Achicar el Estado es condenar a la Nación

Por Pablo Caramelo (*)

 

La historia económica demuestra que no existe sociedad que se haya desarrollado a partir de los mandatos del libre mercado. En efecto, y al contrario de lo propuesto por el liberalismo económico, ha sido siempre la cooperación, la regulación estatal y la planificación económica lo que permitió a las actuales potencias globales desarrollarse a través de la educación, la ciencia y la innovación productiva.

Una de las evidencias más contundentes al respecto es que los países más desarrollados del mundo cuentan hoy en día con los Estados más grandes y poderosos, en tanto los países más atrasados son los que presentan la estructura estatal más pequeña. Por ejemplo, en el año 2022 el gasto público en relación al PBI fue del 49,7 por ciento en Alemania, del 58,1 por ciento en Francia, 56,7 por ciento en Italia, Finlandia 53,4 por ciento y Suecia 47,7 por ciento. Incluso en casos como los de Estados Unidos o Israel, que suelen presentarse como paradigmas del libre mercado, durante el 2022 el gasto público con relación al producto fue del 43,02 por ciento y del 44,73 por ciento, respectivamente. En tanto que en Argentina el gasto público sobre el PBI fue del 37,83 por ciento.

Frente a esta contundente evidencia, los liberales suelen defender sus postulados arguyendo que los países desarrollados pueden tener hoy Estados enormes porque ya son desarrollados, y que han alcanzado esas posiciones de privilegio en el pasado en base a Estados de menor proporción. Los registros históricos también desmienten esta argumentación. Si bien es cierto que estos países partieron hace muchos años de estructuras estatales mucho más pequeñas a las actuales, fue justamente cuando comenzaron a incrementar la participación y la planificación estatal, que lograron despegar en la carrera hacia el desarrollo económico.

 

El origen del Estado

 

 

Ancestralmente, las sociedades agrícolas primigenias presentaban esquemas sociales de no más de unos pocos cientos de miembros, en donde casi todos los individuos conocían a la mayoría de los miembros de su tribu, y a menudo estaban emparentados entre sí. La pequeña escala de estas sociedades y su cohesión facilitaban la colaboración y mitigaba las disputas. En ese marco, el liderazgo tribal hacía cumplir las reglas en la comunidad y fomentaba la cooperación.

A medida que estos asentamientos se fueron expandiendo y sus poblaciones se hicieron más numerosas, surgió la necesidad de una cooperación más amplia que superara los lazos familiares. De este modo, florecieron instituciones políticas y religiosas mucho más complejas, que permitieron a nuestros ancestros colaborar a mayor escala, dando lugar a la construcción de grandes sistemas de riego, caminos, edificaciones, fortalezas intimidatorias y ejércitos temibles.

Estas ventajas permitieron una mayor producción de alimentos, lo cual dio lugar a un notable crecimiento demográfico y a la correspondiente división del trabajo. De este modo, el producir más calorías por trabajador, permitió sostener a una clase social que no estaba dedicada a la obtención de comida, al tiempo que se incrementaba la densidad poblacional. Tener una clase social que no estuviera destinada a la producción de alimentos permitió la creación de una estructura burocrática, dedicada a la organización política y a la acumulación de nuevos conocimientos.

En efecto, para facilitar la cooperación a gran escala, estas sociedades más complejas comenzaron a caracterizarse por un liderazgo político sostenido y por una toma de decisiones centralizada. Así, los Estados estructurados a partir de la recaudación de impuestos podían financiar mayores ejércitos, proporcionar mejores servicios públicos, imponer la ley y el orden, invertir en capital humano y hacer cumplir los contratos comerciales, todo lo cual fomentaba el progreso tecnológico y el crecimiento económico.

Más adelante en el tiempo, pero sobre la base de esa misma estructura, la Revolución Industrial constituyó la fuerza que metió de lleno al mundo en la moderna fase de crecimiento. Las innovaciones tecnológicas permitieron aumentar la población y fomentaron la adaptación de esta a su entorno, tanto ecológico como tecnológico. Las poblaciones más numerosas y mejor adaptadas fomentaron a su vez la habilidad de la humanidad para diseñar nuevas tecnologías y para obtener un control cada vez mayor de ese entorno.

