Solas y valientes

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Crónica sobre el acoso escolar en un colegio católico de Concepción del Uruguay

Tres escenas describen una situación grave de acoso escolar en un colegio católico de Concepción del Uruguay. Comenzó como algo entre pares y trascendió a los adultos y autoridades religiosas que presionan a una estudiante y sus padres para que se cambie de división o se vaya de la institución. ¿Qué papel juega la Dirección de Educación Privada del CGE en un colegio que viene arrastrando varios casos? ¿Por qué las víctimas se ven obligadas a recurrir al periodismo?

Natalia Buiatti

La historia que se cuenta a continuación tiene pocos nombres de personas e instituciones. Eso no quiere decir que no haya responsables, sino que tiene como objetivo proteger a las víctimas. A modo de ejemplo, se exponen tres escenas de un vínculo violento que es mucho más amplio y extenso, e involucra a otros menores y adultos que también son víctima de malos tratos en la misma institución. ¿Qué pasa con la implementación de la Educación Sexual Integral (ESI) en las escuelas católicas de Entre Ríos?    

Escena 1: el marcador

Dos niñas escolarizadas se ayudan mutuamente. Una colabora con el trabajo que su compañera no terminó y debe entregar. Días más tarde, esa tarea será calificada con nota. La otra chica acepta el aporte que le ofrecen y, de ese modo, hace sentir integrada a quien coopera. La escena refleja un halo de intimidad y complicidad entre ambas estudiantes. Ocurre en un contexto más amplio, concurrido y común, casi público: el interior de un aula que contiene adolescentes de 14 y 15 años, en un colegio católico de Concepción del Uruguay.  

La armonía que las dos chicas cuecen lento y con amor, se resquebraja inesperadamente: un varón saca con sigilo el fibrón de la chica que debe entregar el trabajo, ante los ojos impávidos de la compañera que la ayuda.

Pasan los días. El mismo grupo de estudiantes comparte otra jornada en el aula. De las pertenencias de la chica que ayudó a su compañera, cae un fibrón igual al que fue hurtado días previos.

–¡Lo sabía. Me robaste el marcador. Sos una chorra! –acusó en voz alta la estudiante que pudo entregar su trabajo. 

–Chorra

–Chorra

–Chorra –repitieron otros integrantes del grupo.

La chica intentó defenderse, explicar, gritar más alto. Nadie la escuchó y, desde entonces, hace carne lo que nunca imaginó: la hostilidad de los pares, las malas caras, la indiferencia, el cuchicheo, las burlas y risas por lo bajo, las acusaciones infundadas, las humillaciones. La revictimizaron robándole a ella los útiles y las meriendas. Hasta quien decía ser su mejor amiga la dejó de lado y se unió al grupito que comanda el hostigamiento colectivo. Situaciones violentas que se reproducen sistemáticamente, como un mecanismo común que llevan adelante cuatro o cinco estudiantes contra una compañera. El resto sostiene la violencia en silencio. Observan desde afuera. Prefieren no meterse. Saben que está mal pero evitan el escándalo.

Escena 2: un viaje de estudios

Varios grupos del colegio planean un viaje de estudios. Es una práctica de rutina, un paseo que hacen en el marco de las actividades extraescolares anuales. Los acompañan docentes del colegio. Recorren varios kilómetros en colectivo, hasta Buenos Aires y recrean una jornada distinta, que apunta a afianzar los vínculos grupales y estimula la camaradería fuera de las aulas y la propia ciudad. 

La chica que viene soportando el hostigamiento hace meses, se ubica casi al fondo del colectivo. Detrás de ella un grupo de varones inicia una conversación llena de comentarios desubicados sobre algunas compañeras de escuela.

–Che ¿y ella también hace bailes? –pregunta uno de los estudiantes, identificando con nombre a la chica que acosan sistemáticamente.

–Sí, sí.

–¡No! ¿Vos sabés lo que debe ser verla bailar?

–Shhh. Callate. ¿No ves que está ahí adelante?

La alumna se siente muy mal. Respira rápido y entrecortado, las lágrimas le inundan los ojos, aprieta las mandíbulas, quiere romper en llanto pero traga saliva, respira hondo y piensa. Se levanta de su asiento, decidida a buscar otra butaca, una más alejada. Divisa una al frente y camina hasta allí como puede.  

