Estar preso y volver para contarlo

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Una mirada distinta sobre una época marcada a fuego

Sobrevivir es el brillante libro del escritor Eduardo Monzón, de Chajarí. Es un contundente testimonio sobre los años de tortura y desapariciones, previos y durante la dictadura de 1976, contado desde su estilo narrativo y con la crudeza de sus propias vivencias. Monzón estuvo preso siete años en distintas cárceles del país. Este año el Programa Identidad Entrerriana, del gobierno provincial, le financió la publicación de su obra. ANALISIS anticipa en exclusiva uno de sus capítulos, el número 30, seleccionado por el propio escritor entrerriano.

El viaje en carro de asalto hasta la Coordinación de la Policía Federal donde después descubrimos que era nuestro destino, fue de tal modo que no me dejaron tiempo a pensar en lo ocurrido y tener miedo. En el carro íbamos los tres que habíamos quedado (hasta allí yo no sabía cuántos éramos) custodiados como por seis tipos armados y vestidos como hombre de la guerra de las galaxias: cascos, balas en ristras colgando, chalecos antibalas, botas, pantalones a lo Rambo, guantes, y qué se yo cuánto. Dos de ellos se pararon sobre mí, uno apoyado en mis piernas y las nalgas; el otro sobre mi cabeza, apoyada al piso de costado y la otra en la espalda. Se lanzaron como unos dementes por la ciudad de Buenos Aires sin respetar nada, cruzando semáforos en rojo, esquivando autos, gritando todos juntos a quienes cruzaban. En cada frenada (y dieron cientos de bruscas frenadas) se apoyaban furiosamente con las botas, una en la cara, otra en la espalda. Del tipo de atrás, ni me daba cuenta que me pisaba, porque lo que más me dolía era la cara. No sé si Morón está cerca o lejos de la Coordinación Federal, pero lo cierto para mí, es que el viaje duró más que el del avión que habíamos dejado. Cuando llegamos, en que entraron a los gritos pelados, nos tomaron de las piernas y, como estábamos, boca abajo y las manos inutilizadas por estar atadas a la espalda, nos tironearon para bajarnos del carro. Tuve suerte, cuando zafó del piso mi pecho y caería mi cara pesadamente en el paragolpe del carro, una mano sostuvo mi cuello y me salvé del “caretazo” en el hierro. Mi compañero de al lado no tuvo esa suerte, y dio nomás el caretazo, se lastimó mucho la cara y sangraba. Nos entraron a empellones, nos subieron a no sé qué piso, nos iban golpeando en cada oficina que pasábamos, a quien más “valiente”, más gracioso, más ocurrente, haciéndose ver de que eran verdaderamente “antisubversivos”, cuando en realidad eran unos pobres ratones de oficina, y finalmente recalamos en un lugar donde nos mantuvieron parados como varias horas. Yo podía percibir casi el aliento de algún tipo a nuestras espaldas, y era conciente de que la cosa no estaba para bollos. Pero el pelotudo que estaba a mi lado, no percibía lo mismo. Así que, acercando su cara a mi oído, me susurró: “Estamos en DIPA”, que no sabía yo lo que significaba, ni me interesaba, por otra parte. No terminó de decir DIPA, que unos gritos y un manojo de duras esposas, todas juntas, cayeron sobre nuestras cabezas en forma reiterada. “¡Acá no se habla, a menos que les ordenemos!”. Habrá pasado una media hora, nos cambiaron de lugar, estábamos nuevamente esperando, cuando mi compañero de infortunios se le ocurrió nuevamente informarme de algo. Nueva andada de cachetazos. “¿Pero, será posible…?”, me desesperaba. Después nos llevaron a sacarnos las fotos de “prontuario”. Me arrimaron a la pared de fondo a patadas, nos pusieron de frente a la cámara con sopapos en la cara, nos pusieron de perfil con nuevas trompadas. Yo “pensaba fuerte”, como para que mi compañero escuchara mi transmisión de pensamiento: “¡Por favor, sé que son fotos de prontuario, no me digas nada!”. U oyó mi “transmisión” o bien aprendió a sopapos, la cosa fue que no dijo nada. Más tarde, ya en la cárcel, lo conocería y nos haríamos amigos. Tenía sólo 18 años y estaba naturalmente asustado. Bueno, yo también estaba asustado…

