Marcos Di Giuseppe
Durante dos décadas, la política argentina se organizó como un espectáculo de confrontación permanente: kirchnerismo contra antikirchnerismo, estado contra mercado, patria o colonia, casta contra pueblo. Cambiaron los nombres, no la lógica.
La grieta es, ante todo, un negocio político: se alimenta de la rabia social, la ordena, la administra y posterga las soluciones. Cada elección fue, en esencia, una apelación al miedo: votar a uno para evitar al otro. Así, año tras año, la energía cívica se consumió en la trinchera en lugar de invertirse en la construcción.
El resultado está a la vista. Y tiene nombre concreto: la obra que nunca se hizo, el hospital que no se terminó, la ruta que quedó a mitad de camino. El dinero público que se evaporó en sobreprecios, en contratos a dedo, en negocios armados en la trastienda del poder.
Ese es el tiempo robado: no solo años perdidos, sino recursos concretos, obras concretas, oportunidades concretas que hoy hacen falta y no están.
A eso se suma la sensación extendida, transversal a clases y edades, de que el esfuerzo no alcanza. Modelos que se alternan en el poder durante décadas dejando el mismo saldo: una sociedad exhausta, desconfiada y harta de pagar facturas que otros generaron. Ninguno de los dos polos puede responder con honestidad la pregunta más simple: ¿para qué sirvió todo esto?
La confrontación permanente no fue un desvío: fue un esquema funcional. Mientras el debate gira en dicotomías abstractas, los problemas concretos quedan sin respuesta. Esa es la verdadera función de la grieta: ocupar el lugar de la política real y desplazar la discusión sobre resultados.
En Entre Ríos, desde hace dos años, logramos cambiar de enfoque.
Después de veinte años de administración del mismo signo, el gobierno de Rogelio Frigerio eligió otro camino: el de la construcción sobre la confrontación, el del acuerdo sobre la épica del conflicto eterno, el del resultado concreto antes que el relato.
Los datos permiten dimensionar con claridad el rumbo de la gestión, con un eje consistente en la eliminación de privilegios y la recuperación de criterios de equidad en la administración pública. En ese marco, se eliminaron los gastos reservados y se avanzó en una revisión profunda de esquemas discrecionales, reduciendo significativamente el sistema de arbitrariedades y ordenando el funcionamiento del Estado. En paralelo, se logró disminuir el peso de la deuda sobre los ingresos provinciales, fortaleciendo la sostenibilidad fiscal.
En el plano productivo, el crecimiento de las exportaciones y la implementación del Régimen de Incentivo a Nuevas Inversiones reflejan un cambio de enfoque, donde el Estado deja de ser un espacio de beneficios sectoriales para convertirse en un facilitador del desarrollo. Esto se complementa con la intervención en establecimientos educativos y la reactivación de obras viales estratégicas, priorizando la inversión en bienes públicos por sobre estructuras improductivas.
De cara a 2026, la proyección de una inversión histórica en infraestructura vial, con financiamiento internacional, consolida una agenda que busca sostener en el tiempo este proceso: menos privilegios, más inversión y un Estado al servicio del desarrollo y la integración territorial.
Dos años son poco frente a veinte, pero alcanzan para demostrar que es posible gobernar de otra manera. Una política que no necesita de la rabia para alimentarse, sino de la confianza para crecer.
Eso, sin embargo, no se sostiene solo con la voluntad de quien conduce. La transformación de verdad —la que se siente en el barrio, en el hospital, en la ruta, en el trabajo— necesita de todos. Requiere un Estado que salga de atrás de los escritorios y llegue a donde la gente está. Funcionarios que entiendan que el cargo es un instrumento, no un destino. Ciudadanos que exijan, participen y no deleguen todo en la próxima elección.
Es hora de hacer. No de hablar de hacer, no de explicar por qué no se pudo hacer. De hacer. Entre Ríos tiene hoy una oportunidad real de recuperar el tiempo robado.
Parafraseando al filósofo español José Ortega y Gasset: Entrerrianos a las cosas. Las oportunidades no esperan.
*Integrante del Ateneo Crisólogo Larralde y Presidente del Ente Autárquico Puerto Concepción del Uruguay.






