Roberto Schunk
En los últimos meses se ha instalado con fuerza una narrativa oficial que busca mostrar signos de estabilización económica. Sin embargo, cuando se observa con mayor detenimiento la dinámica de los principales indicadores, comienzan a aparecer señales que invitan a una reflexión más profunda sobre el rumbo que está tomando la Argentina.
Uno de los datos más relevantes es la caída sostenida de la recaudación tributaria. Más allá de las explicaciones coyunturales, este fenómeno suele ser un reflejo directo del nivel de actividad económica. Cuando la recaudación cae de manera persistente, no se trata solo de un problema fiscal: es un síntoma de enfriamiento de la economía real.
En los últimos datos conocidos, la recaudación registró caídas consecutivas, configurando uno de los peores trimestres de los últimos años. En particular, la baja del IVA -un indicador clave del nivel de consumo- refleja el debilitamiento de la actividad económica.
A esto se suma una combinación preocupante: salarios que no logran recuperar poder adquisitivo, consumo debilitado y sectores productivos que enfrentan dificultades para sostener su actividad. En este contexto, el ajuste fiscal, lejos de generar las condiciones para una recuperación sostenida, corre el riesgo de profundizar un círculo complejo: menor actividad, menor recaudación y, en consecuencia, nuevas presiones para ajustar.
Este tipo de dinámicas no son nuevas en la historia económica argentina. Cuando el ordenamiento fiscal se apoya principalmente en la contracción de la economía, sus efectos tienden a retroalimentarse, generando tensiones que terminan afectando tanto la estabilidad económica como la cohesión social.
Por otro lado, la estructura tributaria también merece ser analizada. En los últimos meses se han reducido o eliminado impuestos que afectan a los sectores de mayor capacidad contributiva, mientras han ganado peso tributos indirectos, como los vinculados al consumo de combustibles. Este camino no es neutro: tiende a trasladar la carga impositiva hacia sectores medios y bajos, en un contexto donde el ingreso disponible ya se encuentra debilitado.
Al mismo tiempo, se observan inconsistencias entre distintos indicadores oficiales. Mientras algunas mediciones sugieren mejoras en variables como la pobreza o los ingresos, otros registros -incluidos los indicadores salariales- muestran caídas en términos reales. Estas diferencias no necesariamente implican errores, pero sí obligan a una lectura más cuidadosa de los datos y de su interpretación.
La economía, además, enfrenta otros desafíos estructurales: reservas internacionales que continúan siendo un punto de fragilidad, una industria que no logra consolidar una recuperación y un consumo que no acompaña los supuestos signos de crecimiento.
En este escenario, el principal riesgo no es solo económico. Es social.
Cuando amplios sectores perciben que su situación no mejora -o incluso empeora-, más allá de lo que indiquen algunos indicadores, se genera una brecha entre la realidad vivida y la realidad medida. Esa brecha, si se profundiza, puede convertirse en un factor de inestabilidad.
Por eso, más que celebrar resultados parciales o discutir cifras aisladas, el desafío es construir un diagnóstico integral. La Argentina necesita estabilizar su economía. Pero también necesita crecer, generar empleo de calidad y mejorar las condiciones de vida de su población. El equilibrio fiscal es una condición necesaria, pero no suficiente.
Si no se logra articular con un proceso de recuperación productiva y social, corre el riesgo de transformarse en un objetivo en sí mismo, desconectado de las necesidades reales de la sociedad.
Todavía estamos a tiempo de corregir el rumbo. Pero hacerlo exige algo más que sostener un esquema de ajuste: requiere comprender que la estabilidad económica no puede construirse a costa del deterioro social.
Ningún programa económico es sostenible si amplios sectores de la sociedad sienten que quedan afuera, que trabajan más y viven peor, o que el esfuerzo no se distribuye de manera equitativa.
La historia argentina es clara en este punto: cuando la economía se ordena sin integrar a la sociedad, las tensiones terminan emergiendo con fuerza.
Por eso, el desafío no es solo estabilizar. Es estabilizar con desarrollo, con inclusión y con una mejora concreta en las condiciones de vida. Y eso requiere algo más profundo: un rumbo claro, una estrategia de desarrollo y una decisión política de organizar la economía en función del trabajo y la producción.
Porque si la política económica no logra mejorar la vida de la gente, no es solo un problema económico. Es, fundamentalmente, un problema político.
(*) Contador Público Nacional. Ex ministro de la Producción de la provincia de Entre Ríos. Docente e investigador.