Terminada la ceremonia del “prontuariado”, nos tuvieron sentados en el piso, prácticamente solos, sin agresiones. Incluso hablamos. Mi suposición lógica era que inmediatamente nos llevarían a la tortura. Era raro, uno quiere pasar cuanto antes por el “mal trago”. Cuando se aparecía un tipo, suponía que venía a llevarme. Por allá –creo que serían como las dos de la madrugada- lo llevaron a uno de nosotros. Los otros dos esperamos. Luego de algún tiempo, en que casi me habría dormitado, vinieron unos policías de uniforme, y con buen trato dijeron que los sigamos. Allá fuimos con el corazón en la boca, pero no fue a una sala de torturas, sino que nos colocaron en sendos calabozos, de no más de un metro de ancho, seguramente por dos de largo y lo mismo de altura. Era absolutamente oscuro, verdadero nicho. Es feo quedarse solo. Cuando la vista se me acostumbró, por los pequeños haces que penetraban de la luz de afuera, pude ver las paredes, y a juzgar por las leyendas y mugre, seguramente largos años de desesperados, presos de todas layas, habían pasado por allí. Alcanzaba a leer obscenidades, “¡Fulano, cana hijo de puta!”, fechas, “¡Mamá!”, y otras cosas, talladas en la pared, o bien escritas seguramente con sangre. Para nada alentador, por supuesto. Como escuché al compañero que había quedado a mi lado, de quien no sabía ni su nombre, pero que después sabría que era un formoseño y se llamaba Saturnino, le hice unos golpes amistosos en la pared, golpes que respondió inmediatamente. Fue un alivio, eran aquellos tenues ¡tac, tac! un hilo invisible que nos mantendría unidos durante aquellos 11 días que permanecimos en los calabozos. Después, siempre en base al oído, me fui familiarizando con lo que pasaba. Pude descubrir, pasados los días, que la guardia diaria y aún la nocturna del piso donde estaban los calabozos, no eran los torturadores, y que su actitud hacia los presos era profesional, y, hasta en algunos casos, humanitaria. Eran quienes acercaban la comida (siempre un plato de garbanzos semi hervidos, sin sal y fríos), nos sacaban al baño y hasta nos acercaban un vaso de agua, en unos vasos de aluminio todos abollados que había en el piso del nicho. Crisanto, uno de los que viajaron en el primer vuelo, fue traído a la madrugada de la primera noche, evidentemente muy golpeado y torturado. Era un gringazo descomunal, que ya había estado detenido y salido luego de la amnistía de Cámpora, y que habían detenido en la redada que nos llevó a la cárcel a toda la “célula” chaqueña. Pero ahí nomás, no bien lo dejaron y se fueron (este grupo que lo trajo sí eran los torturadores), Crisanto nos habló al resto asomándose a las hendijas de la puerta, nos preguntó “¿Cómo están, compañeros?” y nos exhortó a mantener la calma. Su voz sonaba tranquilizadora. Algo así como “Es fulero, pero se aguanta”. Era bueno que esté allí. Tenía por entonces unos 30 años este compañero, pero a nosotros nos parecía un tipo “grande”, y en él confiábamos. Dijo que se acostaría un rato (era acostarse en el suelo), porque estaba muy golpeado. Al rato se lo oía roncar a “mandíbula batiente” si es que vale la expresión. Yo quedé con los ojos grandes como platos… Al otro día muy temprano no abrieron las “mirillas”, que era un ventanuco de 15 centímetros de lado, por donde éramos observados los encalabozados. En realidad esto parecía ser una “atención de la casa”, porque no había necesidad que estuviera abierta. Pero nos daba una sensación de cierta libertad. Al menos por ellas se podía ver en las celdas de enfrente, a sólo metro y medio de distancia, divididos por un pasillo, al compañero del otro calabozo, e intercambiar información. Cuando asomó Crisanto las cosas mejoraron. Él era un “veterano” de la dura cárcel de Rawson, desde donde habían fugado los 16 fusilados en Trelew, de manera tal que rápidamente comprobó que si hablábamos no pasaba nada. Nos dijo que estos torturadores eran muy “profesionales”, que disponían de picanas con “acelerador de intensidad”, de manera tal que podían aumentar o bajar la potencia, y los que pegaban eran, seguramente, boxeadores profesionales, por la fuerza de sus golpes y el lugar donde daban. Que debíamos estar preparados. Que a él ya era la segunda noche que lo sacaban. En uno de esos informes, lo pescó el guardia. Crisanto rápido se agachó, cuando le abrió la puerta para retarlo o pegarle, y le alcanzó el vaso abollado: “¡Agua!”, dijo, y no pudo evitar una sonrisa casi cómplice y graciosa. El tipo, sorprendido y a la vez con cierta muestra de respeto hacia ese gringo, cuya fama de “duro” ya se había corrido por el piso, tomó el vaso y dijo, benévolo: “¡Pero qué tipo hinchapelotas…!” en tonito aporteñado arrabalero.

