Palito Ortega se presentó este sábado en Paraná, en el Centro Provincial de Convenciones.
Con un recorrido por su historia personal y sus clásicos, el artista ofreció una noche cargada de emoción, recuerdos y cercanía con su gente.
Al grito sostenido de “Palito, Palito”, apareció en escena vestido de blanco impecable y recibió una ovación inmediata. Unas 700 personas colmaron el Centro Provincial de Convenciones de Paraná para reencontrarse con un artista que forma parte de su propia memoria. A las 21.30 de este sábado, el show comenzó sin rodeos y con una seguidilla de canciones que marcaron el pulso de la noche: Un muchacho como yo, Viva la vida, Corazón contento y Despeinada.
Desde el inicio, la propuesta de Ortega sostuvo una cercanía con el público. Con la guitarra en mano por momentos, Ortega fue hilando canciones con relatos personales, recuerdos y reflexiones. Habló de sus comienzos, de aquellos años en que la música en inglés dominaba la escena hasta que irrumpieron las canciones propias en los bailes porteños, y de su llegada a Buenos Aires siendo apenas un joven en busca de oportunidades. Incluso evocó un episodio de esos primeros tiempos, cuando no fue aceptado como peón en una obra por ser menor.
Agradecido “a Dios y a la vida”, también se detuvo en su vínculo con la fe y en las decisiones que marcaron su camino. Entre anécdotas, dejó ideas que volvieron una y otra vez, la importancia de no abandonar los sueños, de sostener la voluntad y de valorar los gestos simples.
El repertorio avanzó con Muchacho que vas cantando y luego abrió paso a un tramo más melódico con Vestida de novia —una de las primeras que grabó— y Lo mismo que a usted. En ese clima, sorprendió con recuerdos de su carrera internacional, entre ellos su relación con Frank Sinatra y las gestiones que lo trajeron al país, además de la historia detrás de la traducción al inglés de Sabor a nada.
También se permitió un viaje a los años del Club del Clan y trajo nombres inevitables como Violeta Rivas y Chico Novarro. En ese tramo, sus coristas interpretaron Qué suerte, recordando a Rivas.
La dinámica del show cambió de tono con un segmento más movido en el que su guitarrista y amigo Lalo Fransen tomó protagonismo con un popurrí que incluyó Corre González y La Bamba.
Luego, Ortega retomó el centro de la escena con Decí por qué no querés y Camelia, mientras que el momento rockero llegó con Popotitos, que fue bailado por un grupo de fans en el centro de la sala.
Pero fue en los relatos personales donde el espectáculo encontró su mayor intensidad. Habló de su abuela Sofía, quien falleció de casi 100 años, y de su padre, que murió a los 99, para reflexionar sobre el paso del tiempo y el valor de los afectos. “Los grandes gustos pasan por el amor a la vida humana”, dijo, y llevó la mirada hacia su propia familia, sus hijos y sus nietos.
También recordó su infancia en Tucumán, cuando trabajaba como lustrabotas frente a un cine y se detenía a mirar los afiches de Libertad Lamarque. Años después, ese sueño tomaría forma cuando la artista lo convocó para trabajar juntos. Ese recuerdo derivó en Se parece a mi mamá, en uno de los momentos más emotivos de la noche.
Sobre el final, celebró la vida con Yo tengo fe y anunció la despedida. Sin embargo, el público pidió una más y el bis llegó con Voy cantando y Media novia. A las 23, tras una hora y media de show, el cierre encontró a la sala de pie, atravesada por la nostalgia y la emoción.
La presentación fue un recorrido musical por la obra de un artista que atraviesa generaciones y permitió revivir distintas historias personales. En Paraná, Palito Ortega confirmó que, a sus 85 años, “El Rey” sostiene una conexión viva con su público y que su nombre permanece ligado a la historia de la música popular argentina.







