Ser marrón: una traba más en el acceso de las mujeres a la salud

Por Carmen Amador (*)

“Atendela vos. ¡No! Atendela vos”. “Cállate, no hagas lío”. “Aguantá, aguantá y quedate tranquilita”. “Volvé a tu casa”. “No puedo creer que no se bañan”. “Son sucias”. “No podés parir de cuclillas, ¿quién te dijo que podías?”. “Eso no se hace, se va caer el bebé al piso”.  “Son indias”. “No sabés nada”, “No sé para qué se ponen a tener hijos”… y podríamos seguir por varios párrafos más describiendo las cosas que las mujeres jujeñas marrones y pobres deben escuchar cuando se acercan al sistema de salud a recibir un servicio relacionado a los derechos reproductivos y sexuales. En estos espacios, además de la violencia verbal, también existe una negación de los saberes ancestrales de las comunidades originarias que aún conservan sus propios métodos para acceder a la salud. La voz de estas mujeres no suele ser escuchada porque no son respetadas como sujetas de derechos y poseedoras de conocimientos válidos.

Las frases que leímos más arriba parecen haber sido dichas hace mucho tiempo, pero son diálogos que fueron recuperados de las experiencias de tres mujeres jóvenes que habitan la ciudad de San Salvador de Jujuy  y que hoy son conscientes de la violencia mediada por racismo y discriminación que sufrieron a los largo de sus vidas, pero especialmente cuando tuvieron contacto con el sistema de salud a la hora de un parto, un aborto o una consulta ginecológica. 

El color de piel como bandera

Sara Pérez, es docente de teatro, actriz y performer jujeña, pero por sobre todo una luchadora incansable en contra del racismo y discriminación hacia las mujeres marrones de Jujuy.  En los diferentes espacios en que la encontramos, Sara hace del color de su piel una bandera que busca visibilizar las situaciones de violencia y la vulneración de derechos. 

Es por eso que, mientras viaja hacia Buenos Aires para participar de la Marcha de Orgullo, Sara se contactó por teléfono para compartir su historia. Lo hace porque sabe que, como ella, hay muchas otras mujeres que seguramente en algún rincón de esta provincia estarán escuchando o sintiendo lo que ella pasó. 

"Cuando fui a tener a mi hija sentí todo: la discriminación, el racismo, el desprecio, el ser ignorada, no escuchada”, dice.

Sobre las formas en las que se manifiestan estas violencias recuerda: “Fui con muchos dolores al Hospital Pablo Soria (que nucleaba casi todas las prestaciones de salud en la capital jujeña) y me dijeron que no estaba para parir, que me fuera a mi casa y volviera después. Yo vivo lejos, en Alto Comedero, (ubicado a 15 kilómetros del casco céntrico de la ciudad Capital), estaba sin plata para el colectivo y mucho menos para pagarme un remis. Igual volví más tarde, me quejaba mucho del dolor y solo quería ubicarme de cuclillas como me habían enseñado mis abuelas, que habían tenido sus hijos lejos de un hospital. Pero ahí me retaron mucho. Me dijeron ‘No es así, ¿quién te dijo que podés tenerlo así?'. Me pusieron en una camilla, me ataron los pies y me pedían todo el tiempo que no grite, que no haga lío y que me quede tranquilita”.

–Tu hija ya tiene ocho años. ¿Seguís recordando ese día?

–Sí, aún me acuerdo y hoy me doy cuenta que eso pasa a diario. Hoy, con más herramientas, puedo entender que fue racismo, discriminación y desprecio. 

 –¿Crees que esto aleja a muchas mujeres marrones de escasos recursos de los centros de salud? 

–Sin duda que sí, cada vez que vas sentís el destrato, no querés volver. Y eso te limita en todo, en hacerte un control anticonceptivo adecuado, en hacerte estudios de prevención y todo lo que todas las mujeres debemos tener por derecho.

–¿Qué sentiste cuando quisiste recurrir a los saberes que te habían dado tus abuelas y el personal de salud te lo negó?

–Sentí como otras tantas veces que mi voz no fue escuchada, el reto como si fuera una niña. Sentí que nada de lo que yo dijera importaba. Por eso entiendo que hasta hace muy poco muchas mujeres indígenas preferían que sus hijos nacieran en sus hogares recibiendo un trato empático y acorde a los valores, costumbres y tradiciones milenarias que aún viven en nuestras comunidades. 

Una voz que no se escucha

Noelia Esquivel, madre de dos niñas, tuvo otra experiencia del destrato a la hora de acceder a los servicios de salud reproductiva y sexual. “Yo me hice un aborto antes de que se sancionara la Ley de Interrupción Voluntaria del Embarazo y tuve una infección muy grave, porque tuve que hacerlo en condiciones no aptas, en mi propia casa”.

Noelia contó que vivió una situación “de terror”.  “Me dejaron en el pasillo con un dolor insoportable, yo gritaba del dolor pero nadie me atendía. Yo lo sentí como un castigo. Hubo un trato despectivo, porque soy del barrio, generalmente las personas que vamos al hospital no tenemos muchos recursos. Sentí como un ‘Jodete, ahora quédate ahí, ¿para qué te hiciste un aborto?’. Para mi fue una forma de aleccionar”.  

