Deudas pendientes

Edición: 
790

Julián Pasternak

11:03. Tengo el número 74. En el pizarrón van por el 69. No hay una sola mujer como la gente que le ponga emoción a los cuatro turnos que me separan del momento en el que voy a ser atendido e iluminado. Un viejo, un chino, dos falsos yuppies del monte que se acarician los botones de sus sobretodos; nada más. El resto de las sillas azules están vacías. Lo único que se oye es el murmullo de la gente que habla sobre asuntos fiscales y resoluciones. Un dilema me martilla la cabeza mientras espero mi turno para adherirme por tercera vez al monotributo: yo ya no quiero ser yo, pero no alcanzo a decidirme si lo que quiero es ser otro, alguien con una biografía definida, o me bastaría con dejar de ser yo. Por el momento no pierdo el horizonte: soy un pelotudo que tiene arrebatos existenciales a las 11 AM de un lunes en la sede de la AFIP de calle Ramírez. Una certeza inútil, que no alcanza a liberar a mi espíritu de la tristeza, ni a mi cuerpo de los trámites odiosos. El folleto que tengo en la mano con las instrucciones para pagar deudas impositivas empeora la situación: apenas figuran dos categorías para los deudores, y yo pertenezco a la de los que ganan “menos de 50.000.000 de pesos”. Cincuenta millones, la puta que te parió. Ahora sí estoy deprimido.

11:15. No conozco a casi nadie que no haya querido ser otro, al menos en algún momento de su vida. “Artaud no quería ser Artaud”, me dijo Cecilia una noche, después de leerme por primera vez las Cartas a los poderes, y su convicción me hizo feliz en silencio durante meses. Extraño los días en que me emocionaba con un texto de Artaud. Anhelo las emociones, la certidumbre de que todo era posible que llegaba con el olor de la primavera, la melancolía suicida que nos invadía durante el otoño. Hay una belleza estúpida que se pierde para siempre cuando se abandona la creencia de que nadie sufre el mundo como lo sufre uno. Ahora sólo estoy seguro que nadie sufre el monotributo como lo sufro yo. Me voy a acercar al viejo, le voy a decir “qué barbaridad” y que se pudra todo. Ya se sabe lo que ese tipo de expresiones pueden despertar en un anciano.

11:30. El sonido del timbre me priva de la autocompasión. Los cuatro que estamos sentados bajamos la cabeza para confirmar nuestros numeritos, como si estuviéramos en el bingo. Le toca el turno al chino, que se levanta de la silla y se acerca hasta el escritorio 3 acompañado de su joven contador occidental. Por lo menos estoy seguro que no quiero ser chino. Otro timbrazo, y el viejo aprovecha la distracción del joven macrista para colarse en el escritorio 4 antes que reaccione. La impunidad con la que rompe las reglas pone en evidencia que es de esa gente que cree que la edad hace a las personas dignas de privilegios. Los que quieren ganar su lugar a fuerza de haber permanecido en el tiempo me parecen despreciables: tampoco quiero ser viejo.

(Más información en la edición gráfica de ANALISIS de esta semana)

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Hotesur y Los Sauces son dos causas que investigan los negocios hoteleros de la familia Kirchner.

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Fue la postura del gobierno y de la Corte Suprema ante el pedido de abogados en una causa judicial en la que se pide que la justicia sea declarada esencial y que funcione mediante el teletrabajo.

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"Cuentos a la hora del té"

Este domingo, a las 17, Víctor Villarraza y Malena Sarrot servirán un té y masas virtuales para acompañar sus narraciones que llegarán a cada hogar a través de YouTube.

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Alberto Fernández fue recibido este jueves en Formosa por Gildo Insfrán.

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Recuerdo a los 51 años del Cordobazo.