Ante la Semana del periodista

La pregunta que nunca debe faltar

Edición
1171

Cada 7 de junio, cuando se recuerda la fundación de la Gazeta de Buenos Ayres y se celebra el Día del Periodista, conviene resistir la tentación del brindis. Este año, más que nunca. La fecha llega en el peor clima para el oficio del que se tenga registro en la Argentina democrática, y no se trata de una impresión de redacción ni del lamento corporativo de quienes vivimos de escribir: lo dicen los números, lo dicen los organismos que monitorean la libertad de prensa y lo dijeron, con todas las letras, algunos de los mejores periodistas del país que pasaron en los últimos meses por el ciclo de charlas que organizamos en Paraná.

 

Por Daniel Enz

Los datos son contundentes. El Foro de Periodismo Argentino (FOPEA) presentó a fines de abril su Informe Anual de Monitoreo 2025 bajo un título que ya es una definición: El periodismo en riesgo de silencio. El relevamiento contabilizó 278 ataques contra periodistas a lo largo del año, la cifra más alta desde que el Monitoreo nació en 2008. El salto respecto de 2024 es brutal: un 55 por ciento más, cuando se habían registrado 179 casos. Esos 278 hechos alcanzaron a 374 víctimas. Y hay un nombre que vuelve a encabezar la lista de agresores por segundo año consecutivo: el del presidente Javier Milei, señalado como autor de 119 de esos episodios.

La radiografía interna del informe es todavía más reveladora. Más de la mitad de los ataques tuvieron origen estatal o paraestatal: funcionarios, fuerzas de seguridad y actores afines al gobierno operando, sobre todo, en el ecosistema digital. Hubo 139 casos de discurso estigmatizante -declaraciones agraviantes o intimidantes desde medios afines, las redes sociales o la vía pública- y 58 ataques a la integridad de los periodistas, nueve de ellos agresiones físicas directas. La Ciudad de Buenos Aires concentró 186 situaciones, seguida muy de lejos por la provincia de Buenos Aires, con 23, y luego por Tucumán, Córdoba, San Luis y San Juan. El dato que más debería interpelarnos en el interior es justamente ese desnivel: no porque en las provincias se golpee menos, sino porque se denuncia menos y se está mucho más solo.

El propio Milei aportó, sin proponérselo, la mejor prueba de la sistematicidad. Según FOPEA, entre el 10 de diciembre de 2023 y el 15 de septiembre de 2025 el Presidente publicó 113.649 mensajes en la red social X, entre posteos y reposteos. De ellos, 16.806 incluyeron insultos. Es decir, uno de cada siete. Sobre un promedio de 406 publicaciones diarias, unas 60 contienen descalificaciones. No es un exceso ocasional ni un desliz de carácter: es una política de comunicación. El presidente de FOPEA, Fernando Stanich, lo graficó con un ejemplo que en cualquier otro tramo de la democracia habría sido un escándalo mayúsculo: el cierre de la sala de prensa de la Casa Rosada, el primero desde 1983. El único que tiene la responsabilidad y las herramientas para garantizar la libertad de expresión y que la ciudadanía se informe, recordó, es el propio gobierno. Su vicepresidente, Claudio Jacquelin, fue más directo: durante 2025 el país logró el triste mérito de haber roto el récord de ataques a la libertad de prensa.

Esa fotografía no es solo de la entidad que nos agrupa a los periodistas de todo el país. Reporteros Sin Fronteras hizo caer a la Argentina del puesto 66 al 87 en 2025 y otra vez, en la edición de 2026, hasta el lugar 98 de su ranking mundial, al describir la hostilidad oficial hacia la prensa como una verdadera política de Estado. Y al cuadro de los aprietes hay que sumarle el del bolsillo: según el Sindicato de Prensa de Buenos Aires, más de siete de cada diez trabajadores de prensa no superan la línea de pobreza con su ingreso principal. Hostigamiento desde arriba y precariedad desde abajo: las dos tenazas que aprietan al mismo tiempo.