Lo que queda del viaje y de clases hasta terminar ese año (el 2022) fue, para ella, una verdadera pesadilla. Las palabras no dejaron de retumbar en su memoria, la llenaron de miedo y ansiedad. Le quitaron el apetito, le impidieron volver a mirarse con amor al espejo. No tuvo más opción que comenzar a trabajar en su autoestima porque se sintió cada vez peor.

Escena 3: una charla para resolver los problemas de convivencia

La chica que sufre bullying plantea la situación con su preceptora en varias ocasiones. También lo saben docentes y otras autoridades del colegio. Implementan un cambio de bancos. Luego deciden presentarse espontáneamente en el aula y preguntan cómo viene el curso en general. Cuando parece que podría activarse una red de contención, todo empeora. Por parte de los alumnos hablan tres o cuatro varones (identificados como los acosadores), llevan la voz cantante. Dicen que todo va bien, que se escuchan mutuamente y, rápidamente, consiguen gestos de apoyo de las mujeres adultas. Una de ellas llega a decir que “primero siempre destaca lo bueno de un curso y después lo malo”.

Desde su pupitre, la estudiante que pidió ayuda porque sus compañeros la acosan, solicita permiso y se retira al baño. Rompe en llanto. No puede comprender tantas mentiras. Detrás llega una de las pocas compañeras en quien confía y le cuenta que dentro del aula las están acusando de ser el problema.

Las chicas deciden retirarse del establecimiento pero las intercepta una preceptora y las lleva a Rectoría. Lejos de preguntarles cómo se sienten, les advierten que terminen el tema, que expliquen qué pasa porque las autoridades no se enteran. Las provocan. Las alumnas dicen que no quieren hablar, que se quieren ir. Las mujeres les insisten, no las dejan salir y tampoco comunicarse con sus tutores extraescolares.

–Necesito que me escuches, no podemos dejar que te vayas y más estando así, vos recordá que tu mamá no se encuentra bien de salud, y si te ve así no va a sentirse bien, vos tenés que pensar en tu madre –le espeta la vicerrectora.

–Bueno chicas, yo ya estoy muy cansada con este tema, y lo vamos a cerrar hoy, y hoy se termina, porque ya no quiero seguir lidiando con esto. Ahora se van a lavar la cara, porque nos dijeron los chicos que quieren hablar con ustedes, y ya de paso aclaran bien sus problemas – les ordenó la rectora.

Fue una tutora del curso quien descomprimió la situación y convención a rectora y vice de que la charla entre pares se daría al día siguiente. Cuando esa instancia llegó, se reeditó la escena del día anterior. Los acosadores desconocieron todo acto de violencia, se ubicaron como blanco de mentiras y terminaron por asegurar que desde la escuela se les había hecho saber que estaban de su lado.

Agudizaron la violencia

Pese al acoso que sufre, la estudiante uruguayense siempre tuvo un desempeño académico excelente y, hasta el año pasado, nunca tuvo inconvenientes en sus vínculos. Lo reconocieron las propias autoridades del colegio. 

De la situación está al tanto toda la comunidad católica de Concepción del Uruguay, incluidos varios curas con cargo en la Diócesis y hasta el propio obispo, monseñor Héctor Luis Zordán. Lo sabe bien la rectora, la vicerrectora, secretarios del establecimiento, la asesora pedagógica, la asesora legal y los padres. Todos conocen en detalle lo que ocurre puertas adentro de la institución. Los rumores corren como reguero de pólvora pero en lugar de activar una red de contención, la dinámica violenta se agudizó con la intervención de los adultos, por anuencia o acción directa. En efecto, una de las “soluciones” que se ofreció fue cambiar de institución a la chica que se opuso a ser violentada. Es decir, el propio colegio intentó resolver la complejidad apartando a la estudiante del instituto, diciéndole que se vaya a otra escuela. La oferta se expuso en una reunión con la madre de la estudiante.

