Crimen y destierro

Edición
1169

Tras el homicidio de la adolescente de 16 años, Jazmín González, unas ocho familias fueron expulsadas del barrio Mosconi I y alrededores, en la zona oeste de Paraná. La violencia de un clan narco que se fue quedando con gran parte del territorio. La problemática de jóvenes con armas de fuego que se extiende con gran facilidad de acceso.

José Amado

El paisaje del barrio Mosconi I ha ido cambiando a lo largo de los años, desde 1992 cuando cientos de familias se mudaron a las viviendas construidas por el IAPV sobre terrenos de la Municipalidad de Paraná, hasta estos días con un clan narco que ya se adueñó de todo: no sólo de decenas de casas (matrimonios, hijos, nietos) que debieron ir abandonándolas por presión, amenazas y miedo, sino también del presente, de la vida cotidiana de niños y adolescentes cooptados para vender o guardar drogas y armas. Es un territorio (no el único) que se encuentra tomado por el narcotráfico, un grupo dedicado a la venta de drogas que se convirtió en la pesadilla de cientos de habitantes que quieren vivir tranquilos pese a las dificultades y las crisis habituales. Y que se ofrece como la única falsa promesa de progreso material de chicos y jóvenes que no encuentran posibilidades de un proyecto de vida, aunque sea en un futuro cercano.

La trágica muerte de Jazmín González el 19 de octubre del año pasado expuso una serie de sucesos que describen cómo es vivir, crecer y también morir o terminar en prisión para adolescentes y jóvenes en un lugar donde los deseos chocan con las posibilidades. Un sábado a la noche, un grupo de amigos se juntan a tomar mates en una casa; más tarde van a una fiesta clandestina en Bajada Grande; la situación se pone tensa y uno de ellos va a buscar un par de armas y regresa con la chica de 16 años; se retiran entre algunos piedrazos y disparan hacia atrás mientras huyen en motos; una bala impacta en la cabeza de Jazmín, su amiga, que fallece minutos después. Una familia queda destruida por la muerte. Los otros terminarán presos por varios años.

No existe una grieta que separe a los que están en la venta de drogas, los que roban, los que guardan un arma, los que por ahí fuman un porro, los que van a la escuela, los que hacen changas, los que tienen un trabajo fijo y los que ayudan a sus padres en la casa.Hay familias que reman contra la corriente toda su vida para tener algo; otros que pudren el barrio con droga y plata; en el medio, todo se mezcla.Sobre todo, entre los chicos que comparten la infancia en la calle y en la escuela. Los vínculos se tejen mientras van creciendo y compartiendo esa etapa crucial de la vida. En el camino, algunos toman unas decisiones, y otros otras. En la madrugada del 19 de octubre de 2025, unos y otros se encontraron y la violencia los separó para siempre.

En la noche del sábado, se habían juntado en la casa de Jazmín. Estaban Leonel Manrique, Yamil Cabrera, el hermano de Jazmín y otros jóvenes más. El grupo de amigos que se crio en el barrio y desde niños pasaban todo el día juntos. A la madrugada, se estaban por ir cada uno a su casa, pero Manrique propuso ir a una fiesta que se difundía en las redes sociales: “Shay Fest”, una clandestina en una casa en Bajada Grande por un cumpleaños, que se difundió en las  redes sociales con el lema “si pelean vuelan”. Fueron él, Cabrera y algunos más. Jazmín se quedó en su casa. En la fiesta se encontraron con otros conocidos, la casa explotaba de gente. En un momento, alrededor de las 3.30, hubo una pelea entre dos grupos. Cuando termina esa gresca, Leonel le dice a Yamil: “Prestame la llave de tu moto así voy hasta casa”. Se la dio. A la media hora regresó, junto a Jazmín y dos armas. Se quedó con una pistola 9 milímetros y le dio a su amigo un revólver calibre 38: “Tomá, tené una vos porque esto está medio caldudo, medio picante, no sea cosa que quieran jeder con nosotros”, le dijo, y se la guardó en el bolsillo.

 

(Más información en la edición gráfica de la revista ANALISIS, edición 116, del día 23 de abril de 2026)

Edición Impresa

Edición Impresa