Recuerdos del horror

Edición: 
698
“Monte madre”, el libro que relata la persecución militar, en la selva chaqueña, a una pareja de dirigentes de las Ligas Agrarias

Monte madre es una historia dolorosa en tiempos de la dictadura, pero también de vida. La primera obra de Jorge Miceli (santafesino, ex detenido político, periodista, actor y titiritero de raza) muestra como nadie la persecución militar y policial, en el monte chaqueño, a Remo Vénica e Irmina Kleiner, una pareja de jóvenes militantes de las Ligas Agrarias. Esos dirigentes parieron sus dos primeros hijos en el monte, vivieron de los animales y las frutas de la selva, tuvieron que entregar a su bebé a un matrimonio de campesinos -para que pudiera sobrevivir- y recién se reencontraron con ella seis años después, luego de padecer el exilio. En esta edición, ANALISIS anticipa los tres primeros de los 18 capítulos del libro, con prólogo del abogado Ricardo Monner Sans, recientemente presentado en sociedad.

-Huelo un guasuncho. Remo levantó la cara hacia el cielo oliendo el monte, mientras, divertido, miraba de reojo a Irmina.
-Y anda cerquita.

Ella rió ante la seguridad de su compañero y lo desafió.

-¿Qué gana quien lo caza?
-No cocina una semana.

Irmina volvió a reír. Remo se acercó y con el dorso de la mano rugosa le acarició suavemente la mejilla.

Ella tomó esa mano y la apretó contra su cara, cerró los ojos, sentía el rubor que había ganado sus mejillas, el canto de los pájaros era algo muy lejano, ya no había monte. Nada existía que no fueran ella y él.

Remo, con su mano libre, acariciaba los cabellos de Irmina. Se besaron, sin urgencias, eternamente.

-Cada vez que te veo reír, vuelvo a enamorarme. ¡Cómo te quiero, mi amor! Después se alejó. Caminó unos cien metros del campamento, se subió a un viejo algarrobo y se sentó a horcajadas en una gruesa rama a esperar su presa.
Ella quedó mirando la figura delgada, de anchos hombros de su esposo, hasta que se perdió en la espesura. Suspiró y vaciló inde-cisa, entre ordenar sus equipos o disponerse a cazar.

La noche anterior había llovido así que decidió dejar los paños de la carpa armados para que se sequen y subió a un molle semicaído que estaba a pocos metros.

Cuidadosamente el tronco estaba mojado y muy resbaloso- trepó. Montó el revólver calibre 38, su única arma Remo contaba con un viejo Winchester- y esperó.

Sus pensamientos la llevaron hacia aquellos dos hombres a quienes no conocía pero llegaron al campamento el día anterior manifes-tando ser obreros del monte, y uno de ellos prometió volver con mercaderías, pero no apareció. La lluvia quizá. ¡Qué extraño! ...enseguida otras imágenes sepultaron ese recuerdo. Fluían incan-sables, lejanas, algunas muy queridas, como la de su adorada hija. ¡Mi bebé querido! El dolor.

La hija de Irmina había nacido en el monte, y antes de cumplir los dos meses la entregaron a un matrimonio de campesinos para que la cuidaran, mientras ellos huían de la sangrienta represión que habían instalado en el país los militares argentinos. Sus ojos se nublaron.

El sol del mediodía caía generoso e implacable sobre el monte chaqueño. Hacía once días que noviembre estaba tejiendo su historia en 1977.

La espera ya era tediosa. No era la primera vez que infructuosa-mente esperaban una pieza que les garantizara carne por varios días.
Un ruido la sacó de sus recuerdos.

-Es Remo. Pensó. Desmontó el revólver, lo enfundó y bajó a recibirlo.

Hizo dos pasos hacia el lugar de donde provenía el ruido y quedó paralizada: entre la espesura alcanzó a distinguir dos hombres, uno de sombrero blanco. Ambos con armas largas que pensó serían escopetas. “Deben ser cazadores”, se dijo aliviada al verlos alejarse sin siquiera mirar hacia donde ella estaba.

Cuando comenzaba a ganarla nuevamente la tranquilidad, otro ruido. Esta vez exactamente igual al que había hecho una vaca al pasar por allí dos noches antes.

