Taty Almeida.
Felipe Yapur
En algún momento la vida se apaga. Es una condición implacable a la que nos condenó la biología. Sin embargo, y a diferencia de lo que pasa con muchos, hay gente que tiene una característica que la impulsa más allá de este límite. Son las inolvidables.
Taty Almeida es una de esas pocas personas. Es la que tuvo que dejar todo para salir a buscar a su hijo Alejandro, secuestrado y desaparecido por un operativo ilegal. Es una de aquellas locas que reclamaban por aparición con vida de esos hijos e hijas que se tragaba la dictadura. Es la que, a pesar de los retrocesos judiciales y políticos que se vivieron en la Argentina de los años noventa, no cesó en reclamar por justicia, divulgar la verdad y convertirse en memoria del terror de la dictadura y de las deudas de la democracia.
Ella sumó su cuerpo, su garganta y su vida a ese grupo, a esa construcción colectiva que son las Madres, las que a partir de una ronda en Plaza de Mayo o más tarde en las plazas del país, con un pañuelo blanco en sus cabezas y el reclamo de que digan dónde están sus hijos e hijas, horadaron a la más feroz de las dictaduras.
Taty estuvo siempre, por su hijo, por los hijos e hijas de las otras madres; estuvo apoyando los reclamos de los trabajadores, estudiantes, jubilados y, por eso, como le dijo Léon Gieco cuando en abril pasado la UBA le entregó un doctorado honoris causa, se convirtió en “un pilar de nuestra democracia”.
Ella era consciente de lo implacable que es el tiempo y hablaba de pasar la posta, pero siempre advertía, entre risas, que “a pesar de los bastones y las sillas de ruedas, las locas seguimos de pie”. Y lo estaba para seguir militando y advertir que si este grupo de mujeres lo pudo hacer, los que las siguen, las generaciones nuevas y no tanto, no deben dejarse caer ni desalentar.
“En mí están todas las Madres: las que aún están, las que no están, pero siempre van a seguir estando”, afirmó ese 18 de abril. Sonó a un rezo pagano, pero también a una verdad, porque cuando lo dijo, bien se podía sentir que en ella estaban, como en un solo cuerpo, todas las Madres que, como Taty, se volvieron inolvidables e imprescindibles.
(*): publicado en Página 12.