Ahora bien, esos números cobran otra densidad cuando se los escucha en boca de quienes los padecen. Y eso fue, exactamente, lo que ocurrió este año en el octavo piso del Hotel Mayorazgo, en el Ciclo de Charlas que ANÁLISISorganiza desde hace más de una década junto a Canal 9 Litoral y Radio Plaza. Por ese escenario pasaron en los últimos meses Reynaldo Sietecase, Hugo Alconada Mon, Mariel Fitz Patrick y Hernán Cappiello, entre otros, en la grilla de la primera parte del año. No es un dato menor que el debate más urgente del periodismo argentino se haya dado, también, en Paraná, ante salas colmadas. Y el ciclo pasó a ser el único que existe en el país, con esta modalidad mensual y de cada año. Justamente por esta realidad y la necesidad de debatir qué sucede con el periodismo en nuestro país y que la sociedad también se entere de lo que nos pasa. El periodismo siempre se tiene que ocupar de los diferentes temas de la realidad, pero los gobernantes; los funcionarios, los dirigentes políticos y gremiales; los empresarios y referentes de la Iglesia poco saben y poco les interesa lo que nos sucede.

En marzo, ante un auditorio repleto, Sietecase abrió su charla de una manera que nadie olvidó: hizo sonar un audio del propio Milei cargado de insultos al periodismo, con términos como ensobrados y mandriles. A partir de ese disparador tituló su exposición sin eufemismos: El día después del periodismo. Se cuidó, eso sí, de leer el fenómeno como una anomalía argentina. Más allá de los modos, advirtió, esto se replica en distintos países del mundo, no es solamente acá. Y ubicó el enojo presidencial en una tendencia más amplia: por eso el enojo de Milei y el de tantos dirigentes del mundo que prefieren las redes sociales a los periodistas, que prefieren a los streamers antes que a los periodistas.

La razón, para Sietecase, es transparente: el algoritmo nunca incomoda. El periodismo no sólo sirve para informar, dijo; de hecho, el teléfono nos informa todo el tiempo, pero lo hace con un sesgo que es el nuestro, sin ponernos jamás en problemas. El control del poder político y del poder económico, en cambio, sigue siendo la función esencial del oficio. Y cerró con una idea que debería estar tallada en la entrada de cualquier facultad de comunicación: si desaparece el periodismo profesional, la información seguiría circulando por los teléfonos, pero la política y la economía tendrían la posibilidad de moverse con tranquilidad, sin que nadie controle. Sin periodismo, en suma, no hay control del poder.

Apenas catorce días atrás, en el mismo escenario, otros dos colegas de fuste fueron igual de contundentes. Mariel Fitz Patrick, de Infobae, y Hernán Cappiello, del diario La Nación, encabezaron el encuentro Justicia, poder y política, y entre los dos completaron el diagnóstico de Sietecase. Cappiello, especializado en temas judiciales, definió al periodismo como una herramienta que la sociedad delega para poder ejercer mejor sus derechos: cuanto mayor es la información que tienen los ciudadanos, sostuvo, con más libertad pueden votar. Citó al legendario editor del Boston Globe, Marty Baron: en una democracia, los periodistas tienen que cumplir la misión de hacer rendir cuentas al poder. Un poder que -aclaró- no es sólo el político, sino también el económico e incluso el de la Iglesia. El rol del periodista, resumió, es hacer preguntas incómodas, decirle las cosas que le molestan al poder, sea cual sea.

Cappiello introdujo, además, una advertencia que nos toca de cerca en las provincias: la vulnerabilidad mucho mayor de quienes ejercen lejos de los grandes centros. Y dejó una frase para enmarcar: un peor periodismo degrada el nivel de democracia. Fitz Patrick, por su parte, puso sobre la mesa los mismos datos de FOPEA y nombró la estrategia sin rodeos. El objetivo, dijo, no es un periodista puntual ni un medio puntual; el objetivo es sacar al periodismo profesional del juego, degradarlo, descalificarlo para que sus investigaciones y su trabajo pierdan valor. Frente a eso reclamó dos cosas: no naturalizar el hostigamiento y extremar el rigor, que es justamente lo que no hacen quienes apenas comparten contenidos en redes.

Lo ilustró con un caso fresco: el del jefe de Gabinete Manuel Adorni y sus gastos difíciles de explicar. Un gobierno que hace todo el tiempode la austeridad una bandera, y un funcionario cuyo sueldo no supera los tres millones de pesos que se hace una escapada a Punta del Este en avión privado, es un dato llamativo. El caso, agregó, fue muy fácilmente entendido por las audiencias: alguien que ganaba poco y de pronto empieza a tener gastos desmesurados. Es, dicho de otro modo, la mejor defensa del oficio frente a quienes lo quieren callar: lo que el periodismo profesional revela, el ciudadano lo entiende.

 

(Más información en la edición gráfica de la revista ANALISIS, edición 1171, del día 11 de junio de 2026)

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