Por las noches, no sólo sacaban a Crisanto y a otro de los compañeros llegados con nosotros desde el Chaco. También sacaban a un par de muchachos, que intuíamos que estaban muy mal. Digo por las noches porque durante el día no torturaban. Tal vez sería porque Coordinación Federal era una oficina pública y siempre estaba con gente, y, aunque el edificio era de varios pisos, por las noches al menos, se oían los alaridos de los torturados a varios pisos de distancia. A la noche, después de la “cena”, los guardias del piso pasaban corriendo por los calabozos, contagiados de un nerviosismo asustado, y cerraban los ventanucos, ¡pla, pla, pla!, uno tras el otro. Entonces llegaban “ellos”, la banda de torturadores, que me parecía y aún me parece estar viendo, y que sin embargo no vi nunca. Es notable cómo uno aprende a “ver” con los oídos y a estar atento con el miedo como herramienta. Ya en la cárcel manipularía con gran perfeccionamiento eso que llamo “la herramienta” que es el miedo. Pero allí, luego de mi detención, y más aún por aquellos días que estuve en la Federal, comprobé que el miedo racional es tan valioso como la sensación de dolor físico para preservar el cuerpo. También “ellos” manejaban el arte de producir el miedo. Y el del dolor físico, lógicamente. Y la combinación de ambos. Por eso nos dejaban enterrados en aquellos sepulcros; por eso la invasión a los gritos cada noche, cuando venían a buscar a los que irían al tormento; por eso la zozobra de no saber si era ésa la noche que te tocaría, o la próxima, o tal vez a medianoche; por eso el tenernos mal alimentados; por eso esa sensación de indefensión total, de saber casi con seguridad de que estábamos allí “clandestinamente”, sin familiar alguno que pudiera interponer algún tipo de amparo; por eso la picana con niveles, o los pegadores profesionales; por eso la impunidad de la noche.

(Más información en la edición gráfica de ANALISIS de esta semana)

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Compra con tarjeta de crédito

Apuntan a reducir los intereses que cobran las tarjetas de crédito cuando no pagas en tiempo y forma.

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Deportes

El "Xeneize" superó a Central Córdoba durante los 90 minutos.

Matías Suárez anotó el gol que le dio la victoria al "Millonario".

El empate terminó por no servirle a ninguno.

Judiciales

Tribunal de juicio Obra Pública

El proceso contra Cristina Kirchner y otros exfuncionarios continúa este lunes con declaraciones testimoniales.

Barrio Empalmes Graneros

El crimen ocurrió este domingo, en el Barrio Empalmes Graneros.

La Asociación de la Magistratura y la Función Judicial de Entre Ríos expresó su predisposición para aportar a las reformas propuestas por el gobernador.

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Policiales

Un grupo de jóvenes golpeó a otro a la salida del boliche en Paraná. No se reportaron detenciones tras el hecho. Crédito de la imagen: Reporte 100.7.

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Cultura

Antígona, la necia

La obra se presentará este viernes en la Escuela del Bardo (Av. Almafuerte 104 Bis) a las 21. La entrada es libre y gratuita con salida a la gorra. 

Fiesta Nacional de la Artesanía

Debido a las condiciones climáticas, la última noche fue suspendida. Desde la Comisión Organizadora evalúan reprogramar la jornada.

Tecnópolis

El evento dio inicio a una renovada agenda de propuestas artísticas y científicas para toda la familia  que se sucederán de viernes a domingos.

Opinión

Por Julio Federik (*)  
Lucas Pertossi, uno de los rugbiers detenidos por el crimen de Fernando Báez Sosa en Villa Gesell.

