del consumidor también eso tiene como consecuencia la comisión de delitos ya por parte de los adictos”. Francisco Azcué, fiscal.

 

“Mi labor en este lugar empezó siendo un merendero, pero después al ver que las instituciones no bajaban nada, mi trabajo fue abrirles las puertas para que todas las instituciones puedan bajar al barrio. En los lugares donde abunda el consumo, la droga, la violencia, la corrupción ¿por qué llega a pasar eso? Porque no bajan las instituciones”, asegura Gustavo.

 

Varias veces por semana, Gustavo no duerme, se queda en la calle toda la noche, toda la madrugada, hablando con los chicos que andan boyando, tratando de que no encaren para el kiosco de narcomenudeo ni se les ocurra agarrar un arma o salir a robar.

“El problema es que cuando los que están en el poder quieren condicionar a las instituciones, entonces si vos querés ayudar al barrio, no tenés cómo llegar, llegás y el que te manotea es el puntero político, se distorsionan las cosas. Acá no -dice Gustavo en su casa, señalando el espacio que está construyendo junto a su esposa-, acá está la gente. Nosotros no tenemos afinidad política, ni religiosa, ni nada, lo que tenemos que hacer es que las instituciones lleguen al barrio y de esa manera se abren las posibilidades y los derechos para la gente”.

 

Y luego, vuelve sobre el tema que viene atravesando las vidas de los habitantes del José Hernández: Estamos en un barrio que está atravesado por el consumo, el consumo de las sustancias trae dolor para las familias, acá se ha naturalizado el consumo”.

 

“Un logro muy importante”

 

Hace más o menos cuatro años, Federico Niz soñaba con lo que hoy es una realidad: un gimnasio, un club, entrenamientos y varias categorías jugando torneos de fútbol en Concordia. La premisa central es que el deporte puede sacar a los chicos de la droga. “Se hacían campeonatos barriales y se empezó a juntar chicos para hacer una escuelita, tuvimos muchos chicos de todos los barrios. Se van, vienen, van, vienen, tenés una problemática muy difícil que es el tema de la droga, del hambre, la necesidad e influye mucho la familia”, dice Federico, referente en la ciudad de lo que a nivel nacional se llama, simple y claramente, Movimiento Ni Un Pibe Menos por la Droga, que impulsa la Corriente Clasista y Combativa.

 

“Hoy en día tenemos 20 chicos de la sub 13, 12 son de padres separados, divorciados, de un ambiente que los padres están con ese problema de adicciones y ellos vienen enfrentando eso y con el deporte los sacás de ese ambiente, les cambiás la cabecita desde chicos, intentamos hacer eso, influya el deporte”, explica.

 

Sebastián es el entrenador de la escuelita de fútbol. Lo que quiere y pone en práctica es revertir la dinámica que sucede en los clubes con los pibes con adicciones, que básicamente es la exclusión: “En un entrenamiento a nosotros nos cuesta llevar algo serio, complejo, ellos lo que quieren es ir y jugar a la pelota, divertirse, y por ahí se pierden en la semana, necesitás armar un equipo y se cuelgan, tienen sus vicios, sus cosas, y por ahí eso dificulta. Hay que estar, tenemos que tener siempre inclusión, no tenemos que dejarlos de lado, hay que hacer el trabajo que por ahí no hacen los clubes que cuando ven una mala conducta o algo al chico lo sacán y queda afuera, en la calle. Nosotros estamos para aceptar a los chicos, las puertas siempre están abiertas. Nuestro trabajo es acompañamiento y prevención de la droga”.

 

“Antes de venir para acá dije ‘basta, ya no doy más’, si yo seguía con eso hoy no estaba acá, y bueno hoy gracias a dios estoy acá”. Adrián, joven en recuperación en el centro Gruta de Lourdes.

 

Cristian tiene 20 años, es delantero en el equipo de Ni Un Pibe Menos por la Droga y, además, trapea en la calle con sus amigos y sube sus videos a Beko ATR. Aunque la mayor parte del día, en época de cosecha, está trabajando en las quintas citrícolas del norte de Entre Ríos y el sur de Corrientes. De dejarle la paga diaria al transa del barrio pasó, en solo un mes, a poner la cabeza y el cuerpo en el fútbol.

