Argentina, el país que apuesta a la soja transgénica cueste lo que cueste

Un país que vive de espejismos. Hace cuatro décadas creyó que la solución a sus males era el poder militar, luego el regreso de un líder desgastado y moribundo y, de nuevo el poder militar. De esta sucesión surgió un genocidio que pesará por siempre en el alma de quines fueron responsables directos y de muchos otros que pensaron que "los argentinos somos derechos y humanos" y un espejismo mas dentro del otro que fue creer que nuestros pobres soldados, adolescentes casi, eran capaces, sin instrucción ni armamento, de enfrentar con éxito al poder de la Otan sumado a la traición del gobierno de turno en Chile.

En 1983 volvió la democracia y éramos, de nuevo, felices en otra ilusión fugaz, con la década menemista, la paridad del peso argentino con la moneda estadounidense, sumado a las "relaciones carnales" con el patrón del Norte, eran la panacea para nuestros problemas.

Caídos todos esos mitos, luego de la presidencia incapaz, y sangrienta de De la Rua, aparece la soja transgénica. Este "evento" obtiene su aprobación en plena época menemista, cuando el país era un gigantesco laboratorio de experimentación para las multinacionales productoras de agrotóxicos así como lo era también para los grandes grupos financieros, los capitales piratas y cuanto empresario deshonesto tuviera ganas de sacar partido de un país debilitado socialmente por un gobierno que fue modelo de corrupción, cinismo y ambición desmedida.

A partir de allí se produce una verdadera invasión, los "productores", nuevo término que designa a quienes trabajan la tierra, encuentran un cultivo que resiste las sequías, que se vende a buen precio y los agrotóxicos que requiere cuestan tan poco a causa de dólar a un peso que, ante la duda, se usan con exceso.

Entonces, la soja, se lleva los tambos cuya instalación y genética llevaron años de trabajo y sacrificio, se llevan los montes nativos asesinados por potentes topadoras ligadas por cadenas que arrasan arbustos, árboles y destruyen una diversidad biológica irrecuperable. Los hacheros ven, con lágrimas en los ojos como esas topadoras hacen desaparecer su fuente de trabajo y además como una ofensa fatal, queman toda la vegetación talada sin que nadie pueda aprovechar toneladas de algarrobo, aromo, espinillo, tala, chañar desaparecidos.

Y todos deben migrar, los hombres y sus familias a refugiarse en las ciudades que no están preparadas para recibirlos, así como ellos no están preparados para vivir en ellas y terminan transformándose en víctimas o parte de una delincuencia que hoy nos avergüenza porque nos sabemos responsables de ella y su circunstancia.

Pero también los pájaros, que hoy aturden con su bulla mañanera en las zonas pobladas, los insectos, como por ejemplo la vinchuca, transmisora del parásito que provoca la enfermedad de Chagas, y que tiene un ciclo natural selvático, y otro alternativo ciudadano.

Y la soja avanza, a buen precio. Tan es así que la voracidad de los empresarios de la soja pone los ojos en los montes chaqueños, santiagueños, formoseños, salteños, donde nunca se sembró nada porque los indígenas, herederos de esas tierras obtienen su sustento de lo que el monte brinda sin reservas, con la sola condición de no tomar mas de lo necesario.

Pero la cultura de la soja quiere mas, camionetas 4 x 4, para movilizarse en las ciudades y pueblos, maquinaria nueva, para sembrar y cosechar mas rápido, y agrotóxicos, sobretodo agrotóxicos. Porque a medida que pasan las cosechas ese extraordinario glifosato que parecía maravilloso pierde efectividad, aparecen malezas resistentes y proliferan tanto como la soja misma.

Es que la vida se abre camino y ante la destrucción de sus competidores las malezas resistentes avanzan y hoy casi todos los sojales está "adornados" por enredaderas con hermosas flores azules que se ríen del avión que riega con glifosato esos sojales, los frutales, las huertas, las ciudades y los pueblos.

Pero entonces hay que usar 24D, de trágico recuerdo cuando formaba parte del agente naranja que destruyó la vegetación de Vietnam y regó de malformaciones, cáncer e infertilidad a los vietnamitas y también a los soldados norteamericanos, hecho que la Veteran Adminitration aún no ha reconocido.

Y como, a veces, los cambios que todas estas manipulaciones imprudentes producen sobre el clima, producen un rebrote de soja a destiempo que molesta el trabajo que precede a la siembra de trigo, hay fumigarla con Paraquat, uno de los tóxicos mas agresivos que las fábricas de biocidas pudieron producir. Lo cual ademas es una aberración biológica porque, siendo la soja una planta de desarrollo estival, no es necesario fumigarla con nada porque la primera helada la destruye.

Y después la cipermetrina, que destruye la fauna acuática porque nadie se cuida de no fumigar los cursos de agua que, en tiempos de soja aparecen sembrados de peces muertos, y también el endosulfán, un organoclorado prohibido en muchos países por pertenecer a los contaminantes orgánicos persistentes que van a provocar por décadas alteraciones genéticas sobre las descendencias de quienes estamos expuestos a las fumigaciones descontroladas.

Y el metamidofos, órgano fosforado, pariente lejano de aquel DDT que todavía no pueden limpiar de los ríos contaminados de América del Norte.

Y ahora, como cumpliendo uno a uno los peores pronósticos, la roya. Un hongo, Phakospora Pachiryzi, que por el aumento sin límites ni medida de los cultivares aparece para destruir el mito, para romper otro espejismo y reencontrarnos con una realidad donde la riqueza no aparece de un día para otro, donde las vidas de vegetales, animales y humanos deben respetar cierto equilibrio porque sino todos pierden.

La Argentina, otrora el país de la vacas gordas, es hoy el país de la soja transgénica, hasta algunas entidades que siempre tuvieron una imagen conservacionista se sientan con las multinacionales productoras de agrotóxicos y los grandes empresarios sojeros a conversar sobre la "sustentabilidad" de producir un millón de hectáreas de soja. Se siembra soja en los costados de los caminos provocando un peligro para el tránsito cuando las máquinas sembradoras o cosechadoras están trabajando en un lugar que es vía de escape para evitar accidentes. Pero además se avanza sobre el último refugio de animales que estuvieron aquí mucho antes que nosotros y la soja.

En Argentina la soja financia los planes sociales que pagan, por no hacer casi nada, a los mismos que la soja dejó sin empleo creando una fuerza móvil de extrema conflictividad que, a veces es arma y a veces es amenaza para un gobierno que ha basado su política económica en las regalías de la soja.

Argentina es soja-dependiente y vive esa ilusión de la cosecha de soja, la ilusión que, una vez mas, se hará trizas cuando la soja pierda valor internacional, o los insumos sean tan caros que sea imposible comprarlos, o la tierra pierda su fertilidad y resulte imposible devolvérsela o un hongo, solo un hongo de nombre difícil de pronunciar y de escribir pero que ya forma parte de las pesadillas de los productores, los acopiadores, los camioneros, y los políticos, destruya dos cosechas porque la naturaleza no sabe de necesidades económicas o de ambiciones políticas de permanencia.

La naturaleza solo sabe que para sobrevivir hay que mantener cierto equilibrio, y si alguna especie amenaza ese equilibrio... desaparece.

Gianfelici
Cerrito (ER)

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(Imagen: Alfredo Sábat-La Nación)

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