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Trumplandia

Sergio Olgín

Tengo que reconocerlo: cuando era adolescente me gustaba la poesía de Mario Benedetti. Tenía un ejemplar de Inventario, que reunía toda su obra poética, y leía esos poemas hasta aprendérmelos de memoria. Unos pocos años después me dio un poco de vergüenza propia y ajena al ver al protagonista de El lado oscuro del corazón recitando los mismos versos que yo repetía. Como afirmaba el gran poeta y narrador mexicano José Emilio Pacheco: “Tarde o temprano, todos seremos poetas cursis”.

Sin embargo, hay un poema que me sigue resultando, al menos, ingenioso. Se trata de “Ser y estar”, en el que Benedetti le explica a un marine norteamericano la distinción en español entre los verbos ser y estar, porque para el angloparlante “todo es to be”. Después de diferenciar una mujer que es buena y otra que está buena, Benedetti distingue un hombre que es listo (“cuando obtiene millones por teléfono/ y evade la conciencia y los impuestos”) y uno que está listo: “en cambio/ un hombre está listo/ cuando ustedes/ oh marine/ oh boy/ aparecen en el horizonte/ para inyectarle democracia”.

Desde comienzos de los años 60, los latinoamericanos sabemos bien cómo son esas inyecciones cargadas de Doctrina de la Seguridad Nacional (DSN), el sustento ideológico que las Fuerzas Armadas de la región usaron para dar golpes de estado en todo el continente. La DSN tomaba los principios de la guerra contrarrevolucionaria del ejército francés (derrotado en Indochina y Argelia) y los sazonaba con la Doctrina Monroe. Los militares latinoamericanos aprendían estos conceptos en la Escuela de las Américas o en West Point y volvían con unas ganas locas de aplicarlos en nuestros países.

Con el secuestro de Nicolás Maduro, las Fuerzas Armadas norteamericanas demostraron que le han agregado más elementos a su DSN y es el “Mossad Style” de entrar sin autorización a otros países para “extraer” o matar enemigos. Los responsables de la CIA del siglo XX deben removerse en sus tumbas o en los geriátricos al ver que ellos solo se animaban a ponerle cigarros explosivos o intentaban envenenar, sin éxito, a Fidel Castro. El crimen organizado disfrazado de política exterior norteamericana evoluciona.

Tampoco se puede esperar mucho de un país que decidió independizarse de Reino Unido para poder masacrar a los pueblos indígenas y defender la libertad de esclavizar a los pueblos africanos. Tardaron casi noventa años para abolir la esclavitud y un siglo más para aflojar con la discriminación a los afroamericanos. El activista y dirigente del Movimiento Indio Americano, Leonard Peltier, fue encarcelado en 1975 acusado falsamente de dos crímenes. Hasta el papa Francisco y el Dalai Lama pidieron por su liberación y Amnistía Internacional lo considera un preso político. Peltier consiguió que le dieran prisión domiciliaria en el 2025, cincuenta años después de ser encarcelado injustamente.

Así las cosas. Estados Unidos nunca fue un jardín de rosas, pero hacía un enorme esfuerzo para parecer un ejemplo de democracia. Barría bajo la alfombra, con la ayuda de Hollywood y los medios de comunicación, sus actitudes autoritarias y violentas. Al menos sus superhéroes luchaban por la justicia, sus soldados por la libertad y Guantánamo quedaba en Cuba, lejos de Washington.

Hoy, ese mundo idílico se rompió en pedazos. Donald Trump vino a decirnos lo que siempre sospechamos: el malo de la película es el personaje más importante de cualquier historia. El discurso motivador y justificador de atrocidades que nos hablaba de la libertad y la justicia, se convirtió en lo que siempre fue: un acto extorsivo para facilitar negocios de las empresas norteamericanas y saquear los recursos naturales de un país. Lo dijo Trump, lo reafirmó Marcos Rubio y lo aceptó Corina Machado, que no quiere ser presidenta de Venezuela sino virreina del gobierno de Trump. Machado pretende que le den el honor de ser ella la que entregue las riquezas de su país, incluso en contra de la opinión y los intereses de su gente. La democracia puede esperar.

Esa espera parece haberse trasladado al propio territorio norteamericano, donde los niveles de respeto por los derechos civiles están en sus días más bajos. Históricamente, Estados Unidos ha perseguido a sus habitantes por el color de piel o por su origen. Nunca resultó cómodo ser negro, indígena, latino, musulmán o indocumentado, pero había ciertos límites que el Estado no pasaba (y si los pasaba, sabía que eso podía tener consecuencias legales). Hoy ya no es así, el sueño americano se convirtió en una pesadilla trumpista. Hoy, cada vez hay menos grupos sociales que puedan sentirse a salvo en su propio país (por nacimiento o por elección). Lo que parecía ser una persecución a latinos ilegales (algo que los propios votantes latinos de Trump ansiaban) pasó a ser una caza indiscriminada de latinos, muchos con los papeles en regla, incluso a ciudadanos nacidos en territorio norteamericano.

Estados Unidos se convirtió en Trumplandia, el país en el que Donald Trump hace lo que se le canta, sin rendir cuentas, sin privarse de amenazar a propios y ajenos, sin avergonzarse de ninguna de sus canalladas. Hizo de Estados Unidos la nueva temporada de Black Mirror, pero ya no es ficción sino un reality show en el que participan todos sus habitantes. Para eso cuenta con su ejército privado, su fuerza de choque: el Servicio de Control de Inmigración y Aduanas, el ya tristemente célebre ICE, esos robocops sin ley, hechos en Detroit (parafraseando a Patricio Rey) que se esconden detrás de sus uniformes y que no dudan en ejercer la violencia hasta el fusilamiento, como hicieron en Minneapolis con Renee Nicole Good.

Si uno ve las estadísticas de detenciones de ICE, los números son aterradores y se acercan más al espíritu criminal de Stalin que al país soñado por los Padres Fundadores de Estados Unidos. Solo en los primeros nueve meses de su segundo mandato, la Administración Trump detuvo a 200.000 personas, de las cuales 75.000 no tenían antecedentes penales. Ese número no incluye las detenciones realizadas por otras agencias como Aduanas y Protección Fronteriza (CBP, por su sigla en inglés), que realizó redadas en ciudades como Los Ángeles. El número de gente detenida sin antecedentes penales siguió creciendo. El propio ICE publicó datos de sus acciones. Entre septiembre y noviembre detuvo a 5373 personas, de las cuales 5259 fueron de manera arbitraria a personas sin antecedentes. El 96.9 por ciento de los apresados. ¿Qué diferencia hay con los gobiernos totalitarios?

El “enemigo interno” es siempre el caballito de batalla de las dictaduras y los gobiernos autoritarios. No deja de ser paradójico que las premisas inculcadas en West Point a los militares latinoamericanos ahora se pongan en práctica en Trumplandia: los secuestros indiscriminados, la acusación de terroristas a quienes se animan a protestar, al miedo de no saber si el próximo detenido puede ser uno mismo. Bienvenido, pueblo norteamericano, a las políticas pergeñadas por Estados Unidos para el resto del mundo.

(*) Esta columna de Opinión de Sergio Olguín fue publicada originalmente en el diario Página/12.

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