El periodismo ante la democracia desgarrada

Por Fernando J. Ruiz (*)

Si usted me colabora, como dicen con dulzura los colombianos, le diré algo que quizás no le gusta. Y al final de esta columna le haré una pregunta.

Cuando nació la democracia en América Latina esta tenía una vocación igualitaria que ha perdido. No era solo un prometido reino de libertades, sino también de igualdad, de satisfacción de necesidades sociales. En su origen, tenía un programa “para promover el bienestar general”, como dice nuestro Preámbulo. La democracia en la Argentina fue la recepción masiva de inmigrantes, y la movilidad social real y concreta que acá encontraron. El dividendo democrático no era solo el voto y el derecho a manifestar y expresarse, sino también el terreno, el trabajo y el pan.

Sabemos que no se logró. Hoy se dice que la riqueza está mal distribuida, pero la que está peor distribuida es la pobreza. Es una falta de respeto que haya millones de personas que trabajan o quieren trabajar y que no puedan levantar cabeza o, si la levantan, se la corten la inflación u otras pestes de nuestra organización económica. Así, entre otros males, venimos amasando un cuarto cordón en una megalópolis ya desbordada que funciona como torniquete demográfico de un país exhausto.

Hoy lo insoportable es ese “desgarramiento” entre la ciudadanía política y la social. Una se sostiene y la otra retrocede, y eso deslegitima la democracia. “Este desgarramiento de la democracia –dice el pensador francés Pierre Rosanvallon– es el hecho más importante de nuestro tiempo, y portador de las más terribles amenazas. Si prosiguiera, lo que a largo plazo podría vacilar es el mismo régimen democrático”. Y él escribe desde Francia. Si estuviera en América Latina, su visión sería más apocalíptica. Desde acá, el gran intelectual mexicano Enrique Krauze reafirma: “El pecado capital de las sociedades latinoamericanas es haber tolerado esta división entre el sector moderno y el marginado”.

Ahora ocurre en Colombia y en Chile que la brecha entre ciudadanía política y social es un polvorín, pero podría estallar en cualquier país de la región. Por eso, tenemos que volver a asumir a la democracia en forma integral. El Caracazo, en 1989, fue una alerta para la región que no fue escuchada, mientras que las salidas estatistas, autoritarias y anacrónicas están siempre dispuestas a cerrar desde adentro la puerta de las libertades.

Por su parte, el periodismo, que siempre ha entendido que su primera obligación era la defensa de la ciudadanía política, tiene que redescubrir que la democracia también tiene el bienestar general como promesa.

El periodismo ya empezó su tercer siglo de existencia en la región. En el primer siglo su plataforma fue el papel, luego la más masiva fueron la radio y la televisión, y este tercer siglo es la plataforma digital la que envuelve todo. Como suele ocurrir, parece que tenemos las herramientas justas para el tipo de sociedad a la que tenemos que servir: la expansiva telaraña mediática digital permite llegar a todos con una velocidad y plasticidad únicas.

Por eso, para poder defenderla mejor, el periodismo no puede tener una visión mutilada de la democracia. Si esta tiene dos dimensiones, el periodismo solo tiende a cuidar una sola. La defensa de las libertades forma parte del consenso del periodismo profesional, fruto en gran medida del consenso de la posdictadura. Pero pierde énfasis y entusiasmo en la defensa de la ciudadanía social.

Para la profesión esta recuperación no sería un desvío, sino un volver a los orígenes, dado que cuando surge el periodismo de investigación en los Estados Unidos, a fines del siglo XIX, la reforma social fue su motivación principal. Desde varios de los medios principales de la época, esas investigaciones, muchas veces realizadas por mujeres, produjeron cambios profundos en el Senado nacional (al que calificaban como “la última instancia para la distribución de la enorme prosperidad que crea anualmente el pueblo americano”), la industria de los medicamentos, los mataderos, las finanzas, las condiciones de trabajo de los mineros, el abuso de posición dominante en el mercado del petróleo, el control de alimentos y medicinas, la regulación de viviendas populares, el trabajo infantil y las legislaturas municipales.

Así, varios de los padres y madres fundadores de la investigación periodística promovieron una mayor igualdad en la sociedad estadounidense, desnudando las trabas para el desarrollo social que se escondían en las opacidades de las instituciones públicas y privadas del país. Al mismo tiempo, Joseph Pulitzer, elegido como el más grande editor de Nueva York, defendía la movilidad social de los millones de inmigrantes que llegaban.

Incluso a principios del siglo XX en Estados Unidos, al iniciarse la sociología de los medios en el ámbito universitario, dos de sus impulsores, John Dewey y Robert Park, creían en el periodismo como constructor del consenso social, de una integración igualitaria que promovía la reforma social. En eso, estos pensadores continuaban las ideas de Alexis de Tocqueville, que asociaba el fervor periodístico que encontraba en las ciudades de Estados Unidos con la promoción de la igualdad real y el reconocimiento mutuo. Entendían al periodismo como a una fuerza igualadora y no solamente defensora de las libertades.

Pero en algún momento de nuestro viaje democrático el discurso profesional, mientras mantenía la antorcha de las libertades, tendió a relegar la antorcha de las necesidades sociales, a pesar de que esa llama estaba en sus orígenes.

La resignación precede a la decadencia. Y en las actuales democracias latinoamericanas hay un alto grado de resignación con sus abrumadores niveles de segregación social. Ante esta decadencia evitable, el aporte del periodismo debe ser recentrar su esfuerzo en convertirse en una fuerza socialmente integradora, como lo hicieron aquellos pioneros en los Estados Unidos. Su carácter de profesión democrática incluye la defensa de la ciudadanía política tanto como de la social.

Por eso, el reencuentro del periodismo con la democracia integral implica seguir defendiendo todas las libertades y también poner en el centro de su agenda la grieta social, no la política.

El periodismo se vacía a sí mismo si repite palabras vacías, si es superficial mientras cree que hace algo importante. Chillar por cosas menores e ignorar lo esencial es mala praxis. Hoy la calidad periodística es hacer más legible y aprehensible la forma en que la política, la sociedad y la economía afectan la integración social.

En la novela Zama, del recordado periodista mendocino Antonio Di Benedetto, un funcionario colonial espera en vano su traslado en una agonía interminable que se vuelve mortal. Ese largo tiempo que transcurre parece dividirse en el tiempo de la resignación y el de la decadencia final. Esta es mi pregunta para usted, mientras sufrimos el desgarro de nuestras democracias: ¿en cuál de los dos tiempos estamos ahora?

(*) Profesor de Periodismo y Democracia en la Universidad Austral.

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