 

“Ya estaba perdido. Un amigo mío me vio que yo estaba mal y me llamó un día, porque sabe que yo hago fútbol, tengo talento más o menos, por así decirlo, todo bien, fuimos, conocí a Fede, a Sebastián, me enseñaron todo. Después me empezó a gustar más, a gustar más, me empecé a olvidar, a entrenar, ahora juego todos los días en la canchita de mi barrio, voy al gimnasio sábado, domingo, estoy continuamente queriendo volver a mi estado y dejar todo lo malo”, cuenta a ANÁLISIS.

 

“Tenía un círculo de amistad que no me servía, me iban a buscar, ‘eh beco vamos a fumar a la plaza’, en cambio ahora no, ‘vamos a jugar a la canchita del barrio’, o me va a buscar un compa que le debo mucho, ‘vamos a escribir’, tiramos un par de musica, tomamos un par de cosas, entrenamos, nos vamos a cocinar, seguimos ensayando música”, enumera, con orgullo, su nueva cotidianeidad, y resume: “Saliendo ¿viste?”.

 

“La verdad que la gente a veces se equivoca -sostiene Federico, que hace cuatro años le cerraban las puertas en despachos oficiales-, dicen que el problema del consumo no se va con deporte, es mentira. Te digo más, tengo gurises que están en esa problemática y hoy están con nosotros y, te digo, consumen, pero no consumen lo que consumían antes, antes capás era diario, hoy no es diario, capas antes se tomaban toda la semana, hoy ya no, una vez a la semana. Es un logro muy importante para nosotros”.

 

Su vivienda ahora pasó a ser una Casa de Atención y Acompañamiento Comunitario (CAAC), uno de los dispositivos que subsidia la Sedronar para aquellos que realizan actividades para abordar la problemática del consumo de drogas y la contención de las personas.

 

Decir “basta”

 

El día que recibió a ANÁLISIS y contó su historia, Adrián cumplía 30 años, y era, en mucho tiempo, la primera vez que se despertaba acompañado y lo festejaba. “Yo soy de acá de Concordia, del barrio Tiro Federal, y tuve una mala vida, una parte de buena vida también, pero me destruyó mucho la mala vida y las malas cosas que nos han pasado, pero bueno, le doy gracias a Dios que nos puso en este camino”, cuenta, en el centro Gruta de Lourdes, mientras otros hombres y mujeres atrás suyo carpen la tierra donde armaron una huerta.

 

 

“El día a día mío era levantarme, con la marihuana en la boca, te voy a ser sincero, desde que me levantaba hasta que me acostaba hacía 35 marihuana por día, con la sustancia adentro, y hoy en día yo no tengo esa necesidad, no me llama porque me lastimó mucho, me rompe, me destruye y me saca oportunidades, me saca gente de bien, de confianza que hoy la estoy recuperando”, dice Adrián.

 

“Tenemos que tener siempre inclusión, no tenemos que dejarlos de lado, hay que hacer el trabajo que por ahí no hacen los clubes”. Sebastán, entrenador de la escuelita de fútbol Ni Un Pibe Menos por la Droga.

 

Daniel Petelín es el cura que hoy está a cargo del centro: “Ya llevamos seis años, ha comenzado sobre todo pensando en atender a los jóvenes que están con problemas de adicciones en la zona sur de Concordia, pero también se acercan de otros lugares sabiendo que hay un lugar de contención, de acompañamiento y de fortalecimiento para poder salir de esta problemática que es tan difícil, de las adicciones”, cuenta.

 

“Las historias son muy variadas, aquí en Concordia con consumos problemáticos de todo tipo, en algunas situaciones los consumos a veces son por marihuana, por fármacos de distintos tipos y por supuesto por cocaína, que es lo que más afecta. Las realidades sociales son distintas, las problemáticas son distintas, algunos son de Concordia, otros son venidos de otras ciudades. Casi siempre por problemas familiares, algunos debido a la adicción se ha ocasionado un problema familiar”, relata el sacerdote.

 

“La calle está impresionante. A mí todo el mundo me ofrece porque yo siempre daba, tenía el mal poder de eso, yo lo tenía todo en mis manos, cuando yo antes de venir para acá tiré todo eso, lo entregué y dije basta, ya no doy más, si yo seguía con eso hoy no estaba acá, y bueno hoy gracias a dios estoy acá”, asegura Adrián, como si hubiera vuelto a nacer. “Está bravo -agrega-, pero todo está en uno. Hay algunos que salen de acá pensando en correr para donde venden, no sé qué sentido tendrá, pero yo trato de ocuparme la cabeza en otra cosa, en estar en alabanzas, en las reuniones, en el merendero ayudando, todo para perseverar en ese camino”.

 

 

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