Así, la industrialización desencadenó una revolución en la educación de las masas. Los salarios de los trabajadores comenzaron a subir. En pocas palabras, las sociedades industriales de todo el mundo, incluso aquellas que se resistieron a adoptar otros aspectos de la modernidad occidental, decidieron apoyar la educación pública, sobre todo porque comprendieron la importancia de la educación universal en un entorno tecnológico dinámico, tanto para los empresarios como para los trabajadores.

A partir de ello, el desarrollo histórico del capitalismo tuvo lugar en los países centrales, a partir del crecimiento de la gran industria y la consiguiente constitución de sistemas industriales nacionales integrados. La maquinaria industrial permitió la aplicación de la ciencia al producto general del desarrollo social, es decir, al proceso inmediato de producción, potenciando el valor generado por la mano de obra. De esta forma, a medida que las innovaciones tecnológicas se consolidan en determinado sector, estas tienden a extenderse al resto de las ramas de producción, erigiéndose como la forma general socialmente imperante en el proceso de producción y conformándose en tanto un sistema industrial integrado. Así, el entramado productivo se constituye como el soporte material que permite al capital orientar el desarrollo de las fuerzas productivas a través de la innovación tecnológica derivada de la acumulación social de conocimientos.

Los avances tecnológicos y los sistemas públicos de salud contribuyeron al descenso en las tasas de morbilidad y al aumento de la esperanza de vida, que a su vez impulsaron los incentivos para invertir en educación y fomentaron nuevas innovaciones tecnológicas. El aumento de la calidad de vida a partir de la Revolución Industrial fue principalmente el resultado de la formación del capital humano y el rápido avance tecnológico, que se reforzaron mutuamente.

 

Derribando mitos

 

Al observar la historia de los países desarrollados, se puede verificar que cada uno de ellos atravesó diferentes fases y alcanzó el desarrollo delineando características únicas e irrepetibles. El desarrollo es una experiencia nacional plagada de contradicciones, conflictos y dificultades, en la que cada país debe seguir su propio recorrido a partir de su experiencia histórica y sus oportunidades. Sin embargo, la historia económica demuestra que no existe sociedad que se haya desarrollado a partir de los mandatos del libre mercado.

En efecto, si fuera cierto el postulado ortodoxo que sostiene que la planificación y la intervención estatal implica un obstáculo para el desarrollo, las actuales potencias globales estarían condenadas al estancamiento, dadas sus gigantescas estructuras estatales. Y serían en cambio los países con menor participación estatal los que deberían ubicarse a la vanguardia del desarrollo. Cuestión que resulta completamente absurda ya que los países con menor estructura estatal como la que se observa en Somalia, Haití, Sudán, Yemen, Etiopía, donde el gasto público en relación al producto se ubica en el 6,91 por ciento, 8,29 por ciento, 9,75 por ciento, 12,17 por ciento, 12,7 por ciento respectivamente, no solo no lideran los rankings de crecimiento económico, sino que muy por el contrario se alejan cada vez más de los desarrollados que son precisamente los que ostentan el mayor nivel de inversión pública en relación al PBI.

La negación de estas palmarias evidencias en torno al importante rol que desempeña el Estado en tanto motor para el crecimiento inclusivo, expone que el objetivo de quienes impulsan la propuesta de achicar al Estado es obturar toda posibilidad de desarrollo nacional. Dado que el desarrollo económico se construye siempre en base a un Estado potente, planificador, dinámico e innovador.

Para lograr replicar el éxito alcanzado por las sociedades con mejores niveles de vida, resulta fundamental reconocer cuáles han sido las recetas que han utilizado para conseguir ese grado de desarrollo, teniendo en claro que las mismas nada tienen que ver con las políticas propias del libre mercado que algunos insisten en promover. Por el contrario, ha sido siempre la regulación estatal y la planificación económica lo que permitió a las actuales potencias globales desarrollarse a través de la educación, la ciencia y la innovación productiva. En dónde un Estado grande y robusto es imprescindible, pero también lo es que ese Estado sea ágil, dinámico y eficiente en su objetivo prioritario de mejorar la calidad de vida de los ciudadanos.

 

(*) Pablo Caramelo es economista de la UBA y esta columna de Opinión fue publicada originalmente en el diario Página/12.

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