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Por Mauro Federico (*)  
Por Horacio Verbitsky (*)
Durante la presentación de su libro “Sinceramente” en la feria del libro de La Habana, Cristina Kirchner se refirió a la negociación de la deuda argentina con el Fondo Monetario.

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Nacionales

Martín Irurzun dejará de tener a su cargo las escuchas telefónicas.

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La Unidad de Datos de Infobae analizó las declaraciones juradas del 2015 y 2019 de los ex ministros de Mauricio Macri presentadas ante la Oficina Anticorrupción.

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Provinciales

Postes caídos

cayeron postes de luz en un tramo no habilitado de la Autovía 18.

José Cáceres realizó una dura crítica al presidente del Comité Provincial de la UCR, Leandro Arribalzaga.

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El ex gobernador Jorge Busti fue uno de los invitados especiales a la inauguración del 141° período de sesiones ordinarias de la Legislatura entrerriana.

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Locales

La Municipalidad de Gualeguaychú criticó la forma y el contenido de los cambios producidos por la CARU en el Digesto del Río Uruguay.

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La Asamblea Ciudadana Ambiental de Gualeguaychú denunció a las autoridades de la delegación argentina ante la CARU por la reforma unilateral del Digesto del río Uruguay.

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Interés general

imprenta clandestina Córdoba

La imprenta tenía hasta maquinaria alemana mejor que la de La Voz del Interior de ese momento.

Santa Fe y Entre Ríos suman esfuerzos para controlar los incendios en la zona de islas.

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El documento de la Pastoral Aborigen denuncia que “no es posible morirse de hambre en la tierra bendita del pan”, referido a la situación crítica que atraviesan pueblos y comunidades originarias del Chaco Argentino.

El documento de la Pastoral Aborigen denuncia que “no es posible morirse de hambre en la tierra bendita del pan”, referido a la situación crítica que atraviesan pueblos y comunidades originarias del Chaco Argentino.“No es posible morirse de hambre en la tierra bendita del pan”, afirman los obispos católicos argentinos responsables de la Pastoral Aborigen en un documento referido a la situación crítica que atraviesan pueblos y comunidades originarias del Chaco Argentino y que ha provocado muertes de niños en las últimas semanas. En la misma declaración los obispos pidieron “asumir una actitud misericordiosa que nos libere de la indiferencia y del sensacionalismo mediático y nos haga solidarios con sufrimiento de los más olvidados”.
El documento, que lleva la firma de los obispos Luis Scozzina (Orán), Juan José Chaparro (Bariloche) y Ángel José Macin (Reconquista), llama la atención sobre la “realidad angustiante que viven los pueblos y comunidades originarias y también criollas de la región de nuestro Chaco Argentino, por la desnutrición y muerte de los niños, la falta de agua potable y otros flagelos” y señalan que “es necesario escuchar el clamor de las comunidades originarias”.
Admitiendo que “no podemos dar respuestas inmediatas a las urgencias sociales y sanitarias que viven muchas comunidades” piden sin embargo que se deje de lado la indiferencia y que haya compromiso para encontrar respuestas a la situación, publicó el diario Página/12.
A propósito, los obispos refieren al reciente documento del papa Francisco sobre la Amazonia para iluminar la situación actual de los pueblos originarios norteños. En dicho texto Francisco denuncia que “la disparidad de poder es enorme, los débiles no tienen recursos para defenderse, mientras el ganador sigue llevándose todo… poderes locales, con la excusa del desarrollo, participaron de alianzas con el objetivo de arrasar la selva de manera impune y sin límites”.
En el breve texto los obispos señalan que “una sociedad que no sabe cuidar de los niños y de los grupos más vulnerables corre serios riesgos de implosión y muerte”. Razón por la que, dicen, “no podemos hipotecar nuestro futuro ni dejar que nos roben la esperanza, ya que no es posible morirse de hambre en la tierra bendita del pan”.
El Equipo Nacional de Pastoral Aborigen (ENDEPA) subraya que “es necesario escuchar el clamor de las comunidades originarias, que nos interpela como Iglesia y como sociedad, comprometiéndonos a dialogar y articular” y adelantan su compromiso junto a “las organizaciones de la sociedad civil que acompañan diversos emprendimientos comunitarios y de asistencia en el territorio, y con los gobiernos locales, provinciales y nacional” para generar “acciones concretas y también estructurales, que modifiquen la realidad actual”.