Decidida comenzó a moverse en dirección al ruido. Muy alerta llegó a la carpa para cargar los equipos por si era necesario huir. Se agazapó, en ese instante volvió a sentir el ruido.

Claramente notó que alguien avanzaba. Distinguió varias piernas entre el follaje. Antes que pudiera huir, voces, gritos.

-¡Alto, alto!

Como un resorte Irmina se incorporó y corrió desesperada, era un tapir atravesando el monte, esquivando ramas y cardos bajo nutridas ráfagas de ametralladora que la buscaban lastimando la vegetación a su paso fatal.

Ella corrió hasta que cesaron los disparos. Se detuvo agitada detrás de un corpulento quebracho colorado. Instintivamente bajó la mano derecha hacia el revólver. Sus dedos se paralizaron al tantear la funda vacía.

Desesperada, se mordió el puño hasta lastimarse mientras pensaba: “se cayó. Estoy desarmada. Dios mío, no me abandones. No me abandones justo ahora”.

Mientras tanto oía nítidas las voces y corridas de sus perseguidores.

-¡Cómo mierda pudo escaparse!
-¡Cuidado, se fue para allá!

La zona del monte donde ahora estaba no era muy conocida. Sabía que al norte seguía un trecho de monte y luego, chacra; al sur, un camino importante y varias casas; al este continuaba el monte, pero de allí venía el ataque; al oeste una chacra con sorgo de unos 40 centímetros de alto.

Se escondió entre unos arbustos espinosos mientras decidía qué hacer.

Se sentía empapada en transpiración, estaba casi de bruces. Le asombraba la lucidez con que razonaba e iba descartando una a una las alternativas de fuga.

Decidió hacer un rodeo y llegar al camino para cruzarlo. Casi gateando comenzó a moverse lo más rápido que podía en la dirección que creía correcta. No se equivocó. Al llegar al camino se asomó cuidadosamente, vio vehículos y muchos hombres, algunos de uniforme.

-Estoy rodeada, pensó.

Volvió al monte con mucho más sigilo que antes. De pronto escucha voces, se esconde rápido, detrás de unos cardos, las voces se acercan. Alcanza a verlos, son tres policías que hablan en voz baja, muy juntas las cabezas.

Mientras los observa -están a unos 15 metros-, se descubre comien-do frutitas de tala.

Los policías se alejan.

Empieza a deslizarse hacia el este, en dirección contraria a la que habían elegido los policías, cuidando de no pisar ramas secas que la delaten.

De pronto se abre el monte y aparecen, escandalosamente brillantes, el cielo y un extenso algodonal.

Pero también y no muy lejanas, varias patrullas de tres hombres cada una controlando las orillas del monte.

Decide entonces subir a un árbol. Lo hace. Elige un guayaibí coposo.

Se descalza para no ensuciar el tronco y trepa. Pasan algunos minutos. El silencio es pesado, agobiante.

-¿Y si me descubren?, piensa. Aquí arriba estoy indefensa y seré presa fácil. Después los vejámenes, la tortura.

Saca una navaja del pantalón, la abre y la guarda en la campera.

-Jamás me agarrarán viva, jura.

Baja del árbol. Es más del mediodía. El calor, insoportable. Agazapada, saca del bolso que siempre la acompaña un pedacito de chocolate prolijamente envuelto. Hace más de un año que lo tiene guardado. Engulle el chocolate y un poco de miel. Se siente mejor. Sigue la huida.

Eran casi las seis de la tarde, hacía un instante había controlado su reloj, cuando al salir de un claro, tropezó con el policía del sombrero blanco.

-¡Alto!, le dijo levantando su arma.

Sin vacilar, Irmina le dio la espalda y empezó a correr.

Los disparos retumbaban sordos en el monte. De pronto sintió en la espalda un golpe de fuego... las piernas no le respondían… los árboles giraban a su alrededor… cada vez más rápido… cada vez más rápido… cada vez…

Había un pozo oscuro, interminable, y las manos de Remo que se estiraban y... su sonrisa y... su beba que estaba por cumplir seis meses... y sus... padres... y la noche.

Todo se hizo noche, ya no hubo más luz.

(Más información en la edición gráfica de ANALISIS de la semana)

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