Agotada de las vueltas en un laberinto sin salida, la mamá reclamó a las autoridades religiosas e inició un expediente en la Dirección de Educación Privada del Consejo General de Educación (CGE), cuya titular es Patricia Palleiro. Esta funcionaria política, así como la coordinadora del área de Educación Sexual Integral del CGE, Silvia Dri, y dos supervisoras que intervinieron en la “resolución” de la situación compleja evitaron todo tipo de diálogo con ANÁLISIS. Ni siquiera estuvieron dispuestas para abordar en general una problemática común y transversal en las escuelas de la provincia. Funcionarias públicas que bajo el paraguas de la supuesta protección de los estudiantes, dejan de dar cuentas a la comunidad sobre su trabajo.

Comisión de juzgamiento

Aquella reunión a la que asistieron los padres de la chica y las autoridades del colegio fue una verdadera comisión de juzgamiento. La señora estuvo más de una hora sola, con casi una decena de personas entre quienes estaba la rectora, vicerrectora, el secretario, asesora pedagógica y profesoras. El personal del colegio le pidió a la mujer, una y otra vez, que explique lo que pasaba con su hija, que especifique qué estaba pidiendo, que identifique a alumnos acosadores. La cuestionaron, le pidieron pruebas de lo que estaba diciendo y le reclamaron que se rectifique. Afuera estaba el padre de la chica que había llegado unos minutos tarde y no lo dejaban pasar.

La madre se cansó de contar la situación, de rencauzar una conversación desvirtuada por parte de las autoridades. Escuchó decir que todo se resumía en cómo su hija entabla los vínculos con el grupo. Escuchó decir que el conflicto, quizás, estaba fuera del colegio. Como solución, le ofrecieron que saque a su hija del establecimiento, que la cambie de escuela.  

Con el CGE mediando, el expediente iniciado fue y volvió de Concepción a Paraná y viceversa en numerosas ocasiones. Intervinieron varias personas. Hubo algunos cambios de autoridades pero la situación de fondo no se resolvió, sino que la presión para que la niña salga del colegio se redobló. En el intenso intercambio epistolar se dijeron mentiras que revictimizaron una y otra vez a la estudiante y su madre. Hasta se llegó a mencionar la salud mental de la chica. La alumna quedó en una especie de limbo legal cuando desde el colegio le comunicaron que “considerando el interés superior del niño y también su desarraigo” de la institución, se decidió la “rescisión del contrato del servicio educativo” con la familia.

Le suspendieron la matrícula. Decididas a no bajar los brazos, madre e hija siguieron pagando la cuota todos los meses. Aunque la situación se volvió insoportable. En el marco del expediente administrativo del CGE, el colegio no reconoció a la chica como víctima de bullying y validó la versión de los agresores, ubicándolos también como posibles blancos de hostigamiento. En el marco del expediente administrativo del CGE, la institución propuso que la chica se cambie de división (a una orientación que no eligió, por lo cual debería rendir equivalencias), o se vaya de la institución a otro colegio de la Diócesis.

Proteger a la niña

No es el único caso que aqueja al colegio católico. En 2020 un video viral mostró cómo un alumno era golpeado en un baño dentro de la institución. La situación llegó a los medios nacionales de comunicación y se abrió un verdadero escándalo en el colegio que terminó en un proceso judicial. Además, son comunes los pedidos de pases y las salidas intempestivas de otros estudiantes y hasta docentes. 

“La Iglesia Católica está desplegando todos sus medios de poder para cubrir todos los reclamos que se hacen en razón de bullying. Cuando lo hicieron visible ante las autoridades de la escuela, lo que hicieron fue sacar a la niña para que todos sigan felices dentro del corral del señor. La situación escaló a tal punto que la madre de la chica, hace unos días recibió el llamado del rector de otra escuela diciendo que tenía lugar para su hija. ‘La rectora de colegio me dijo que le pediste que me llame y le dé un lugar a tu hija, ya lo tengo’. La madre contestó que ella no había pedido nada. A la chica no le dieron la panilla de reinscripción para 2024 y al resto de sus compañeros sí. No le aceptan el pago de la cuota del colegio para dejarla en mora y encontrar una alternativa para cancelar el contrato. Más allá del bullying que roza la cuestión penal, existe una violación sistemática a las leyes civiles”, evaluó el abogado Ricardo Monzón que acompaña a la chica y su familia. “El expediente del CGE tiene resolución favorable para la estudiante y su madre. Pero la escuela con la protección del Obispado se afirmó en que mantienen sus reglas y son un círculo privado”, acotó el letrado.

