La lenta e imprescindible reconstrucción de la memoria

Edición
1169

Hay muchas formas de abordar la construcción de la memoria colectiva. Ponerle nombres al horror es quizás una de las mejores. Contar la historia de quienes fueron víctimas es darle encarnadura a un hecho social. La historia de una persona concreta, en sus coordenadas de tiempo y espacio, con sus sueños y frustraciones, sus amores y desgarramientos, su proyecto de vida y sus desilusiones, sus virtudes y sus mezquindades. Ponerle nombres a la memoria, el mejor antídoto contra el olvido.

Por Américo Schvartzman

Durante años imperó la idea de que “en Concepción del Uruguay no había pasado nada”. Pero esta ciudad también fue escenario de operaciones del plan criminal ejecutado por la dictadura cívico militar, como la Noche del Mimeógrafo, un operativo en 1976 donde fueron secuestrados adolescentes, torturados y detenidos ilegalmente, y liberados varios días después. Fue en junio, meses antes de la conocida Noche de los Lápices.

Como ellas, fueron numerosas las personas víctimas de esas operaciones, con la diferencia de que, en los hechos ocurridos en La Histórica, esas personas tuvieron la suerte (porque así de arbitraria fue la ejecución de los planes de la dictadura) de sobrevivir y dar a conocer sus testimonios, que sirvieron para documentar y enjuiciar a responsables de esos hechos.

En cambio, entre las víctimas uruguayenses del terror de Estado que nunca regresaron a sus hogares, el denominador común es que todas fueron secuestradas o asesinadas en otras comarcas.  Son 26 personas y sus vidas se cuentan en el libro Siempre conmigo. La historia de las víctimas uruguayenses del terrorismo de Estado (editorial cooperativa El Miércoles).

Cada caso, único y simbólico

Las víctimas uruguayenses no se limitan a la cabecera del departamento. Cinco de ellas son oriundas de Basavilbaso, una de Rocamora, una de Santa Anita y otra de Gená. Dado que en su mayoría se alejaron de su lugar de origen muy tempranamente, reconstruir sus datos fue una labor muy compleja. Del mismo modo hay personas que no nacieron ni vivieron en el departamento Uruguay, pero han sido históricamente añadidas a la lista por su estrecha relación con la ciudad cabecera.

Cada caso es representativo de alguna de las operatorias más comunes de la dictadura en su macabro inventario de atrocidades. Así, hay secuestros ilegales que culminan en asesinato tras fraguar enfrentamientos “con elementos subversivos” (Pablo Ortman); detenciones legales donde la liberación se convierte en eufemismo de exterminio (Miguel Domínguez); prisioneros desaparecidos en la ESMA quizás luego arrojados al río  en una de las rutinas más horrendas de la dictadura, los “Vuelos de la Muerte” (Dina Nardone); una familia completa devastada (los Zaragoza); víctimas azarosas, asesinadas por un incalificable “error”, en un operativo desbocado (Agustín Olivera), o por relaciones de amistad o de pareja (Juan Uriarte); integrantes de una comisión gremial completamente exterminada (Miguel Rousseaux); secuestrados a plena luz del día y en su trabajo (Horacio Poggio o Mario Yacub); alguno que, habiendo hecho su vida en un país vecino, fue secuestrado en un operativo del Plan Cóndor, la colaboración represiva de las dictaduras (Manuel Liberoff). O apropiaciones de bebés nacidos en cautiverio donde se verifica la complicidad de organizaciones vinculadas a la Iglesia. O grupos familiares en donde coexisten una víctima de la dictadura y una persona colaboradora de esa dictadura que se ensañó con su familiar (Rousseaux, Valente, Poggio). Hay entre las víctimas personas de activa militancia y otras cuyas familias no tienen la más remota idea de cuál fue “el delito” que les costó la vida.

El recorrido por cada historia propone una aproximación al terrorismo de Estado en la Argentina desde lo más fundamental: la experiencia de las personas que sufrieron en carne propia el terror. Así delinean trayectorias que tienen a una ciudad del Litoral como casual punto de partida, pero atraviesan el país desde el norte hasta el sur, haciendo emerger en el camino la trama estructural de uno de los genocidios más brutales de la historia latinoamericana.

Cada historia es diferente, pero todas tienen puntos de contacto, lazos que las enhebran de diferentes formas. Algunas de ellas son más lejanas, menos conocidas, más borrosas. La reconstrucción de la memoria a veces debe hacerse en base a retazos, cuando los testimonios no abundan, cuando faltan los documentos o cuando la tarea ignominiosa de la dictadura fue exitosa al punto que a las familias les arrancaran la historia de sus integrantes ausentes. No son pocos los casos en que la descendencia de víctimas del terrorismo de Estado carece por completo de datos y se recompone parcialmente a través de recuerdos incompletos, imprecisos, de amistades o de ocasionales compañeros de trabajo o de destino trágico. ​

 

(Más información en la edición gráfica de la revista ANALISIS, edición 116, del día 23 de abril de 2026)

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