Unos años después, Noelia quedó otra vez embarazada pero era un saco sin embrión. El aborto fue espontáneo, pero la experiencia fue la misma: “Me hicieron un legrado, muy doloroso, sin anestesia. Con la misma actitud como queriendo que me duela para que ‘aprenda’”.  

“Es como si todos te dijeran: ‘si estas embarazada tenés que tenerlo, sino para qué abrís las piernas'. Hay aún una mirada muy machista y el trato es aleccionador casi tutelar. Nadie fue a buscar al padre de ese aborto, sino que todo el maltrato lo sentí yo. Es un maltrato hacia las mujeres, siempre”, reflexiona Noelia. 

Un sentir y un saber que busca ser respetado

Lidia Balcarce es la voz de las mujeres de un pequeño pueblo ubicado entre la Quebrada y las Yungas jujeñas: Caspalá, una comunidad de 250 familias que hasta hace una década atrás no tenía conexión con la ciudad. 

La voz de Lidia surgió después de una tragedia familiar: su hermano, jefe del Registro Civil del pueblo, desapareció durante 20 días y ella se puso al frente de la búsqueda. Luego, ante una situación de desacuerdo con las decisiones gubernamentales sobre obras que se pretendían hacer en su pueblo, Lidia alzó otra vez la voz para defender los derechos de su comunidad. 

“Siempre a las comunidades que vienen del norte o bajan de los cerros se las destrata. Nos ven así: morochas, bajitas con cierta vestimenta y siempre hay racismo. Yo sufrí mucho esta situación de niña. Me quede huérfana a edad temprana y vine a la ciudad y sentí discriminación y por supuesto también a la hora de recibir alguna atención médica”, indica mientras su voz se tiñe de tristeza recordando los calificativos que recibió a lo largo de su vida.  “Me decían india, coya y un montón de cosas que hoy son mi orgullo, pero de niña no lo entendía así y me avergonzaba de donde venía”, agrega. 

En los hospitales Lidia dice que vuelve a vivir el mismo destrato: “No es lo que te dicen sino cómo te tratan. Bajé con mi abuela y escuché un ”Atendela vos, no atendela vos“. No te lo dicen de frente  pero es como que les diera asco vernos”, asegura. “El tema de tratarnos de falta de higiene, es siempre.  A veces lo viajes del campo a la ciudad son largos y no es que uno no quisiera estar aseado, pero también es un motivo de un trato discriminatorio”, cuenta Lidia. 

Habla de desvalorización de los saberes ancestrales: “Nosotros tenemos formas de curarnos con yuyos. En Caspalá seguimos siendo muy ancestrales en ese sentido. Hoy ya hay camino, pero no tiene más de 10 años. Y no tenemos hospital, solo una salita. Cuando hay urgencias, como un parto, las que asisten son las mujeres más grandes de la comunidad”.  

El mapa del racismo

Los relatos de Sara, Lidia y Noelia coinciden con las cifras de discriminación que el Instituto Nacional contra la Discriminación, la Xenofobia y el Racismo (INADI) publicó recientemente: Jujuy es la provincia con mayor discriminación por cuestiones estéticas, por color de piel y por pobreza. Así lo indica el Mapa Nacional de la Discriminación elaborado a partir de encuestas realizadas a 11.700 personas en sus hogares durante 2019. 

El tema de género figura como segundo y tercer motivo de estos episodios en las provincias de Jujuy, Salta, Córdoba, La Pampa, Mendoza y San Luis.

Silencio nunca más 

El racismo estructural que existe en nuestro país atraviesa todas las situaciones de la vida de las mujeres marrones y pobres del norte y por supuesto es una barrera más a la hora de acceder a los derechos reproductivos y sexuales.

Tal como lo indica que el informe de “Las Mujeres Indígenas y sus Derechos Humanos en las Américas” (2017), de la Comisión Interamericana de Derechos Humanos (CIDH), en Jujuy, así como en toda América, las mujeres indígenas suelen enfrentar formas diversas y sucesivas de discriminación histórica que se combinan y se superponen, exponiéndolas a violaciones de derechos humanos en todos los aspectos de su vida cotidiana. 

Los diversos obstáculos que las mujeres, marrones, urbanas de escasos recursos enfrentan, son las dificultades geográficas y económicas para tener acceso a servicios de salud que suelen dar como resultado la discriminación, violencia y marginación social.

Vemos en cada historia que no hay mecanismos concretos para garantizar que el derecho que tienen todas las mujeres a acceder a servicios salud y atención médica, que garanticen una maternidad segura y libre de todo riesgo en todo el proceso reproductivo, sino por el contrario: el maltrato las aleja  de los centros de salud porque prefieren recibir en sus hogares un trato empático y acorde a los valores, costumbres y tradiciones milenarias.

Por eso en las marchas feministas jujeñas surgió hace muchos meses una nueva consigna: “Amuki nunca más”. Amuki quiere decir silencio.

(*) periodista gráfica, especializada en género y periodismo parlamentario, publicado en El Diario Ar

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