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La rebelión de las palabras

Votación de la ley “modernización laboral” en sesión pública especial realizada el 12 de febrero de 2026, en el Senado de la Nación.

Mempo Giardinelli

Una conjetura que asalta a este columnista al disponerse a la habitual misión dominguera de analizar-considerar-mostrar y escribir acerca del estado de la Patria, conduce inexorablemente a una primera acción: rejuntar lecturas, historias, análisis, comentarios, decepciones y también temores y arrepentimientos, todos inútiles ahora, es verdad, porque todos son tardíos. Pero también todos enhiestos, porque en un país en llamas alguien tiene que decir ciertas cosas no frívolas.

Y es que de tanto equivocar rumbos, tantas falsas hipótesis y tanto meter la pata, hoy nuestro todavía y para siempre amado país está naufragando, y mal y miserablemente.

Por eso en estos tiempos políticos todo son espantos y mentiras, en las redes dizque sociales y en la ardorosa realidad cotidiana. Colmados de engaños y falsas informaciones, y frente a tanto alarde de mentiras, amenazas e infos insidiosas, comentarios envenenados y/o inciertos, y análisis interesados en confundir, engañar, alterar y demás porquerías conceptuales, hoy la República Argentina naufraga lentamente en el peor presente de sus más de 200 años de Historia.

En ese contexto, y con 5 décadas de ejercicio profesional, este columnista puede asegurar que en el periodismo argentino jamás hubo tanta mentira, tanta maliciosa información, tanto engaño, tanta falsía y tanto cretinismo concentrado.

Solamente se falseó tanto la verdad cuando las muchas y variadas dictaduras que atravesamos desde por lo menos Lonardi y Rojas y sus secuaces asesinos mataron a centenares de ciudadanos en Plaza en Mayo en la infame mañana del 16 de junio de 1955, cuando flotillas de aviones de la Armada y de la Fuerza Aérea Argentina dejaron caer decenas de bombas y ametrallaron la Plaza de Mayo y la Casa Rosada en Buenos Aires, buscando derrocar al presidente Juan Domingo Perón. Ataque repugnante por cobarde y traicionero, que dejó más de 300 muertos y 800 heridos, principalmente civiles y niños escolares, convirtiéndose para siempre en el bombardeo más cobarde y más sangriento de toda la Historia Argentina.

La recordación anterior no es moco´e pavo para ninguna Historia, aunque casi seguramente en estos días servirá de bestial diversión para algunos pocos cretinos y gorilas. Y es que esa evocación se justifica porque hoy mismo y contrario sensu, el presente político del Planeta –y obviamente el de este país nuestro que amamos los millones que verdaderamente lo amamos– huele a gas letal y a podrido para cierta flamante mayoría de nuestra hoy sacudida y distorsionada democracia.

El presidente Milei y su gobierno han mentido tanto, y han engañado tanto y tan astutamente a millones de compatriotas, que hoy están siendo –se ve clarito– verdaderas auto-víctimas de sus propios odios, mentiras, necedades y fragilidades mentales y anímicas de tanto escupir para arriba.

Pero la indignación en este texto no se dirige solamente a señalar sino también a denunciar –alguien tiene que hacerlo– las pésimas decisiones de sectores sindicales otrora masivos que hoy están lamentándose o rezando como carmelitas descalzas del Siglo 18. Y con ellos también muchos inexplicables e indefendibles senadores y diputados que dan quorum para horrores en lugar de por lo menos intentar detener a la canalla politiquera argentina clásica y sobre todo a la ahora más miserable que pulula en estos tempos, en los que resulta tan vergonzoso como inexplicable que dirigentes con camisetas peronistas, radicales y de casi todas las provincias voten y apoyen –con poquísimas excepciones y la mayoría de ellas femeninas– a gobernadores cuestionados, ladrones provinciales, ex ministros inconcebibles y decenas de dizque legisladores carentes de vergüenza.

Es claro que esta nota es temperamental y adolorida. No podía ser de otra manera porque es un hecho, ya, y fogoneado por la irregular Tele porteña, que también la deriva de la República Argentina y su desbarranco letal son indesmentibles, y están contaminando todo lo bueno que tuvo la República Argentina Justa, Libre y Soberana que durante por lo menos el último largo siglo (de 1900 a 2025 por lo menos) fue tierra de ilusión y de luchas sociales para legítimo orgullo de generaciones hoy irrepetibles.

Y siglo en el cual costó tanto crecer y tener justicia y respetabilidad en todo el planeta; y educación de excelencia en todos los niveles; y capacidad de investigación y desarrollo tecnológico a exquisitos y potentes niveles internacionales; y hallazgos en medicina y en todo tipo de investigaciones científicas e industriales que fueron orgullo de varias generaciones argentinas, como también hubo parejo orgullo en las artes y las ciencias médicas y tanto más.

Fue así como nuestra Patria alcanzó una respetabilidad que este cronista confiesa que nunca vio en ningún otro país, y además todo ello en resguardo nacional y popular de las 23 entidades federadas, y la lista es extensa y potentísima, tanto que a este columnista ya no le dan “ganas de llorar” sino que lagrimea escribiendo, con razón y con derecho, y con bronca y junando, porque estos tipos que gobiernan y que una pequeña mayoría del pueblo de esta Nación votó estúpida e irresponsablemente –todo hay que decirlo– han resultado nomás la mierda que se temía.

Ahí están ahora a la vista esas catervas de imbéciles y resentidos, de chorizos y semianalfabetos que son la verdadera casta aunque se autopretenden luchando contra otras castas, y todos celebrando –como tarados analfabetos–, la destrucción de la Patria que nos legaron San Martín, Belgrano, Rosas, Sarmiento y la Parda María heroica y sangrante, y decenas de otros próceres recientes como Perón y Evita, Palacios e Illia, y Alfonsín y Néstor y Cristina, por lo menos, quienes soñaron, amaron y consolidaron esta Nación con aciertos y errores pero sin dudas con un amor que estos tipos de ahora no pueden ni siquiera entender y por eso son tan brutos y violentos.

(*) Esta columna de Opinión de Mempo Giardinelli fue publicada originalmente en el diario Página/12.

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