Páginas para pensar sobre el hombre

Edición: 
890
Entrevista al escritor y pensador Fortunato Calderón Correa

Claudio Cañete

-¿Dónde reside actualmente y cuál es su actividad en este momento?

-Desde hace un par de años vivo en La Picada, en una casa que fui construyendo de a poco con miras a retirarme cuando llegara el momento. Estoy retirado de los empleos que desempeñé en Paraná pero sigo colaborando como periodista con la agencia AIM.

-¿Cuánto tiempo le demandó escribir este libro?

-Luz es un libro que, como las doctrinas que trata de exponer, desestima la realidad del tiempo tal como nosotros lo entendemos, tanto desde la Física como desde la Psicología y sobre todo del sentido común, ya que es una cualidad del mundo manifestado, fenoménico, no de la realidad esencial. Pero de todos modos, atento al sentido de la pregunta, es el resultado de lecturas, reflexiones y experiencias que se iniciaron en la pubertad y no han cesado. Cuando digo lecturas me refiero a abrir un libro, leer un párrafo, cerrarlo y meditar sobre él días o semanas enteras. Aparecen entonces vinculaciones a veces inesperadas que confirman que todo está relacionado con todo y todo vinculado a un centro único que no es relativo a nada, del que la luz es un símbolo físico. Intercambiaba ideas con amigos y compañeros de trabajo a través del correo electrónico. Al cabo de pocos meses advertí que tenía mucho material y comencé a organizarlo. El resultado fue interesante: estaba allí la experiencia de décadas, la ciencia moderna que pude conocer en la Facultad de Ingeniería Química, los diálogos inolvidables para mí en siestas sin tiempo en la casa de Juan L. Ortiz, el hombre más excepcional que he conocido, mi afición por la música, la poesía y las matemáticas, mi desinterés por las cuestiones “prácticas”, políticas o sociales. Por eso decidí darles alguna organización en capítulos breves, sin conexión aparente entre ellos pero unidos todos al centro sin el cual ni ellos ni nada existiría. Esa tarea, si puedo llamarla así, no fue más allá de los dos meses.

-¿Es un libro de Filosofía o apunta a ser otro tipo de sistematización de ideas?

-Expone un saber tradicional sin autor del que los occidentales tienen noticias muy tergiversadas, lamentablemente. Se trata de “jñana”, nombre sánscrito del conocimiento supremo que lleva a superar la diferencia ilusoria entre sujeto y objeto y convierte al conocedor en un “liberado en vida”. Ninguna instrucción occidental actual tiene esa finalidad. Para un gran expositor de la “doctrina perenne”, Sri Shankaracharya, el maestro Shankara, del siglo noveno en la India, la causa del sufrimiento es la ignorancia. No se refiere a algo que pueda solucionarse convirtiéndose en “hombre culto” mediante cursos o lecturas, sino a responder con pleno conocimiento a la pregunta crucial: ¿quién soy yo? Los que mediante una introspección rigurosa consiguen responder a esta pregunta ya no son propiamente individuos. La Filosofía, sobre todo la moderna, consiste en construcciones más o menos interesantes o inteligentes sobre bases hipotéticas. En lugar de eso, la doctrina universal sugiere emprender por nosotros mismos el camino de nuestros propios pasos, dejar atrás toda ciencia y toda creencia y convertirnos en la realidad que no cambia. Los que lo consiguieron limpiaron todos los sedimentos con que la memoria cubrió su ser original y que los hace identificarse con un nombre, propiedades, edad, sexo, salud, enfermedad y tantas otras cosas contingentes, pasajeras, transitorias. Cuando desaparece la costra con que estamos identificados por ignorancia, aparece el cristal que somos, tal como cuando el viento arrastra las nubes vuelve a aparecer el sol, que nunca estuvo ausente. No es un libro de Filosofía como entienden las universidades la palabra, que como la ciencia designa solamente un conjunto de conocimientos de orden racional, es decir, centrados en el individuo y que no intenta superarlo ni se lo plantea. La doctrina universal tiene un objeto que por ser universal es infinito y por consiguiente no puede admitir ninguna clase de sistematización. Cuando algo se sistematiza, algo queda fuera del sistema y al final termina echándolo a perder. A ese “algo” que queda afuera Schopenhauer lo llamaba el “resto” de los sistemas filosóficos, pero incurrió en el error de suponer que su propio sistema no tenía “resto”.

(Más información en la edición gráfica de ANALISIS de esta semana)

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