Monzón señaló que “toda aquella amedrentación o amenaza bajo el peligro de sufrir un daño, que logra torcer una voluntad, es una cuestión que debe evaluarse bajo la lupa penal”. Además acotó que “cuando uno está en una escuela y paga el canon, el derecho de examen, es una relación de consumo”. “Hay incumplimiento de contrato y responsabilidad administrativa por parte del cuerpo jerárquico de la escuela, de parte de la preceptora que es la primera línea de defensa que tienen los alumnos cuando reciben el ataque de otros alumnos. ¿Por qué la obligan a irse de la escuela donde quiere terminar, sólo porque opina distinto o tiene una actitud diferente a la mayoría ante situaciones comunes? El ser auténtico frente a situaciones comunes no te hace merecedor de exclusión. A ella la califican de modo denigrante por cuestiones físicas, por la economía de sus padres. Es una chica brillante, con calificaciones altísimas y un promedio altísimo en primaria y secundaria. Me parece que eso no es tenido en cuenta por parte de las autoridades del colegio”, dijo Monzón y remató: “Todos somos iguales ante Dios y ante la ley. Esto debe entenderse, debe aceptarse y resolverse de la mejor manera”.

Datos sobre la violencia en las escuelas

En Entre Ríos, si hay datos estadísticos públicos sobre maltrato escolar, no son de fácil acceso. La web del CGE está repleta de materiales tales como protocolos, herramientas de concientización, gacetillas sobre talleres y capacitaciones para docentes. Pero los índices que se obtienen a partir del registro en bitácoras, no están disponibles. Y a esta altura de los acontecimientos, las autoridades de Gobierno saben que ocultar datos públicos no sirve para ocultar los problemas que deben resolver.

La Organización No Gubernamental (ONG) Internacional Bullying Sin Fronteras (BSF), dedicada a la prevención y lucha contra el acoso escolar en el mundo, presentó hace algunos meses la segunda Estadística Mundial de Bullying 2022/2023.

En este sentido, los tres países con más casos de bullying son: México, EEUU y España. Argentina, con un crecimiento explosivo de casos detectados, se encuentra en el quinto puesto.

Ranking

  • México: 270.000 casos.
  • Estados Unidos: 250.000 casos.
  • España: 69.554 casos.
  • Brasil: 66.500 casos.
  • Argentina 50.250 casos.
  • India. 49.600 casos.
  • Alemania 48.200 casos.
  • Reino Unido 46.500 casos.
  • Colombia 41.500 casos.
  • Países Bajos 40.200 casos.

En 2020, el Observatorio Argentinos por la Educación publicó en 2020 un informe sobre los resultados de las pruebas PISA que se hicieron en 2018. “A partir de las evidencias que señalan a la escuela no sólo como un ámbito de aprendizaje, sino también como el lugar donde se forma lo afectivo y lo intelectual, el estudio PISA analiza el sentido de pertenencia que los alumnos muestran con respecto a su escuela. Una ‘pertenencia’ que brinda a los estudiantes sentimientos de seguridad, identidad y comunidad. Para estudiar la relación entre el acoso escolar entre iguales y los resultados de aprendizaje, medidos según PISA, se consideraron tres indicadores: la violencia social medida a través del sentimiento de falta de pertenencia escolar o exclusión, el acoso medido a través de la violencia física sufrida por estudiantes y el maltrato verbal medido a través de la frecuencia del maltrato verbal (circular rumores dañinos) por estudiantes”, indica el documento.

El estudio devela “la frecuencia de maltrato verbal entre pares” relacionado al desempeño en el área de matemáticas. “El gráfico muestra que los estudiantes que sufren mayor frecuencia de maltrato (‘una vez a la semana o más’), obtienen resultados más bajos en la prueba PISA. La relación negativa entre el sufrimiento de maltrato verbal y bajos desempeños se replica en todos los países considerados. Uruguay muestra la mayor brecha de resultados, 64 puntos (1,6 años escolares) entre los estudiantes con mayor/menor exposición a maltrato verbal. La brecha más chica se observa en Costa Rica (29 puntos, el equivalente a 0,7 años escolares). Argentina se encuentra entre los países de la región con menor brecha: 33 puntos, equivalentes a 0,8 años escolares”.

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