A 40 años de una detención en tiempos de dictadura

Amalia Ayala

Amalia Ayala, ex detenida política.

Por Amalia Ayala*
(publicado en Diario del SUR Digital)

40 años. No uno, ni 10, ni 20. Hace ya 40 años atrás, en Concordia, un 11 de mayo -estaba oscuro, pasadas las 19 horas- volvíamos de pasar una tarde en el parque San Carlos, jóvenes, idealistas, militantes.

Nos habíamos juntado para intercambiar ideas, para unirnos, para seguir militando como lo hacíamos. Porque militábamos en varios partidos (Intransigente, Justicialista y no recuerdo si no había compañeros de otros partidos políticos. Sí seguramente había compañeros que no pertenecían a ningún partido, pero con los cuales compartíamos formas de pensar y sentir).

Corría el año 1980. Últimos coletazos de la dictadura. Por lo general los últimos coletazos son los más peligrosos. Todos sabíamos de las muertes, de las torturas, de las desapariciones. De las bestialidades que se cometían en el nombre de las buenas costumbres occidentales y cristianas.

Volvimos todos juntos a la casa de un compañero (Roberto Álvarez, “Patita” para los amigos y compañeros) y acabábamos de entrar a su casa, cuando de la nada irrumpen un par de camionetas. Recuerdo que eran policías y personal del Ejército. Y de una, nos arrearon como quien arrea ganado. Nos tuvieron un buen rato esperando en los fríos pasillos de la Jefatura Departamental de Policía de Concordia.

Nunca voy a olvidar ese tiempo que estuvimos esperando, había un chico -humilde, morochito, descalzo, con poca ropa- al que estaban fichando y con esa impunidad inmunda de saberse algo así como el dueño y señor de la vida de quienes allí estábamos, le dicen al pibe “descalzate” y se ríen a carcajadas. Carcajadas estentóreas y crueles, propias de seres sin corazón, ni nada parecido a ningún buen sentimiento.

Yo era chica y tenía muy poca experiencia -20 años, aún no había cumplido los 21- y, obviamente, estaba asustada porque no sabía que me podía pasar. Pero solo una cosa pedía en mi interior, que, si nos separaban, me pusieran en la celda que estaban las prostitutas, porque sabía que eran solidarias y protectoras -de hecho, una de ellas, cuando la liberaron, salió con un mensaje nuestro para familiares y compañeros.

La nómina de detenidos, ese 11 de mayo de 1980 a la medianoche estaban los compañeros, Hugo Galvani, Roberto Álvarez, Graciela McLean, Elsa Palavecino, Miguel Yoya, Silvia Benítez, Jorge Villarreal, Héctor Brites (ya fallecido), Rubén Bonelli, y yo. En total, 4 mujeres y 7 hombres, de los cuales Héctor Brites y Rubén Bonelli, eran menores de edad.

Quizás por simple haraganería, al menos a nosotras, las mujeres, nos pusieron en la misma celda. Un agujero inmundo, con ventanas sin vidrios, un baño infame sin siquiera una puerta –alguien se compadeció y colgó una frazada para que al menos tuviéramos ese amago de intimidad-, un colchón viejo y una o dos frazadas. Obviamente, dormíamos todas juntas. Y no sabíamos nada de nuestros compañeros y amigos. Y si bien estábamos juntas, el miedo era palpable. Sabíamos lo que nos podía pasar. Yo usaba anteojos y me negaba de plano a ponérmelos, pero ni bien entramos a la Central de Policía, me los puse y no me los saqué más (me van a pegar, sí, pero me voy a asegurar que me queden marcas bien visibles).

En esos años, no existía internet ni celulares, solo teléfonos fijos, una radio de AM y diarios de papel. De alguna manera, conseguimos hacer conocer nuestra situación y allí empezó la lucha de nuestros compañeros, que pusieron en marcha todo: hacer conocer al mundo nuestra situación (teóricamente nos llevaron por averiguación de antecedentes, pero todos sabíamos que era una mentira), buscar abogados que nos defendieran y pidieran por nosotros.

No recuerdo si esa misma noche o la noche siguiente, nos levantan a las 3 ó 4 de la madrugada, para sacarnos la foto para el prontuario. ¿Quién no parece un delincuente, si lo sacan de una celda medio dormido, con miedo y todos los pelos parados y cree que no es para sacarle una foto precisamente?

Una noche nos separaron a todas, una en cada celda. No sé cómo me las ingenié para dormir, porque a cada minuto esperaba que abrieran la puerta de la celda y pasara lo peor. Que por suerte no pasó, fue una forma de amedrentarnos, porque al otro día nos tomaban declaración.

Una descubre que no sabe cómo reacciona ante determinadas situaciones hasta que las vive. Me sientan para tomarme declaración y a la primera pregunta exploto: ¿te parece bien lo que estás haciendo, no tenés madre, hermana, hija? ¿no te da vergüenza, no tenés un poco de hombría de bien, te creés que sos todopoderoso y podés disponer de mi vida y mi libertad? Y no sé cuántas cosas más salieron de mi boca, solo sé que terminé llorando, el tipo que iba a tomarme declaración se hartó y me mandó de vuelta a mi celda. Mi compañera -nos estaban tomando declaración de a dos- casi se infarta de ver mi reacción, yo DEBÍA contestar todas las preguntas, DEBÍA ser sumisa y dejar que avasallaran mis derechos sin chistar porque no cabía otra reacción que agachar la cabeza y aceptar lo que venga.

El miedo, la incertidumbre, la desazón, el horror, la zozobra, el no saber en qué momento nos iban a hacer daño dominaba todo. Estábamos juntas, sí, pero nadie decía nada de lo que todas pensábamos en silencio. Todas esperábamos.

No sé muy bien cuántos días pasaron hasta que finalmente la presión fue tal que no tuvieron más remedio que liberarnos –en un momento, nos contaron, que se había corrido la voz de que íbamos a pasar a disposición del Poder Ejecutivo Nacional (PEN) y todos sabíamos lo que eso significaba. Desaparecer, lisa y llanamente. Tortura y muerte-.

Recuerdo haber salido a la calle y haber mirado el cielo, ver la intensidad de los colores, los olores de la calle, la cercanía a mi casa, la libertad de la que me habían privado por unos cuantos días. Y todo cobró un significado distinto. Sabía que la había sacado barata, todos la habíamos sacado barata, estábamos vivos y podíamos contar el cuento.

No existen palabras que puedan describir la crueldad, la maldad casi tangible, el desprecio por la vida, lo poca cosa que significábamos para quienes trataban con nosotros. Sólo el cabo llavero –creo que así se lo llamaba- y las chicas de la noche fueron humanos con nosotros. Para el resto, éramos solo un número, una cosa. Y vaya a saber por qué la sacamos barata, yo y mis compañeras. De mis compañeros varones, algunos con antecedentes de haber militado años anteriores, padecieron castigo, violencia psicológica y hasta amenazas por parte de gente de inteligencia del Ejército de que, si volvían a ser detenidos nuevamente, “iban a ver crecer los rabanitos debajo de la tierra”.

40 años pasaron. Y salimos en libertad pensando y sintiendo como entramos, ninguno de nosotros dejó de militar, ni de defender sus ideales. Aún lo hacemos. Y lo seguiremos haciendo.

 

(*Ex detenida política)

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