Por Daniel Enz
(de ANALISIS)
Orlando Rivabén fue siempre una persona muy querida en Paraná. Partió en silencio en este caluroso enero, a comienzos del fin de semana, a los 92 años. Y su paso por la vida no fue en vano. Orlando fue un estudioso, amante de la naturaleza; un hombre honesto, trabajador, buena gente e impulsor como pocos de la educación en la capital entrerriana. Orlando fue un imprescindible para esta sociedad.
Había nacido en Paysandú (Uruguay) y vivió muchos años en Gualeguay, hasta donde había llegado con su hermano menor Hugo, para estudiar. Sus padres arribaron del norte de Italia, en dos barcos diferentes, escapando de la guerra y se afianzaron en el poblado uruguayo, pero no tenían recursos económicos para que los hijos pudieran seguir estudiando. Por eso terminaron en tierras entrerrianas, en la casa de la tía Augusta, que era obstetra y también había llegado desde Italia, tras la guerra. Augusta era una mujer dura, exigente como nadie, pero sirvió para forjar la personalidad de esos niños que habían quedado a su cuidado, aunque con el tiempo siempre se lo recriminaron, un poco en broma, un poco en serio.
La madre de Orlando, Santa, falleció cuando él tenía 24 años y ya se había recibido de profesor de Matemáticas y Física, en Paraná, hasta donde llegó para estudiar. Se enteró de su fallecimiento cuando se encontraba en Coronel Dorrego (Buenos Aires), haciendo las prácticas del profesorado. Su padre, Angel, murió varios años después, a mediados de la década del ’60.
Orlando Rivabén volvió a Gualeguay y trató de afianzarse allí. Incluso, fue vicerector de una de las escuelas y conoció al amor de su vida: Marta Mónaco, una bella paranaense, que era profesora de danzas y había ido a mediados de la década del ’50 a trabajar a un instituto de dicha ciudad. Dio la casualidad de que se instaló a vivir en una pensión, justo en frente a la casa donde residía Orlando, junto a su tía obstetra. No resistió a la belleza y la dulzura de Marta. Se pusieron de novios y se casaron al poco tiempo. Vivieron un tiempo más en Gualeguay, donde nacieron sus tres hijos, Sandra, Martín y Guillermo y luego se instalaron definitivamente en Paraná. Orlando ya había adoptado también la nacionalidad argentina.
Era un amante de la naturaleza y el aire libre. Y todo el tiempo le inculcaba eso a sus hijos. Nunca quería ir a hoteles o a restaurantes. Prefería salir de cámping en los viajes o luego con la casa rodante que un día se compró. Y no entendía eso de “comer afuera”. Lo consideraba innecesario. Quizás porque era un excelente cocinero. Siempre se recordarán sus tallarines al tuco o sus gloriosos asados en el quincho de la casa de calle Pellegrini.
Orlando siempre fue un hacedor permanente. Amaba el básquet, el fútbol, pero en especial el automovilismo. De hecho, fue impulsor de numerosas iniciativas en el Club de volantes entrerrianos y le encantaba instalarse por varios días en el autódromo con su familia, haya o no competencias. Adoraba ese lugar como pocas cosas en la vida. Si hasta logró que sus nietas plantaran varios árboles en el lugar, apenas comenzaron a dar sus primeros pasos. Algo parecido hizo también en Villa Urquiza, donde disfrutaba de la casa quinta junto a los suyos.
Orlando fue clave para el desarrollo educativo de lo que fue su otra casa: la Escuela de Comercio número 1 de Paraná. Allí dejó su vida como docente y rector. Batalló cada día hasta lograr el nuevo edificio en avenida Ramírez, a mediados de los ’80, que fue un establecimiento modelo para la época.
Pocas personas generaban tanto afecto como el profesor Rivabén. Ese hombre humilde, sencillo, bonachón, dialoguista y comprometido con su sociedad, siempre provocaba el saludo espontáneo o resultaba inevitable estar un par de minutos para conversar de la realidad. Orlando prefería caminar. De esa manera podía aprovechar el tiempo para saber de sus vecinos, de su gente. Y para hacer honor a lo que siempre le decía a sus hijos: “No trabajes por la paga; la tendrás así seas un fósil. Trabaja porque con tu esfuerzo, dignificarás a tu semejante”. Y siempre se ocupó de cumplir a rajatablas lo que inculcaba.
Cuando falleció Marta, en agosto de 2014, el corazón se le partió en pedazos, aunque el Alzheimer empezaba a querer ganarle una batalla, en la que finalmente perdió. Orlando fue desapareciendo lentamente, por más que intentaba seguir con sus caminatas. Este sábado último fue su día final, a los 92 años. Llegaron unas pocas personas a su corto velatorio, pero no era necesario. Estaban, seguramente, los que Orlando quería que estuvieran. Fue suficiente, además, con ese exalumno que sorprendió a propios y extraños. Que se presentó como tal y pidió decir unas palabras en la sala, frente a su féretro, para reivindicar lo que había significado Orlando en su educación y en su vida. No era necesario agregar nada más. Orlando había logrado lo que alguna vez le prometió a sus padres y le demostró con hechos a sus hijos y nietos, en el largo camino de la vida. No había más que hablar. Descansa en paz, querido Orlando.







