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De la comunicación a la gestión: la necesidad de mayor rigurosidad

Enrique "Kike" Ríos

En los últimos días, se presentó públicamente la iniciativa ORI, impulsada por (el secretario de Modernización de Entre Ríos) Emanuel Gainza, como una propuesta innovadora en el abordaje de la salud mental de adolescentes a través de inteligencia artificial, orientada a familias y docentes.

Toda política pública que busque incorporar nuevas herramientas tecnológicas merece ser analizada con seriedad, especialmente cuando se trata de un tema tan sensible como la salud mental. En este sentido, más allá del anuncio inicial, resulta fundamental contar con precisiones claras sobre el alcance, los objetivos y los fundamentos del proyecto.

En ese marco, empieza a repetirse una lógica conocida, primero se arma el “flyer” y después vemos para qué sirve. Lo importante es “hacer”, aunque al día siguiente haya que salir a explicar qué se hizo exactamente, cómo funciona y cuál es su utilidad concreta. Primero el anuncio y la foto, las definiciones de fondo quedan, muchas veces, para después...

Así llegó ORI, presentado con bombos y platillos como “el primero en Latinoamérica”. Una afirmación de esa magnitud exige un respaldo acorde, porque esa épica pionera, al mirarla con más detalle, se asemeja más a un ejercicio de adaptación de desarrollos ya existentes, con algunos retoques y nuevo nombre, que a una innovación genuina. En ese contexto, la frontera entre crear algo nuevo y replicar con ajustes propios se vuelve, cuanto menos, difusa.

Y es ahí donde aparecen las preguntas que realmente importan:

¿Cuál es la evidencia científica que respalda la implementación de esta herramienta?

¿Qué rol tendrán los profesionales en su funcionamiento?

¿Cómo se delimita la intervención entre orientación, contención y diagnóstico?

¿Qué mecanismos de responsabilidad están previstos ante posibles errores o consecuencias no deseadas?

Estas definiciones no son accesorias, son centrales para garantizar que cualquier innovación tecnológica se implemente con criterios de calidad, ética y seguridad. La innovación, para ser tal, necesita algo más que una buena presentación.

El desafío no es solo comunicar nuevas iniciativas, sino asegurar que las mismas estén debidamente diseñadas, evaluadas y respaldadas. En temas sensibles, la improvisación no es audacia, es un riesgo. Y cuando ante preguntas legítimas la respuesta es que quien cuestiona “le teme al cambio”, el problema no es la falta de apertura, sino la falta de un plan que resista dos preguntas seguidas.

Las políticas públicas bien hechas se explican solas.

Porque, en definitiva, su valor no está en el impacto del anuncio, sino en su capacidad de ofrecer respuestas reales, sostenibles y confiables para la ciudadanía.

(*) secretario de Desarrollo Humano de la Municipalidad de Paraná 

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